Me gustaría escribir como Laura Ramos en los tiempos de “Buenos Aires me mata”. En verdad, creo que Laura hizo el primer blog de la historia, sólo que lo tuvo que hacer en el papel diario de “Clarín” porque aun no existía Internet.
Hoy sería muy bueno que Laura hiciera un blog. Si alguno de ustedes se la cruza por ahí, háganle la sugerencia. En serio que sería muy bueno.
Me acuerdo que ella escribía en segunda persona. Por ejemplo: “¿Saben que tiene ella de buena chica? Nada”, arranca su crónica de Josi, una chica pura ambición a la que los años noventa le calzan como un vestido a medida.
Por aquellas “páginas garabateadas en las servilletas de bares y discotecas”, pasó el Chico Aguja con todas sus historias tristes.
Es que Laura Ramos fue, de alguna manera, nuestro Dickens de los 80 y un dique donde se acumulaban las aguas turbulentas de aquellos tiempos.
Por eso no es casual que empiece una de sus crónicas preguntándonos: “¿Querían una historia de Navidad? Aquí va. Pero les advierto que bien podrían hacer cualquier cosa para calentar su alma antes que leerla. Es más triste que el diablo”.
Y tiene razón. Porque el terror en la Argentina no pasó por las historias de aparecidos sino todo lo contrario, por la historia de los desaparecidos. Desaparecidos como los padres del pibe de esta historia.
“Les estoy contando historias. Créanme”, cita Ramos directamente a Jeannette Witerson, en las primeras páginas de su libro.
Ramos, es hija de uno de los más grandes de la política argentina, Jorge Abelardo “El Colorado” Ramos, a quien le dedicó estas palabras. Algo así como un autorretrato literario.
Por lo que insisto que, definitivamente, me gustaría escribir como Laura Ramos en “Buenos Aires me mata”. Historias como las que ella escribió con la tinta aún tibia de lo que pasó recién. Historias con personajes como González, ese chico que “vive en un edificio a medio derruir en la calle México” y que a “sus diecisite años vio unas cuantas películas de la vida real”.
Y es que Laura tenía ojos de película porque con ellos hacía ese film continuo de una generación que se iba acomodando a un mundo y a una historia que jamás la habían tenido en cuenta.
Este texto fue escrito en 2006 y publicado en El Oso Chento, mi primer blog.