Mar
15

película

Decime que esto es una película
un documental perverso
con voz en español neutro
que relata todo este tiempo
que hace
que vivo sin vos

“Ahora vemos a Él salir a la calle. Se detiene en una esquina y espera que pase el 41. Su ojo avizor y miope acecha.  Observemos como Él mira en el interior del colectivo buscándola a ella. Él aún no se sube a esos micros pero, por su mirada, sabemos que está a punto de hacerlo”

Decime que toda esta gente que veo caminar,
atropellarse, empujarse, robarse
que frota su presencia contra mi mirada
es sólo una película

y que este no estar tuyo ahora es
solo… pongámosle…
una travesura de un guionista
que no sabe nada de amor

“En este momento vemos a Él que a pesar de su tristeza -observen sino, su andar cansino, su mirada perdida- tiene una esperanza. Es que Él es, hasta el momento, el único ser vivo capaz de ilusionarse y de creerle, a pesar de que también cree en las contradicciones. Por eso es que ahora nos puede parecer que sólo da vueltas. Pero no. Está buscando la manera de llegar a ella.”

Pero aunque sé que suena contradictorio
está bien que no aparezcas en esta película
y que yo tampoco aparezca
porque no quiero que seas película
¿sabes?
y no quiero ser ni haber sido una película para vos

Por eso es que necesito
por un momento
que toda esta gente que pasa delante mio
y que no sos vos
sean una película
para nosotros dos

una película
24 cuadros por segundo
oscuridad en la sala
que todos ellos se lleven los premios
porque yo te quiero a vos

“Ahora vemos cómo Él adopta esas posiciones extrañas, como retorciéndose expresando un sentimiento muy profundo que no sabemos cuál es. Es algo que se ha observado en otros ejemplares de la misma especie pero no con esta intensidad”

Dale, por favor,
decime que estamos en un cine
y que lloro porque en la peli
ella no sabe porqué
pero lo deja a él
pero es por un momento
que aunque se parezca a un desierto
siempre pasa
para que haya
the end feliz

Mar
10

Desmirarte

Desmirarte
como quien desteje un pullover
como quien se desviste para amar
como quien se deshace en lágrimas
como quien se hace desierto
 
¿Cómo hago? decime
Cómo hago para destejerte de mí
si no quiero que me desabrigues
Cómo hago para desmirar tu mirada
después de aquel primer mirarnos
Cómo hago para desbesar tus labios
y que me desacaricies…
 
Desmirarte,
tanto pero tanto como si…
no te hubiera mirada nunca
pero la puta
quién me va a creer eso…
Ni yo mismo…
 
Desmirarte
es convertir tu piel en arena
ya sin relojes ni colores
solo arena
que te desfigura
en desierto
dentro mío
donde ya no hay nada de cierto
salvo que debo desmirarte
hasta la amputación.
 
Desmirarte
me hace ciego de vos
te arranca de mí
te me disolvés en este bastón blanco
que no sé cómo funciona
y entonces golpeo buscando
a tientas tu beso tu brújula tu piel
tu mirada tus manos tus pies tu sangre
o aunque sea alguien
que me ayude a cruzar
que me ayude a vivir sin mirarte…
Mar
04

Blancuzca (por si ella…)

desarmar, desalmar, desamar, sangrar, doler, amar, temer, partir, cuántos inifinitivos sin infinito. Yo también pienso en el alma que piensa y que por pensar no es alma, es sólo un olvido de Dios y cuando Dios se olvida, nos deja así, doliéndonos.

Esa mañana había amanecido blancuzca. Y él había soñado con ella. Blancuzca a pesar del calor, de la humedad o por eso mismo. Blancuzca como una piel vieja o un amanecer chirle, flojo, con esa tibieza que escupe dios u otros seres menos destacados.

Blancuzca, dijo para sí mismo y pensó y miró a la araña que dormía a un metro de su cabeza. Luego escribió “te amo” en la funda de su almohada. Y es que esas dos palabras eran la síntesis perfecta del sueño que recién había soñado.

“Te amo”. Cinco letras somnolientas escritas con birome. Escritas en un momento en que el amor de ella desesperaba por su ausencia. Se había convertido en un amor desaparecido, secuestrado, por el cual cientos de veces su deseo se había colocado el pañuelo blanco de la resistencia desde un silencio impuesto, desde una distancia sufrida como un exilio… Se había puesto el pañuelo blanco para pelearle a la angustia y reclamar la aparición con vida de ese amor o al menos su cadáver para velarlo…

- La amo, repitió en ese momento, muy bajito, para no despertar a la araña, en ese cuarto atestado de cajas en el que sobresale una bolsa china, muy roja y que tiene un pad y una adición de un restaurante llamado Pippo.

Él mira el pad siempre al despertarse y juega a que es una especie de mapa. Alguna vez intentó descubrir recorridos inciertos en esa superficie de goma que ella le trajo de tan lejos. Descubrir recorridos inciertos como si ella hubiese dibujado en ese pad, a modo de las líneas de su mano, los itinerarios de su alma. Pero hoy se sentía analfabeto de esas huellas. Y, más que temer, tenía horror de perderse en esos entrecruzamientos invisibles. Desesperaba por no saber leer las señales, de tener que arrancarse las caricias y quedarse así, a piel viva y sin ella, sin esa mujer con la que había soñado una vida. Esa mujer a la que también solía llamar mimusa…

- La amo, repitió en voz muy baja. Pero la araña estaba despierta. Porque lo que él no iba a saber hasta mucho tiempo después, es que esa araña respiraba sus sueños para luego transformarlos en color y tejerlos en su tela infinita.

Aquella era una araña que había estado muy triste hasta que llegó a ese cuarto desangelado. No esperaba encontrarse con un hombre enamorado como el que dormía allí noche a noche. Un hombre en estado de espera, de ilusión, de sueño. Un hombre que, a pesar de todo ello, era feliz pero que nadie le creía la felicidad en su mirada. Nadie salvo ella, que sí le creyó. Y por eso dejó de tejer esas telas grises, repetidas, rutinarias, oficinescas…

Dejó de tejer gris y comenzó a tejer naranjas, como la trama que urdió cuando él soñó con ese primer día que amanecían juntos. O tejió rojos, como la vez que él en sueños hizo una fiesta con los labios de ella. Y también tejió celestes cuando él, no durmió para esperarla, encielándose los ojos para encontrarla en algún punto del espacio.

Pero esa mañana la tela que había tejido era blancuzca, como una baba del diablo, como un amanecer agrio, como una leche cortada. Se parecía más a las telarañas que crecen en los bordes de expedientes que nadie toca o las que cuelgan de los techos en las pensiones de mala muerte.

Blancuzca le salía la tela muy a pesar de ella. Y aunque eso la entristecía no podía hacer otra cosa. Porque los sueños de él se habían convertido en desiertos inmensos o en aquellas tristes partidas de ajedrez que jugaba en las plazas moviendo piezas hechas con sus lágrimas.

La araña sabía que sus filigranas podían llegar a ganar el concurso más exigente de arácnidos tejedores. Pero ella no quería competir. No quería irse a recorrer el mundo en busca del Oscar a la mejor telaraña. Quería quedarse allí, respirando los sueños de él. Como si de alguna manera pudiera ayudarlo o cambiar el destino…

Pero esos sueños eran cada vez más vacíos, más húmedos, como pasillos de hospitales o peor aún…

Y aunque la araña no supiera leer las letras que escribía él, sí percibía las intensidades. Y, de algún modo, la alivió cuando él aquella mañana escribió ese “te amo” como letrero luminoso en la funda de su almohada; cuando puso allí, muy cerquita su boca. Cuando descubrió que él también como ella, respiraba esas palabras para no ahogarse en una realidad que los maltrataba.

Ambos también sabían, artrópodo y humano, que nadie que escribe “te amo” de ese modo está perdido del todo. Al contrario.

Tal vez por esto fue, o casi seguro, que la araña se dio cuenta, por primera vez, que estaba haciendo fuerzas para elegir el color de la tela que estaba tejiendo. Ya no se estaba guiando por los sueños de él. Quería disimular ese blancuzco de tedio y que le saliera algo de color verde, azul o cualquier otro color que no sea esa lechosidad cansina.

Hoy cree que fue en ese preciso momento cuando se sorprendió sabiéndose prisionera de los sueños de él. Porque la angustia de ese hombre se había hecho una telaraña mucho más grande y fuerte en la cual había quedado atrapada.

Por eso empezó a sufrir mucho respirando sus pesadillas. Como cuando él soñaba con su destierro en países donde las caricias de ella habían sido abolidas. O cuando soñaba con desiertos conformados con la arena de su indiferencia. O con palabras resquebrajadas, con abrazos con los brazos de ella colgando dormidos, laxos. Algo que lo instalaba, por supuesto, en el centro justo de la soledad. Que es ese lugar tan difícil de volver sin una cicatriz eterna.

Él que soñaba con todo eso, aquella mañana blancuzca soñó algo diferente. Sintió nacer en su corazón abollado un antes y un después de ese sueño. Porque allí, en ese territorio confuso, ambiguo, recuperaba la mirada de ella y su voz le preguntaba “¿Nos vemos mañana?”. Aunque quizás no haya sido su voz sino un simple mensaje de texto. Pero para el caso ya no importa.

No importa porque este sueño de él fue tan fuerte que también provocó que, por primera vez, la araña se metiera en ese territorio ambiguo a fuerza de que él le tironeara de alguna de sus ocho patas para contarle que mañana, que Mimusa, que… Entonces la araña, siempre en ese sueño de él, interrumpía su tela blancuzca, nunca blanca sino sucia, para dedicarle, ya sin culpas, un par de nuditos del color del amanecer. A pesar de que sabía que había algo que hacía que su red siga siendo blancuzca.

Y es que la araña, en verdad, no podía saber lo que iba a suceder. Pero para no destruir más su ilusión, ensayó, como un actor de teatro, el recuerdo de sus propias andanzas románticas allá en el barrio de la lluvia donde las gotas son espejos de risa y nunca llegan a ser lágrimas.

- Mañana ¿sabés?, me preguntó si mañana podíamos vernos. Le dijo él en el sueño, preparándose ya como si fuera a un cumpleaños adonde ningún invitado falla.

- Mañana, repitió entusiasmado hasta que fue como si la escuchara a su compañera araña que le hacía aquella pregunta, tan simple como certera: Pero mañana ¿qué día es? ¿qué día es hoy en tu sueño para saber cuál va a ser el día de mañana?

Y la araña no quiso dañarlo con esa pregunta. Simplemente sintió que tenía que hacerla.

- No lo sé. Fue cuando él se despertó de golpe. Se sentó en la cama, la cabeza entre las manos, de espaldas a la bolsita roja con el pad y la cuenta de Pippo. Desmoronado porque no sabía qué día era ese día de mañana del sueño en el que ella le decía de encontrarse. Desesperado porque no sabía si había soñado con un día ya pasado o un día que no iba a suceder nunca.

Fue en ese momento en que sintió que la palabra distancia era ese decreto de necesidad y urgencia que le cavaba un hueco profundo. Tan profundo como si dentro de poco irían a inaugurar una línea de subterráneo en su alma.

A pesar de esa viscosidad blancuzca que le ahogaba la mirada; en esa habitación llena de cajas que él compartía con una de las mejores arañas tejedoras del mundo, sintió algo diferente. Vivió un instante sagrado, intenso, único, donde la vida, la existencia o no sé cómo llamarlo, le dijo la frase precisa, que no se repite, en un idioma que sólo fue creado para decir esas palabras en ese momento para luego convertirse en lengua muerta, como un ángel que ha cumplido su propósito.

Y fue después de ese momento en que ya fuera del sueño, convenció a su amiga araña a que partiera a luchar por su Oscar a la mejor tela. Ella se resistió al principio porque se había acostumbrado a estar impregnada con sus sueños. Y ser ella misma iba a ser un trabajo de riesgo. Pero partió.

Mientras él, que se dio cuenta de que ya no iba a saber nunca cuándo iba a ser el tan preciado día siguiente de su sueño, se retrató en el espejo de su realidad, dibujó allí su mejor sonrisa e hizo tripa corazón y salió, como pudo, pero salió, sin saber si alguna vez iba a volver a nadar en la mirada de ella; salió, sin saber si alguna vez iba a hacerse a la piel de ella como a la mar; salió sin saber si iba a haber mañana y si ese día siguiente iba a ser el día siguiente o si iba a ser algún día; salió, y eso fue lo más importante. Poder salir, aunque más no fuera raspando su sombra contra el egoismo de ella. Un egoismo infectado de miedos, culpas e impotencia.

Salió, doliéndole todo pero salió, a ese amanecer blancuzco de una ciudad que por un momento, pero sólo por un momento se le ocurrió que le carcajeaba. Una ciudad que siempre se habíaq reído de él. Pero no. Él sabía que no era así o no le importó. Por eso, compró en la primer librería que encontró un marcador de trazo grueso y empezó a escribir “te amo” por donde pasara, como una manera de ir marcando un camino por si ella…

ACTUALIZACIÓN: “Nadie construye nada sólo consigo mismo. Si no te hubiese conocido tampoco hubiese conocido el color y la intensidad de quien se enamora tan profundamente. Te habrás enterado que gané muchos premios, entre ellos el Oscar al Arácnido mejor tejedor. Pero si hay un premio que tuve, fue el de la libertad que me diste el día que me dijiste andate. Aunque sufrí como en el parto de un mamífero. Pero me dí cuenta que ser libre duele y la peor telaraña siempre va a ser el miedo”.

(Él nunca supo si fue la araña quién realmente escribió este texto pero sintió que tampoco había necesidad de saberlo. Por eso guardó la carta entre sus cosas más preciadas. Y no se lo contó a nadie por temor a que le digan: “vos siempre con esos sueños imposibles”.

Feb
28

Ajedrez

Nunca supe jugar bien al ajedrez / y sin embargo / vine a parar / o a sentarme / frente al tablero de piedra / de la plaza.

Siento que enfrente se sienta / me enfrenta / lo que seré / mientras / que lo que fui / barre la memoria / de las risas destrozadas.

No hay trebejos a la vista / solo palomas / y una música húmeda que llega / de una radio desde un pasillo, una portería o una guardia.

Tallo /  con lo que tengo / mis piezas /  pero sólo tengo lágrimas / entonces me salen alfiles, torres y una dama transparentes / que es negra y blanca

Es negra y blanca y…  /  …al mismo tiempo / es silencio, vacío… / una tarde agria…

Mientras las piezas van cayendo / en los casilleros / una a una / las palomas desbaratan la partida / con sus alas

Se confunden tristeza con espejo / y se miran / en mis lágrimas trebejos estalladas / sin saber que lo que ven ya no existe / y todo empieza a oler a risa rancia

La soledad / inevitable / tiene la forma / de una mujer gorda / dando de comer a las palomas / con mis lágrimas

Feb
27

La vida no es interné

La vida no es interné
¿sabias?
la vida anda por tu piel
que juega a las escondidas
encendiendo
carteles luminosos
encendiéndote…
La vida va siéndote cada vez mas
vaya a saber qué cosa
pero cada vez mas
va siéndote
 
la vida, amor
no es interné
 
La vida es ese beso
que no nos dimos
es decir
ese no beso
al que nos condenamos
en ausencia
pero eso sí
 
la vida, amor
no es interné
 
La vida, amor
es tomar tu mano
es tomar un vino
pero no es interné
 
La vida, cielo
son esos besos
que sí nos dimos
encielándonos
encelándonos
alándonos
 
Interné, corazón, es apenas
la sombra de una caricia
el eco de ese “te amo”
el vestigio del futuro
como diría el flaco
pero eso sí
la vida, claro,
no fue ni nunca será
interné
 
Feb
27

Un poema del siglo pasado

Compañera

si este silencio confuso

me ata a las palabras

no es que me haya olvidado

de lo que es verte amanecer

al lado mío

es que estoy anclao

anclao en la tristeza

y que vivi perdiendo trenes

que por ahí iban a cualquier parte

pero iban

que me convertí en el murmullo

de un hombre

en cafúa de sí mismo

que tengo aún la boca

llena de miedo

y la lengua en telarañas

que necesito la curda más imponente

chuparme todos los espejos

y aprenderme

nuevamente

Este es el primer poema que publiqué  en la mítica La Mineta. Fue en junio de 1988 y hoy lo recuperé gracias a Rodolfo Edwards, excelente poeta al que puede leerse on line en su blog El Rey de la Boca.

Feb
25

Deshecho de ausencia

Deshecho de ausencia / estos dias encenizados / duelen alcohol / sobre la llaga

Tengo la piel hecha un mendigo / al que se le han perdido todos los umbrales / y renguea hecho tiritas / intentando salir de la lágrima que se le ha hecho cárcel

Insiste. Pero no puede.

Mientras, la ciudad sin su mirada / es una ciudad apócrifa /es un rejunte de esquinas / a las cuales ella no llegará nunca

¿De qué sirven las esquinas, entonces?

Deshecho en la ausencia / mi boca sin la suya / ya se hizo baldío.

Me muerdo la sombra / hasta hacerla sangrar / oscuridad / que me salpica / para siempre.

Deshecho / inauguro este dolor nuevo / profundo / como un parto / pero al revés / como un desnacerme / deshaciéndome…

Feb
13

Lejaim

Él necesitaba palabras para ella. Palabras que la traigan de vuelta de ese lugar incierto adónde había ido a parar. Palabras que le lleguen de un modo natural, casi sin que se diese cuenta. Es más, prefería que no se enterase de que él se las había escrito especialmente como si fueran las semillitas que se arrojan en el camino para saber luego cómo volver. Porque alguna parte de ella había disuelto ese camino y ahora estaba muy lejos. Por eso él intentaba, como podía, trazarle itinerarios de regreso con sus palabras. Y lo hacía a pesar del hechizo, de esa maldición que conocía tan bien por haberla padecido.

Quizás algunos de ustedes escucharon hablar de una vieja maldición que perpetra lejanía entre dos personas que se aman. Es un hechizo que transforma en distancia  a cada palabra que es escrita por alguien al amor de su vida. Hay quienes estiman que por cada palabra escrita se produce un metro de distancia y hasta hay otros que hablan de que cada oración equivale a una hora de demora del encuentro definitivo.

Por supuesto que nadie sabe si todo esto es verdad. Y, menos que menos, nadie sabe cuál es el encuentro definitivo. Pero, por las dudas, suelen no arriesgarse.

“Necesito palabras livianas que vuelen solas y lleguen hasta ella sin necesidad siquiera de que las lea”, volvió a pensar, sentado en un bar anónimo donde los hombres bebían lo que no podían vivir.

“Necesito palabras pájaro, palabras mariposa”, se dijo y la lapicera le temblaba en la mano. Porque no se animaba a escribir. Aún tenía miedo de quedar hechizado, transformado en distancia, en lejanía, en nunca…

“Necesito palabras que amanezcan en ella y que le vayan creciendo de adentro hacia fuera, sanándola,  a medida que el día avance pero sin que se dé cuenta…”

Y aunque le costaba saber porqué ella no se tenía que dar cuenta, había empezado a aprender, en realidad, porqué tenía que ser así.

Porque es cierto que en el primer momento él se sintió desterrado, empujado a vivir en las orillas de la mirada de ella. Y es cierto también que eso le dolió mucho. Porque fue duro. Como comenzar de nuevo o, peor aún, como no haber comenzado nunca algo que jamás iba a suceder.

“Jamás es una palabra árida”, se dijo en ese momento, en ese bar incierto donde las moscas dibujaban laberintos adonde muchos solían perderse.

Y tenía razón. Porque jamás era una palabra desierto.

- Qué de cierto tiene la tristeza - escribió, ahora en una suerte de mareo palabreril que lo hizo trastabillar por el papel, enredándose en su asombro. Y tal vez porque quiso distraer a su tristeza es que se le dio por juguetear con las palabras o con cacofonías infantiles. Y no es que ese principio de ebriedad textual lo había hecho olvidar del implacable hechizo de la distancia. Sino que no podía más estar encerrado en el silencio que lo ahogaba. Y quizás, también, era porque empezaba a vislumbrar el antídoto contra la maldición.

Sentía que una borrachera tibia pero a la vez tumultuosa, como marejada, le iba ganando la escritura. Era como ese ir y venir del amor; como ese entrarse y salirse, envolviéndose…

- Envolviéndoser… -escribió casi alucinado…

- ¿Volviendo ser en qué…? –se preguntó  derramándose en letras como lágrimas, sangre salada, borrachera triste, sin destino más que un silencio hinchado de palabras impronunciables porque son de esas que duelen mucho…

Fue entonces que levantó la lapicera como una copa e hizo un ademán de brindis con los hombres de vino duro y de cervezas transpiradas. No le importó que no se hayan dado cuenta. Sólo escribió, con grandes letras, la palabra lejaim y, por primera vez, comenzó a sentirse de este lado de la vida. Y a ella también.

Luego, sobrevino un silencio de resaca que quiso volver a instalarlo en el preciso momento donde puede comenzar la soledad. Supo que si daba un paso adelante caería al vacío, pero no el del precipicio, sino el del irse quedando sin nada después de haber creído tenerlo todo. Un paso atrás era establecerse en la repetición. En esa rutina dulzona que puede parecerse al olor de las flores que empiezan a pudrirse pero que también puede tener el aroma triunfal y cotidiano del café con leche de todas las mañanas.

Mareado y todo no avanzó.  Y eso lo fue recuperando. Despacito volvió en sí y descubrió, casi sin querer, que una lágrima podía reflejar al mundo y que no hay hechizo que valga cuando se ama.

Lejaim. Llenó dos renglones con esa palabra de siete letras irrepetidas, como los colores del arco iris. Y se dio cuenta que ésa era la palabra amanecer que tanto había estado buscando. Se largó a escribir sin miedo. Y así escribió olores, perfumes, aromas cotidianos. Encontró palabras puente, palabras pan, palabras árbol que iban dibujando, se imaginó, un camino de retorno para ella. Y supo que el amor revierte el hechizo y que a medida de que siguiera escribiendo era probable de que ella pueda comenzar a regresar, a ser, a reir, a volver del vacío…

Lejaim, volvió a brindar y espantó a la soledad como si fuera una de las tantas moscas que andaban por ahí…

Lejaim. Y esta vez, un hombre con ojos de haber visto muchas cosas, levantó su vaso de vino duro y lo saludó desde el fondo. Y él bebió también de esa mirada para seguir encontrando las palabras que necesitaba.

Palabras mullidas, de entrecasa, palabras que amanezcan en ella y que le vayan creciendo de adentro hacia fuera, sanándola,  a medida que el día avance pero sin que se dé cuenta…

Lejaim, volvió a murmurar esta vez sin escribirlo, en el preciso momento en que desde la radio, en el mostrador, Spinetta cantaba “mi voz le llegará / mi boca también / tal vez le confiare / que eras el vestigio del futuro…”

Sep
13

Alicia

Siempre seduce Alicia. Con sus espejos como pasadizos y sus pasadizos como iniciaciones sin tiempo.

Esta “Alicia” me toca de cerca por obvias razones (uno de los realizadores es mi hijo) pero no la publico aquí por eso. Sino porque me conmueve ya que expresa a pesar de las limitaciones que tiene todo ejercicio para la facultad. En este caso un prolongado plano secuencia, innumerables y diversos planos y una historia con determinadas actitudes de los personajes.

También expresa a partir de la lógica limitación técnica y económica del grupo que lo realizó, Brenda Taubin, María Pirsch, Florencia De Giovanni, Sol Astolfi y Pablo Betas, todos estudiantes de Diseño de Imagen y Sonido de la UBA.

Sep
12

Tirando

En base a un diálogo escuchado al pasar

- Fierro. Porque al revolver se le dice fierro ¿sabías mamá?

Al pibe, las palabras le salen a borbotones mientras bailotea alrededor de la madre que tira de un carro con una inmensa saca más grande que ellos dos juntos.

- Entonces, le dice… che, gato, mirá que estoy enfierrado… y lo que le quiere decir es que tiene el revolver.

No logro escuchar si la madre le dice “claro” o “ajá”, pero lo cierto es que sigue tirando del carro en esa mañana de sábado, bajo un sol de primavera, en Wilde, sur del Gran Buenos Aires.

- Y ahí nomás pela… o sea, saca el fierro y pum, pum, pum tira a la bocha…

Y el correteo del pibe se va haciendo baile con un ritmo que se le gatilla adentro. Mientras su madre sigue tirando del carro.

- Tirando la bocha / cuidao que te quemo / que yo no soy un gil… Como papá ¿te acordás cuando papá hacía quilombo?

- Si -le responde la madre bajo ese sol que cae sobre el asfalto cuarteado de la calle de Wilde. Mientras, sigue tirando del carro…

- Papá se la rebancaba ¿no es cierto, mamá? Sacaba el fierro y empezaba pum, pum, pum…

De golpe el pibe se queda callado. Como si hubiese visto algo inesperado, nuevo, un billete de cien pesos en el piso. Detiene entonces su bailoteo y pregunta…

- ¿Mamá?

La madre también se detiene. Baja la manija del carro y aprovecha para descansar…

- ¿Qué hijo?

- No, nada, nada… una boludez -dice el pibe y retoma el bailoteo- Papá era un capo tirando ¿no es cierto, vieja?

Pero no logro escuchar la respuesta de la mujer que sigue tirando del carro.

Imagen tomada de este sitio web