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Jun
01

Relatos desde el ciber/2

David conoce de memoria el circuito judío de la limosna. Decidió, aunque quizás él jamás se haya enterado de esa decisión, cobrarse a su manera lo que consideraba que era la vida: una deuda.

Tenía armado un calendario para saber con exactitud adónde y a qué hora ir cada día. Los días de festividades y las horas de rezo…

Las hojas estaban pegadas con cinta en la pared de su departamento antiguo y pequeño. Aunque más que pequeño, era un lugar cercenado, acotado, como un remedo de una casa tomada pero sin Cortázar ni libros de literatura inglesa ni hermanos que viven juntos.

David vive sólo allí y tengo para mí que en algún momento del cual tampoco él quería acordarse, arrojó a la alcantarilla las llaves de sus días.

Tiene la memoria en carne viva y, para colmo parece rascarse las costras todo el tiempo. En especial cuando regurgita ese pasado de oficinista, buen sueldo, tarjeta de crédito… Recuerda todo aquello de una manera que siempre termina sangrando palabras repetidas, la más de las veces sin sentido, frases que le salen mareadas, confundidas, trastabillantes. Sobre todo ahora en que suele andar con ese olor a abandono que avejenta sus ropas nuevas, mendigando y, así y todo, enamorado…

Porque David, el de la mala estrella, como él mismo se presentaba, se había enamorado de Rijah, una israelí simpática que frecuentaba el locutorio y que por alguna razón que jamás mencionó, no quería volver a su país.

Ella no era mala. Sólo estaba desesperada. Y en esa desesperación lo rasguñaba a David en su lastimadura. Porque no era que Rijah hubiese planificado seguirle el tren de piel y sexo a los burdos inspectores de la línea de colectivo que paraba frente al locutorio como a todo hombre que la mirara con un poco de simpatía. No era que quería horrorizar a David, que vivía todo ello como una blasfemia formulada contra su capacidad intelectual forjada en el pensamiento marxista – leninista. No, nada de eso.

Rijah sólo quería vivir de la piel para afuera. Porque si lo hacía de otra manera iba a terminar ahogándose en su propia herrumbre.

Mientras, David se moría por un beso de ella. Y una noche casi lo logra. Pero ésa es otra historia…

May
05

Relatos desde el ciber/1

La imagen del perro que al orinar dejaba sobre la pared el dibujo del rostro de Cristo empezó a aparecer en los monitores del ciber todos los días, a partir de esa tarde, casi noche, en que se realizó la primera movilización de ciegos al Congreso.

Era el atardecer de un miércoles de noviembre y los no videntes hacían sonar en forma rítmica sus bastones blancos contra las baldosas de la vereda. Mientras, algunos repartían volantes confiados en que en esos papeles se leía que reclamaban el no al cierre de la Biblioteca Parlante. Y eso era lo que tenían impreso esos papeles.

Por supuesto que nadie iba a afirmar que ambos hechos estaban relacionados pero lo cierto es que el video del perro de meada milagrosa iba a irrumpir unos segundos, a partir de esa tarde, en todas las pantallas del ciber de Congreso. Siempre a eso de las seis y cuarto.

- Fue muy extraño todo, me contó luego Pierre, el recepcionista del ciber aquella primera tarde.

Yo no había estado porque me había entretenido en la manifestación de los ciegos. Pero Pierre me dijo que hubo un par que saltaron de sus asientos para arrodillarse frente a la computadora y rezar, en voz alta, un padrenuestro. Que los cuatro o cinco israelíes que hablaban por Skype comenzaron con gritos guturales al monitor. En tanto, David salió corriendo al grito de que el fin del mundo había llegado. De paso, no pagó su hora de internet.

El que no estaba, me dijo Pierre, es Moisés. Raro porque él siempre está a esa hora.

Pero eso yo ya lo sabía. Lo había visto cerca de la esquina del Congreso. Miraba con insistencia a los ciegos. En especial a una mujer casi muchacha, pequeña, emponchada en un tapado de paño rojo, rubia, que apuntaba su rostro hacia donde estábamos nosotros como intuyéndonos. Moisés, yo aún no sabía que se llamaba así, tendría cuarenta y tantos años, una melena larga, unos bigotes grandes y grises que parecían oler a esos ideales revolucionarios por los que habíamos gritado tanto.

- Yo no sabía que se había quedado ciega -me dijo y descubrí en sus ojos el susto- y ella me dijo que yo era la luz de sus ojos pero ahora que la veo así tengo miedo…

Y fue en ese momento en que se me ocurrió que ese tipo estaba apagado. Se había quedado a oscuras sin ninguna necesidad de que a esa mujer rubia, friolenta, bonita, le haya pasado lo que le pasó.

- Así como ella se quedó ciega para afuera, vos te quedaste ciego por dentro.

Sé que eso es lo que debí decirle. Pero no. No se lo dije. Disimulé mi timidez o mi miedo con unas palabras de circunstancias de las que ahora ni me acuerdo y me fui sin mirarla a ella y sin saber que esa tarde comenzaría algo que duraría hasta ahora.