Jul
28

no nada no

Rasguño apenas la madera falsa de mi memoria
burdo aglomerado,
astillitas que ni son del mismo palo
pero las vetas me desconciertan y los nudos me oprimen
la garganta
Rasgo el aire, pesado, denso, como antes de lluvia,
aire que embolsa ese no saber, ese no saber si, ese no saber si velarte
celebrarte, esperarte, llorarte, extrañarte…
Escarbo en el aire y escribo con la sangre asomándose a la punta
de mis dedos, de mis miedos
o vaya a saber qué…
pero asomándose
como si fueran pelirrojas chismosas que salen al patio para ver qué pasa
Pero no pasa nada
no pasás nada
no nadás
no nada
no

Jul
16

Uno no debería arrancarse a la gente de sus vidas

No debería arrancarse a la gente de su tierra o país,
no a la fuerza.
La gente queda dolorida,
la tierra queda dolorida

Juan Gelman

Uno no debería arrancarse a la gente de sus vidas
digo arráncarselas como maleza, como yuyo, como alimaña
Uno no debería arrancarse a la gente como costras
que arden, que pican, que ensucian, que duelen, que avergüenzan
Uno no debería deshacerse de todas esas voces
que nos nombraron de esa manera única
porque se corre el riesgo de deshacernos,desnombrarnos
caer innominados por ahí, despielados.

Uno no debería arrancarse a algunas personas de su vida
porque eso sangra de ambos lados
hace hemorragia de tristeza
domingo de sol, vestido floreado, limpio pero sin poder
sin poder decirle nada a nadie…

Uno no debería arrancarse algunos nombres propios
sin naufragar en una lágrima
sin quedarse puro barquito de papel en blanco

May
07

Pidiendo un traslado burocrático en versos

Wilfredo Rodelo de Oro es funcionario de un colegio colombiano. Tiene 53 años y vive lejos de su lugar de trabajo por lo que, al enterarse de que había una escuela más cerca de su casa que necesitaban de personal administrativo, decidió solicitar el pase. Con la originalidad de hacerlo en versos:

Existe una institución
sin planta administrativa
es algo que me motiva
a pedir reubicación.
Es la misma población
y el transporte no me cuesta
hago esta humilde propuesta
pues la razón me lo pide
y si usted bien lo decide
trabajaré en La Floresta

Así escribió el bueno de Wilfredo en mayo de 2008.

Pero el problema se le presentó a su superiora, Nerlides Hernández que decidida a aceptar la propuesta quiso también responderle del mismo modo pero no encontraba a nadie que la ayudara con los versos. La solución vino de la mano del abogado Ariel Castilla, quien no vaciló en contestarle:

Considerando el anexo
mi respuesta estaba en mora
pero ahora, ya, sin demora
se puede ir a La Floresta
en virtud de la respuesta
de esta humilde servidora

Claro que el rector del Colegio La Floresta, Jorge Elías Salas Fuentes no pudo menos que celebrar la llegada de Rodelo lanzándose él mismo a la rima:

En una actividad discreta
demuestra tu gran cultura
arrojando la basura
al fondo de la caneca

Apr
23

Sin tu pri…

Otro sábado y vos no me cantás pri. Y sólo por eso, porque no tengo tu pri, me siento en la última fila de este momento sin vos, aún a sabiendas de que no voy a poder leer los subtítulos de esta tarde que me va a hablar en el idioma de tu ausencia. Que no lo entiendo ni tampoco lo quiero entender…

Llovizna. Y no puedo dejar que siga garuando dentro mío. Que este gris, que este desconcierto… Veo las frases que nos escribimos corriendo a guarecerse a cualquier parte. Se disparan de mí, empapadas…

Y mientras me cobijo bajo un techito cualquiera veo que la lluvia persiste y me dibuja charcos donde antes estuvo tu mirada. Graniza precisament en los lugares donde anidaron tus caricias. Mientras, la arena blanca de un reloj se esmera en ir convirtiéndote en un desierto.

No puedo dejar que siga lloviznando dentro mío. Ya lo sé. Pero no puedo hacer otra cosa sin tu pri

Apr
10

¿Esto era lo que querías de la vida?

- ¿Esto era lo que querías de la vida?

Sus primeras ocho palabras me golpean pero, en lugar de dolerme, me producen cansancio, que es otra forma del dolor.

Me quedo en silencio. No la miro. Ella garabatea en mi silencio con el gesto de husmear en el aire con los ojos. Algo que quiere parecer conmiseración pero que a mí se me hace grito de autosuficiencia. Y husmea en el aire con los ojos. Como si sus ojos fueran el hocico vibrante de un podenco. Husmea con los ojos, a su alrededor, como buscando qué hacer para no seguir mirándome en ese baldío de silencio en el que me arrojó su pregunta.

Ésa es su manera de hacerme entender que me había quedado sin respuestas.

Por eso es que en el mismo momento en que mi silencio está a punto de convertirse en cenizas le digo:

- No lo sé.

Ella sonríe como un animador de programas de preguntas y respuestas cuando el participante ha contestado de manera correcta. Pero es fugaz. Desde su mirada desciende una brisa fría que apaga sin más la sonrisa.

- No sabés lo qué querés. No sabés para qué me querés. Ni siquiera sabés para qué me llamás.

- No. No es así.

- ¿Entonces?

- Nada. No hay partituras ni recetas ni itinerarios…

- Pero yo estoy acá. Yo sí sé porqué vine. Quedate conmigo. Llevame con vos.

En algún lugar me vuelve a sangrar el cansancio. Comienzo a sentir la boca reseca, empastada. Las palabras se rompen antes de poder decirlas…

- No puedo llevarte porque ya te tengo. No puedo quedarme porque ya no estoy…

Y aunque no sé si es eso lo que quiero decir tampoco puedo hacerlo.

- No puedo llevarte porque ya te tengo. No puedo quedarme porque ya no estoy… Es eso lo que querés decir ahora y no podés ¿cierto?

La miro. Miro su mirarme. Se me disuelve tanta memoria, tantas fotos juntos, tantos momentos, hay tanto que…

- Y sólo en un aspecto tendrías razón. No en todos los otros.

No sé porqué siento que es absolutamente normal que ella pueda decir por mí las palabras que a mi se me quedan enganchadas, como pelusas, en la sequedad de mi boca.

Un bullicio viene de afuera y comienza a abrirse paso en la habitación. Parece ser una multitud que se acerca. Cantan, corean pequeños estribillos, se escuchan redoblante, palmas, palos golpeando contra los caños de los semáforos… Alguien que habla por megáfono arenga. Pero sus palabras nos llegan sin sentido, pegoteadas, gangosas, deformadas…

Ella me toma la mano. Su piel y la mía parecen darse un abrazo larguísimo, sereno, profundo…

- No tengas miedo. Sé que ahora querés decirme: así como vos husmeás con los ojos, yo puedo sentir el sabor de tu piel con mis manos.

No quiero jugar a ese juego. Pero no me queda otra. Estoy despalabrado, con la boca reseca. Necesito agua. Necesito sus labios pero ella comienza a alejarse como esos sueños que se rompen cuando despertamos.

No quiero jugar a ese juego. Pero no me queda otra.

- Si que te queda otra – dice ella con un hilo de voz, a medias borroneada- Me puedo quedar acá si ahora decís que sí. O tal vez no me podría haber ido nunca.

Empiezo a saber, entonces, que la memoria es algo que puede construirse en un segundo porque todo lo que recordamos puede caber en una caricia.

- Nombrame. Pero no con la palabra sino con la mirada. Haceme tuya nombrándome. Poseeme a partir de mi nombre pronunciado en el más inmenso de los silencios. Juguemos a encontrarnos en las palabras sin decirlas. Ya no hace falta. Tocame, te vas a dar cuenta…

Los últimos rastros de su voz se hacen arena. Ya no está. Y aunque ahora pueda gritar que sí; que se quede, intento buscarla mirada adentro pero no. Una luz que primero fue murmullo y que ahora es como un grito me deja imágenes veladas de mi mismo, de ella, de lo que fue o de lo que pudo haber sido.

“¿Esto era lo que querías de la vida?” me parece leer, como una pintada, en la pared, cuando abro los ojos. Pero no. Es la misma pared de siempre…

Imagen dibujada especialmente para este texto por  Iris Fernández. Se llama “Humo y ladrillos” .

Apr
01

Soplo tu silencio (intemperie)

Soplo tu silencio
como el lobo feroz sopla
la puerta de la casa
de los tres chanchitos

No soplo en el viento
como el viejo Bob
yo sólo soplo tu silencio
aunque, por ahora, solo consigo
que tu ausencia
sea esa ceniza
de lo que fuimos
y se me meta en los ojos
y me acenice

Soplo tu silencio
y hasta me juego a ser Dios
por un ratito.
Hago de cuentas que tengo
ese soplo divino
que te va a recrear
y hacer que vuelvas
tan nueva, tan linda, tan vos…

Soplo con todo amor
soplo con todo, amor
aunque mi corazón
no tenga un soplo
pero quizás
tenga algo mucho peor
como esta caricia,
este enésimo beso que recién nos acabamos de perder
porque se nos fue por la grieta
que va a ese lugar donde
no sé qué hizo que te fueras
convirtiéndome en intemperie
intemperie de vos
es decir, intemperie
literalmente, intemperie…

Soplo tu silencio
sin decir
esta boca es mía
porque ya no lo es
sin tus labios
quedó a medias/ partida…

Soplo tu silencio
pero no como el olvido
que al decir de Tuñón sopló
sobre la última lámpara

Yo soplo tu silencio
para que se hinche de una vez por todas
para que no pueda más
y reviente
se haga pus,
se haga paz,
se haga palabra
aunque atormente

Soplo tu silencio
antes de que este amor
se me haga cenizas en el alma,
y me deje a la intemperie de vos,
acenizado para siempre.

Mar
29

Dios se plagia a sí mismo

Dios se plagia a sí mismo
en este domingo que llovizna
y te extraño.
 
Dios se sigue plagiando
al arrancar ahora mismo
a miles y miles de su soledad
para que escriban
en donde sea
su no puedo mas
de cada dia
 
Dios cocina con cansancio
esta vida
y cuando me toca a mí
le tiembla el pulso
y se le va la mano
con tu ausencia
tu ausencia que cae
como sal
en llovizna
sobre todo lo que vivimos,
lo que nos dijimos
y que ahora es desierto
ahora es llaga
memoria desforestada
que, sin embargo,
resiste
 
Dios se plagia a sí mismo
hasta la sombra que me invento
para disimular tu ausencia.
Y es que todo es usado.
Hasta estas lágrimas
que alguna vez
no hace poco
fueron llovizna
en una tarde de domingo
cuando Dios como hoy
maldita sea
se plagió a sí mismo
Mar
26

Para Alejandro

En el día de su cumple

2002 fue un año de mierda. El VIH se llevó a mi hermano; la crisis argentina trasterró a algunos de mis seres más queridos y a Ale y a Lucy se les frustró la posibilidad de ser papás por segunda vez.

Todo eso sucedió en agosto. Y, para colmo, todos estábamos solos entre nosotros mismos en ese agosto de 2002. Ya sea por torpeza o por la vida misma, estábamos partidos y repartidos.

Yo a Alejandro Marticorena lo conozco desde 1988, cuando soñábamos con ser periodistas para contar al mundo antes de que el mundo nos haga el cuento a nosotros. Creo que algo hablé aquí de eso.

Con él comparti lo que fue mi primera nota de investigación: una crónica del asesinato de dos jóvenes militantes cristianos de base en San Francisco Solano, provincia de Buenos Aires. Se llamaban Javier Sotelo y Agustín Ramírez, creo que nunca me voy a olvidar de esos nombres. La cobertura la hicimos para la revista “Epitafio Ex-Cultural”, creada por Eduardo Sívori. Ahí también estaba Fabiana Solari, Carlos Rodríguez Esperón, Miguel Angel Ceriani, Blanca Lowenstein y tantos otros nombres que me debo estar olvidando.

Recuerdo que nos reuníamos en el bar de Liberarte, una suerte de refugio cultural que le había nacido a la avenida Corrientes al 1500. El bar lo regenteaba Carlos Cuenca (admito que tuve que recurrir al Google para recordar su apellido) integrante del mítico Makumagüela, una banda que mezclaba salsa con ritmos afrocubanos. Carlitos, dejo constancia, no ejercía, al menos con nosotros, derechos de admisión ni consumisiones mínimas. Liberarte era entonces ese refugio donde encontrarnos a cualquier hora.

Tiempo después y en ese mismo lugar hicimos con Alejandro nuestra serie de reportajes públicos a los que llamamos, en un alarde de creatividad e inspiración, “Polémica en el café”. Ayer, a propósito del aniversario de la nefasta dictadura militar recordaba en Twitter cuando convocamos allí nada menos que a Ubaldo Matildo Fillol para que nos contara su experiencia de arquero de la selección argentina de fútbol en 1978. Cierta intelectualidad del Partido Comunista nos miraba medio raro pero nosotros queríamos saber si se escuchaban los gritos de los torturados de la ESMA desde la cancha de River Plate.

Algunos años después de esos reportajes, no muchos por cierto, armamos con Alejandro el programa de radio “Nuestra gente” que se emitió semanalmente por Radio Municipal, por ese entonces aún en la frecuencia que hoy ocupa la Diez.

Ese programa tiene algunos de los más lindos recuerdos de mi laburo como periodista. Por ejemplo, las investigaciones que hacíamos con Alejandro para armar las historias de vida de nuestros invitados y “sorprenderlos” con testimonios de personas que, tal vez, hacía mucho tiempo que no veían. También  porque tuvimos el lujo de traerlo a la radio a ese músico tan talentoso, tan bella persona y tan putamente muerto por el cáncer como fue Lalo de los Santos (del cual hoy se cumplen nueve años de su fallecimiento). Él nos aportó su increíble memoria futbolera en el programa y su interminable bagaje de anécdotas en los cafés que luego del programa nos tomábamos en “La Paz”, un lugar al que esta historia va a volver en un par de párrafos nomás…

Pero el lado oscuro de ese programa fue que me terminó distanciando con Alejandro. Y ahí yo asumo la responsabilidad de estar viviendo la vida en un off side permanente.

Por eso es que aquel agosto de 2003 nos encontró lejos el uno del otro. Yo no le pude contar que perdía a mi hermano y él no pudo contarme que perdía la posibilidad de tener otro hijo.

Pero ¿saben? hoy estoy convencido de que la vida nos hace gestos, señas, como si estuviera jugando al truco con nosotros. Señas que debemos aprender a leer a medida que vamos creciendo.

Por eso es que creo que no fue casualidad que con el Ale nos volvimos a encontrar en “La Paz” un par de años después. Nunca me voy a olvidar que cuando llegó, él se sentó y me dijo “como decíamos ayer”.

Y ahí comenzó otra etapa de este vínculo que nos une. Un vínculo que, no por casualidad, recuperamos luego de aquel agosto de mierda en que la muerte me arrancó a mi hermano pero que la vida me tiró la seña del as de espadas para darme otro: el Ale, el Mono, mi hermano.

Mar
23

Me gustaría escribir como Laura Ramos

Me gustaría escribir como Laura Ramos en los tiempos de “Buenos Aires me mata”. En verdad, creo que Laura hizo el primer blog de la historia, sólo que lo tuvo que hacer en el papel diario de “Clarín” porque aun no existía Internet.

Hoy sería muy bueno que Laura hiciera un blog. Si alguno de ustedes se la cruza por ahí, háganle la sugerencia. En serio que sería muy bueno.

Me acuerdo que ella escribía en segunda persona. Por ejemplo: “¿Saben que tiene ella de buena chica? Nada”, arranca su crónica de Josi, una chica pura ambición a la que los años noventa le calzan como un vestido a medida.

Por aquellas “páginas garabateadas en las servilletas de bares y discotecas”, pasó el Chico Aguja con todas sus historias tristes.

Es que Laura Ramos fue, de alguna manera, nuestro Dickens de los 80 y un dique donde se acumulaban las aguas turbulentas de aquellos tiempos.

Por eso no es casual que empiece una de sus crónicas preguntándonos: “¿Querían una historia de Navidad? Aquí va. Pero les advierto que bien podrían hacer cualquier cosa para calentar su alma antes que leerla. Es más triste que el diablo”.

Y tiene razón. Porque el terror en la Argentina no pasó por las historias de aparecidos sino todo lo contrario, por la historia de los desaparecidos. Desaparecidos como los padres del pibe de esta historia.

“Les estoy contando historias. Créanme”, cita Ramos directamente a Jeannette Witerson, en las primeras páginas de su libro.

Ramos, es hija de uno de los más grandes de la política argentina, Jorge Abelardo “El Colorado” Ramos, a quien le dedicó estas palabras. Algo así como un autorretrato literario.

Por lo que insisto que, definitivamente, me gustaría escribir como Laura Ramos en “Buenos Aires me mata”. Historias como las que ella escribió con la tinta aún tibia de lo que pasó recién. Historias con personajes como González, ese chico que “vive en un edificio a medio derruir en la calle México” y que a “sus diecisite años vio unas cuantas películas de la vida real”.

Y es que Laura tenía ojos de película porque con ellos hacía ese film continuo de una generación que se iba acomodando a un mundo y a una historia que jamás la habían tenido en cuenta.

Este texto fue escrito en 2006 y publicado en El Oso Chento, mi primer blog.

Mar
21

Tendremos pájaros en los ojos

Tendremos pájaros en los ojos. Será el día en que ya no soñemos con ser pájaros sino en convertirnos en vuelo. Pero la mera existencia es un tobogán demasiado empinado; nos hace ráfaga. Y es que la mera existencia es eso, simplemente, lo que nos pasa mientras no pasamos; lo que nos sucede, mientras no sucedemos; lo que nos vive, mientras no vivimos.

Las calles arden allá afuera y nosotros aquí dentro. Tragando saliva. Un astronauta gira alrededor nuestro y está tan solo allí, afuera de lo afuera, como lo puede estar cualquiera de nosotros en el afuera de este adentro.

Todo te congela aquí dentro y nosotros sin poder salir. A buscar nuestros ojos como pájaros para ver más allá del acá que nos carcome. A soñar que somos pájaros para luego convertirnos en vuelo…

Es que hay tanta historia torturada acá nomás. Hay tanta lágrima coagulada, tantas cuatro paredes de silencio, tanto grito que no escucha nadie. Tanta soledad de un ambiente, kitchinette, mancha de humedad.

Por eso es que la revolución sucederá el día en que saldremos a la calle a escribir en las paredes: encontrémonos.

Este texto lo publiqué en El Oso Chento, mi primer blog, en noviembre de 2006.