desarmar, desalmar, desamar, sangrar, doler, amar, temer, partir, cuántos inifinitivos sin infinito. Yo también pienso en el alma que piensa y que por pensar no es alma, es sólo un olvido de Dios y cuando Dios se olvida, nos deja así, doliéndonos.
Esa mañana había amanecido blancuzca. Y él había soñado con ella. Blancuzca a pesar del calor, de la humedad o por eso mismo. Blancuzca como una piel vieja o un amanecer chirle, flojo, con esa tibieza que escupe dios u otros seres menos destacados.
Blancuzca, dijo para sí mismo y pensó y miró a la araña que dormía a un metro de su cabeza. Luego escribió “te amo” en la funda de su almohada. Y es que esas dos palabras eran la síntesis perfecta del sueño que recién había soñado.
“Te amo”. Cinco letras somnolientas escritas con birome. Escritas en un momento en que el amor de ella desesperaba por su ausencia. Se había convertido en un amor desaparecido, secuestrado, por el cual cientos de veces su deseo se había colocado el pañuelo blanco de la resistencia desde un silencio impuesto, desde una distancia sufrida como un exilio… Se había puesto el pañuelo blanco para pelearle a la angustia y reclamar la aparición con vida de ese amor o al menos su cadáver para velarlo…
- La amo, repitió en ese momento, muy bajito, para no despertar a la araña, en ese cuarto atestado de cajas en el que sobresale una bolsa china, muy roja y que tiene un pad y una adición de un restaurante llamado Pippo.
Él mira el pad siempre al despertarse y juega a que es una especie de mapa. Alguna vez intentó descubrir recorridos inciertos en esa superficie de goma que ella le trajo de tan lejos. Descubrir recorridos inciertos como si ella hubiese dibujado en ese pad, a modo de las líneas de su mano, los itinerarios de su alma. Pero hoy se sentía analfabeto de esas huellas. Y, más que temer, tenía horror de perderse en esos entrecruzamientos invisibles. Desesperaba por no saber leer las señales, de tener que arrancarse las caricias y quedarse así, a piel viva y sin ella, sin esa mujer con la que había soñado una vida. Esa mujer a la que también solía llamar mimusa…
- La amo, repitió en voz muy baja. Pero la araña estaba despierta. Porque lo que él no iba a saber hasta mucho tiempo después, es que esa araña respiraba sus sueños para luego transformarlos en color y tejerlos en su tela infinita.
Aquella era una araña que había estado muy triste hasta que llegó a ese cuarto desangelado. No esperaba encontrarse con un hombre enamorado como el que dormía allí noche a noche. Un hombre en estado de espera, de ilusión, de sueño. Un hombre que, a pesar de todo ello, era feliz pero que nadie le creía la felicidad en su mirada. Nadie salvo ella, que sí le creyó. Y por eso dejó de tejer esas telas grises, repetidas, rutinarias, oficinescas…
Dejó de tejer gris y comenzó a tejer naranjas, como la trama que urdió cuando él soñó con ese primer día que amanecían juntos. O tejió rojos, como la vez que él en sueños hizo una fiesta con los labios de ella. Y también tejió celestes cuando él, no durmió para esperarla, encielándose los ojos para encontrarla en algún punto del espacio.
Pero esa mañana la tela que había tejido era blancuzca, como una baba del diablo, como un amanecer agrio, como una leche cortada. Se parecía más a las telarañas que crecen en los bordes de expedientes que nadie toca o las que cuelgan de los techos en las pensiones de mala muerte.
Blancuzca le salía la tela muy a pesar de ella. Y aunque eso la entristecía no podía hacer otra cosa. Porque los sueños de él se habían convertido en desiertos inmensos o en aquellas tristes partidas de ajedrez que jugaba en las plazas moviendo piezas hechas con sus lágrimas.
La araña sabía que sus filigranas podían llegar a ganar el concurso más exigente de arácnidos tejedores. Pero ella no quería competir. No quería irse a recorrer el mundo en busca del Oscar a la mejor telaraña. Quería quedarse allí, respirando los sueños de él. Como si de alguna manera pudiera ayudarlo o cambiar el destino…
Pero esos sueños eran cada vez más vacíos, más húmedos, como pasillos de hospitales o peor aún…
Y aunque la araña no supiera leer las letras que escribía él, sí percibía las intensidades. Y, de algún modo, la alivió cuando él aquella mañana escribió ese “te amo” como letrero luminoso en la funda de su almohada; cuando puso allí, muy cerquita su boca. Cuando descubrió que él también como ella, respiraba esas palabras para no ahogarse en una realidad que los maltrataba.
Ambos también sabían, artrópodo y humano, que nadie que escribe “te amo” de ese modo está perdido del todo. Al contrario.
Tal vez por esto fue, o casi seguro, que la araña se dio cuenta, por primera vez, que estaba haciendo fuerzas para elegir el color de la tela que estaba tejiendo. Ya no se estaba guiando por los sueños de él. Quería disimular ese blancuzco de tedio y que le saliera algo de color verde, azul o cualquier otro color que no sea esa lechosidad cansina.
Hoy cree que fue en ese preciso momento cuando se sorprendió sabiéndose prisionera de los sueños de él. Porque la angustia de ese hombre se había hecho una telaraña mucho más grande y fuerte en la cual había quedado atrapada.
Por eso empezó a sufrir mucho respirando sus pesadillas. Como cuando él soñaba con su destierro en países donde las caricias de ella habían sido abolidas. O cuando soñaba con desiertos conformados con la arena de su indiferencia. O con palabras resquebrajadas, con abrazos con los brazos de ella colgando dormidos, laxos. Algo que lo instalaba, por supuesto, en el centro justo de la soledad. Que es ese lugar tan difícil de volver sin una cicatriz eterna.
Él que soñaba con todo eso, aquella mañana blancuzca soñó algo diferente. Sintió nacer en su corazón abollado un antes y un después de ese sueño. Porque allí, en ese territorio confuso, ambiguo, recuperaba la mirada de ella y su voz le preguntaba “¿Nos vemos mañana?”. Aunque quizás no haya sido su voz sino un simple mensaje de texto. Pero para el caso ya no importa.
No importa porque este sueño de él fue tan fuerte que también provocó que, por primera vez, la araña se metiera en ese territorio ambiguo a fuerza de que él le tironeara de alguna de sus ocho patas para contarle que mañana, que Mimusa, que… Entonces la araña, siempre en ese sueño de él, interrumpía su tela blancuzca, nunca blanca sino sucia, para dedicarle, ya sin culpas, un par de nuditos del color del amanecer. A pesar de que sabía que había algo que hacía que su red siga siendo blancuzca.
Y es que la araña, en verdad, no podía saber lo que iba a suceder. Pero para no destruir más su ilusión, ensayó, como un actor de teatro, el recuerdo de sus propias andanzas románticas allá en el barrio de la lluvia donde las gotas son espejos de risa y nunca llegan a ser lágrimas.
- Mañana ¿sabés?, me preguntó si mañana podíamos vernos. Le dijo él en el sueño, preparándose ya como si fuera a un cumpleaños adonde ningún invitado falla.
- Mañana, repitió entusiasmado hasta que fue como si la escuchara a su compañera araña que le hacía aquella pregunta, tan simple como certera: Pero mañana ¿qué día es? ¿qué día es hoy en tu sueño para saber cuál va a ser el día de mañana?
Y la araña no quiso dañarlo con esa pregunta. Simplemente sintió que tenía que hacerla.
- No lo sé. Fue cuando él se despertó de golpe. Se sentó en la cama, la cabeza entre las manos, de espaldas a la bolsita roja con el pad y la cuenta de Pippo. Desmoronado porque no sabía qué día era ese día de mañana del sueño en el que ella le decía de encontrarse. Desesperado porque no sabía si había soñado con un día ya pasado o un día que no iba a suceder nunca.
Fue en ese momento en que sintió que la palabra distancia era ese decreto de necesidad y urgencia que le cavaba un hueco profundo. Tan profundo como si dentro de poco irían a inaugurar una línea de subterráneo en su alma.
A pesar de esa viscosidad blancuzca que le ahogaba la mirada; en esa habitación llena de cajas que él compartía con una de las mejores arañas tejedoras del mundo, sintió algo diferente. Vivió un instante sagrado, intenso, único, donde la vida, la existencia o no sé cómo llamarlo, le dijo la frase precisa, que no se repite, en un idioma que sólo fue creado para decir esas palabras en ese momento para luego convertirse en lengua muerta, como un ángel que ha cumplido su propósito.
Y fue después de ese momento en que ya fuera del sueño, convenció a su amiga araña a que partiera a luchar por su Oscar a la mejor tela. Ella se resistió al principio porque se había acostumbrado a estar impregnada con sus sueños. Y ser ella misma iba a ser un trabajo de riesgo. Pero partió.
Mientras él, que se dio cuenta de que ya no iba a saber nunca cuándo iba a ser el tan preciado día siguiente de su sueño, se retrató en el espejo de su realidad, dibujó allí su mejor sonrisa e hizo tripa corazón y salió, como pudo, pero salió, sin saber si alguna vez iba a volver a nadar en la mirada de ella; salió, sin saber si alguna vez iba a hacerse a la piel de ella como a la mar; salió sin saber si iba a haber mañana y si ese día siguiente iba a ser el día siguiente o si iba a ser algún día; salió, y eso fue lo más importante. Poder salir, aunque más no fuera raspando su sombra contra el egoismo de ella. Un egoismo infectado de miedos, culpas e impotencia.
Salió, doliéndole todo pero salió, a ese amanecer blancuzco de una ciudad que por un momento, pero sólo por un momento se le ocurrió que le carcajeaba. Una ciudad que siempre se habíaq reído de él. Pero no. Él sabía que no era así o no le importó. Por eso, compró en la primer librería que encontró un marcador de trazo grueso y empezó a escribir “te amo” por donde pasara, como una manera de ir marcando un camino por si ella…
ACTUALIZACIÓN: “Nadie construye nada sólo consigo mismo. Si no te hubiese conocido tampoco hubiese conocido el color y la intensidad de quien se enamora tan profundamente. Te habrás enterado que gané muchos premios, entre ellos el Oscar al Arácnido mejor tejedor. Pero si hay un premio que tuve, fue el de la libertad que me diste el día que me dijiste andate. Aunque sufrí como en el parto de un mamífero. Pero me dí cuenta que ser libre duele y la peor telaraña siempre va a ser el miedo”.
(Él nunca supo si fue la araña quién realmente escribió este texto pero sintió que tampoco había necesidad de saberlo. Por eso guardó la carta entre sus cosas más preciadas. Y no se lo contó a nadie por temor a que le digan: “vos siempre con esos sueños imposibles”.