Roberto Fontanarrosa

A decir verdad, no me gustaba mucho lo que hacía en materia de literatura. Aunque, claro, había pocos como él para reproducir el habla cotidiana en la literatura, sin que se mueren en el intento.
Uno de mis primeros recuerdos es cuando leí uno de sus cuentos de futbolistas. Jugadores desflecados, puro corazón, poca ropa y cero sponsor.
Sí, disfruté muchísimo de su humor. Un humor claro, verbal, transparente, sopresivo y, a veces, hasta naif.
Nunca me gustó demasiado Boogie pero sí me encantaba Inodoro Pereyra y Mendieta. Esa técnica impecable de desarrollar cadenas de chistes en tres cuadritos hacía que la risa vaya in crescendo hasta llegar, la más de las veces, a la franca carcajada.
Si, me conmovió y me conmueve hasta las lágrimas esa muestra de amistad y solidaridad que establecieron en los últimos tiempos él y Sendra, para que su humor siga apareciendo en el diario.
Pero más allá de su literatura y de su humor, el tipo fue impresionante a la hora de construir amistad. Creo que a millones de argentinos le hubiésemos regalado gustosos, un día más de cada una de nuestras vidas, por sentirnos amigos del Negro, por tomarnos un café en la mesa de los galanes, allá en El Cairo, de Rosario; por respirar ese ambiente de masculinidad y reciedumbre, finamente calculada.
Me imagino los quilombos que harán a partir de ahora en el cielo, junto a otros rosarinos como Lalo y el otro Negro, Olmedo…



Leo el recuadro de la sección “Pistas”, que escribe Ezequiel Martínez, en la mencionada “Ñ”. Y me pregunto, más allá de que las encuestas se deben referir más a los libros que a la lecturta en sí, quiénes serán para Martínez los escritores entre comillas.
