Archive for August, 2007

Aug
28

Dos textos para un post ferroviario

 ferroviario

Me autoinvito a la propuesta del blog Tres Patitos de publicar post relacionados a los ferrocarriles en ocasión de cumplirse, el próximo 29 de agosto, 150 años de la inauguración del primer tren de la República Argentina.

Y lo hago no con un texto, sino con dos.  A saber:

El primero de ellos es un relato que tal vez tenga como único vínculo con el tren es el haber sucedido allí. Pero lo rescato porque es cierto que me sucedió. Aunque, como verán, ni yo mismo estoy muy convencido. Así que ustedes saquen sus propias conclusiones.

El segundo texto es un poema que le dediqué a mi abuelo ferroviario, Etén Betas, un albanés que construyó su familia en Río Colorado, en la provincia de Río Negro. Este poema tiene muchísimos años y yo ya no me reconozco en su estilo pero sí en su emotividad.

Hay que hacer algo para que sucedan cosas

“Hay que hacer algo para que sucedan cosas”. La frase estaba escrita en la parte de atrás de una campera de jean que llevaba puesta ella. Ella, una chica simple que conversaba con una amiga en ese subte de maderas crujientes de la linea A. Ambas, pequeñas, menudas, se reían de nada o de todo mientras yo me dormía, parado, de regreso a casa.

“Hay que hacer algo para que sucedan cosas”. La frase estaba a medio bordar con mostacilla. El resto estaba escrito con varios trazos de birome. Las estaciones, de mientras, se sucedían unas a otras con el vacío de oscuridad en el medio. Cada tanto un empujón, un codazo, pero siempre las risas de ellas metiéndose en mi sueño.

“Hay que hacer algo para que sucedan cosas”. El vagón seguía tragando oscuridad. Una oscuridad así de pringosa como la que se le pegoteaban a los días de mi vida en ese momento. Tal vez por eso es que me dí cuenta de que ellas tenían un sentido allí paradas, charlando, riéndose. Estaban para que yo las viera. Y sino ¿por qué una de ellas, la que estaba mirando hacia a mi lado, me guiñó un ojo y me preguntó si tenía sueño o si tenía un sueño, ya no lo recuerdo bien…

“Hay que hacer algo para que sucedan cosas”. Esas palabras, a medio terminar, iban abriéndose paso en mi modorra  hasta que un frenazo me hizo trastabillar y caí en los brazos de un muchacho punk que me miró divertido mientras me devolvía a mi estado natural de un empujón.

Claro, me dije. Hay que hacer algo para que sucedan cosas. Porque de la nada no sale nada.

Entonces me dí vuelta para encontrarlas. Para contarles cuánto ellas tuvieron que ver con esa revelación. Pero no las vi más. Ya no estaban. Y, la verdad, hoy no sé si alguna vez estuvieron allí. O si todo no fue una trampa para darme cuenta que sí, que hay que hacer algo para que sucedan cosas.

Etén entre los trenes

A mi abuelo, Etén Betas

El viento, un tren
apenas un tren
traqueteando inmensidad
en el viento

Tan sólo.

Si su mirada y la memoria
saliéndole al cruce
zarpazo brutal
salpicándole de muerte
y el recuerdo volviendo
trepándose por la camisa ferroviaria
hasta endurecerle la caricia

El viento, un tren
y los nombres en albanés
que le van quedando lejos

Si es como tragar piedra, carajo
el horror, la guerra, la rapiña
donde la lengua se golpea contra la bronca
una y otra vez

y es que la muerte
la muy puta
te colgó para siempre la sombra

Entonces,
ya no agitastes banderas rojas de esperanza

Entonces,
yo llegaba tarde,
demasiado tarde para conocerte
por eso hoy me quedan
tan sólo estas palabras
como perros tristes
para imaginarte Etén
entre los trenes
traqueteando
contra el viento quejumbroso

y hace frío
y hace lejos

Aug
26

Liborio y una señora de ojos muy azules

Sábado gris. Llovizna en el barrio de Almagro. Sobre la avenida Rivadavia, una señora mayor sentada en un umbral, entre bolsas, libros ajados, andrajos…

Cuando paso frente a ella me mira. Sus ojos azules son dos luces en medio de la oscuridad de pobreza que la rodea. Solo me mira mirarla y quién sabe qué piensa mientras yo apuro el paso y sigo…

Al volver todavía está allí, sentadita. Me acerco y le pregunto si no se ofende si le doy dos pesos. Sus ojos azules me sonrien apenas; esa mirada fuerte puede acariciar. Toma entonces el billete y rebusca dentro de una bolsa hasta sacar un recorte de diario. Me lo extiende y me pide por favor que vaya, que invite gente…

Liborio recorte

Miro el recorte. Habla de Liborio Justo, una muestra de sus fotografías en la Biblioteca Nacional y una mesa redonda que se realizará este lunes a las 19.

La mujer insiste en que me lleve ese recorte y que “invite a gente”. Y yo no puedo más que mirarla y sentir que detrás de esta mujer hay historia e historias.

Y yo no puedo más que pensar que porque no existen las casualidades tampoco es casual que esa mujer me hable de este hombre que murió en 2003 a los 101 años de edad. Un hombre que tuvo a su alcance los privilegios de clase que puede dar haber sido el hijo del presidente de la Nación, Agustín P. Justo pero prefirió vivir por una causa, una ideología.

No es casual que me hable de un hombre que fue capaz de interrumpirle el discurso que pronunciaba en el Congreso Nacional el por entonces presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, al grito de “Muera el imperialismo yanky”.

No es casual, insisto, en que me hable de un hombre que se internó en la Norteamérica profunda cuando la crisis del ‘30 hacia crecer desarrapados por todas partes. De allí trajo imágenes de la desolación y la miseria. Imágenes de un sueño americano convertido en pesadilla gris y sucia.

Son éstas las fotos que se exhiben en la Biblioteca Nacional. Fotos de hombres escupidos por el sistema y que quedaron con sus ilusiones hecha harapos.

No es casual porque esa mujer, a la que quizás encuentre mañana cuando vaya al lugar donde me invitó, podía ser perfectamente parte de una de las fotos de Quebracho, tal como se hacía llamar también Liborio Justo.

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Aug
24

Tiene 11 años y un embarazo de 6 meses

Esta historia tiene algunas coincidencias con 11 y 6, aquella canción de Fito Paéz que relata las aventuras de dos de los llamados pibes de la calle, por la avenida Corrientes, en Buenos Aires. Nada más que en esta ocasión es muy diferente. Aquí también hay una piba, de once años pero con un embarazo, de seis meses. Aquí está la mamá de esta nena que sólo la llevó al médico cuando notó que su hija “vomitaba mucho y el cuerpo le estaba cambiando”. Todos viven en El Pozo. Literalmente, porque así se llama el asentamiento precario donde residen, en Paso de los Libres, Corrientes, República Argentina.

Los periodistas escriben en los diarios que “habría sido violada”. Y me pregunto ¿por qué el potencial? ¿Es que puede tener sexo consentido una nena de once años de edad? Lo que no tiene sentido es la frase del cronista, porque él mismo tal vez esté impregnado del sinsentido común que nos intoxica las percepciones.

Enterado de esta situación, sigue contando el periodista, el director del hospital donde se atendió la nena, Juan Legarreta radicó la denuncia policial correspondiente y se inició una investigación que avanza lentamente debido a la reticencia de los lugareños a dar información.

¿Aquí también hablarán de cuestiones culturales para justificar lo injustificable?

“Otro tema en el que es clave el entorno cultural y social por estas regiones es el estupro, el acceso carnal con menores de 15 años. Aquí es bastante común, siempre hay hombres y mujeres que se juntan con menores. El despueble está convirtiendo al desierto en más desierto: diezma los poblados. Pero siempre hay un comisario que se leyó bien el Código penal y va y los mete adentro. Y aquí, los que se juntan con menores suele ser por necesidad ” (Héctor Tizón, escritor y juez jujeño)

Declaraciones al diario “Clarín”

En coindidencia con Tizón, según cita hoy el diario La Nación, una fuente judicial le dijo al cronista que “episodios de este tipo se dan con mucha más frecuencia de lo que el común de la gente cree, sólo que en este caso llama mucho la atención la edad de la víctima”. Tal vez en algún momento nos deje de llamar la atención también la edad de las víctimas. Quién puede predecir hasta dónde nos va a llegar el grosor de la coraza.

Mientras tanto, Legarreta ratifica, sin saberlo, otra coincidencia con la nena de la canción de Fito Páez, aquella que llegaba a la mesa en puntas de pie: “Hablamos de una chiquita de no más de 1,30 metros de estatura que no recibió jamás ningún suplemento vitamínico previsto para las mujeres en estado de gravidez, pero que además de tener apenas 11 años, tiene el aspecto de una criatura todavía menor, por lo que un parto natural sería imposible”.

Una niña de once años carga con un embarazo de seis meses ¿cómo hablar después de blogósfera y web2.0 sin dar un grito?

Aug
13

Por el Mariano Acosta


La centenaria escuela Mariano Acosta, donde enseñó Leopoldo Marechal y egresó Julio Cortázar, entre tantos otros, sigue cerrada. Luego de la caída del techo de un aula en junio último, sus alumnos, de primaria y secundaria, fueron repartidos a otros lugares donde, en muchos casos, asisten a “clases” en pésimas condiciones.Este video lo tomé directamente de una nota que hizo esta mañana (lunes 13/08/07) el canal de noticias Crónica TV. Allí se dieron cita padres y alumnos ya que para el día de hoy estaba prevista la entrega de la escuela en condiciones. Esto no se cumplió.

Mil disculpas, pero la calidad no es muy buena ya que tuve que bajarle resolución para que entrara en YouTube. Pero lo importante es lo que la madre dice allí.

Mi interés en este tema es, además, personal, ya que mis dos hijos hicieron toda su escolaridad primaria allí y, en la actualidad, uno de mis hijos cursa -una forma de decir- el primer año de secundaria.

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volante

Aug
07

Enrique “Quique” Torres Cabanillas

quiqueQuique Torres era, por sobre todas las cosas, periodista. Pero era un laburante del periodismo. Un periodista de agencia, de cables, de lo urgente, de la noticia en caliente.

Quique no estaba destinado a escribir libros con denuncias espectaculares o ser una firma cotizada. Pero sí era un tipo capaz de levantar la voz cuando algo no le gustaba. Y lo hacía en el momento indicado y ante la persona correcta. Por eso fue muchas veces “castigado”, metido en el freezer, en algunas de las Siberias que los jefes suelen tener preparadas para aquellos empleados que no le caen en gracia.

Lo conocí en una de esas Siberias: la sala de periodistas del por entonces Concejo Deliberante porteño. Él, acreditado por Télam; yo, por el diario “Nuevo Sur”. Una sala inmensa que también albergaba a un par de colegas caídos en la desgracia de la desocupación. Y allí se sentían de nuevo en el ambiente.

Pero más lo conocí en uno de los dos bares que había pegado uno al lado del otro, por avenida de Mayo, en la misma cuadra del Cabildo. Allí, solíamos demorarnos un rato antes de ir a casa, como si emuláramos a aquellos viejos cronistas que hicieron de avenida de Mayo una suerte de pequeño barrio.

Comenzaban los ‘90 y la historia doblaba la curva. En esos días lo recuerdo a Quique cómo se le encendían los ojos cuando hablaba de las computadoras de la agencia y de la que él mismo se había comprado. Contaba, con cierta vergüenza, que era capaz de pasarse horas con un simulador de vuelo. Una aplicación que, con seguridad, hoy nos haría sonreir.

Pero así como él contaba de computadoras, yo no podía contar mucho de la redacción del diario en el que trabajaba junto a muchos que luego se hicieron y son famosos. La última experiencia periodística del Partido Comunista en la Argentina se escribía aún con máquinas de escribir manuales.

Fue en aquellos años y en la mesa de ese bar de avenida de Mayo, atendida por Antonio o por Huguito (cuando estaba sobrio) que nos peleábamos un rato con Quique por cuestiones vinculadas al indigenismo y a la conquista española. Él defendía, desde su asumido linaje hispano, la labor cultural de los conquistadores. Yo, empapado de materialismo dialéctico, consideraba todo lo contrario. Nuestra discusión se había convertido en un clásico para aquella mesa. Pero era una discusión con reglas claras, sin golpes bajos; una discusión de argumentos y pasiones, pero nunca agresiva ni rencorosa.

Fue en aquellos años, por 1997, que lo seguía viendo por allí, aunque ya no era acreditado del Concejo Deliberante y sí era Jefe de Turno de Télam. Ya hablábamos poco de indigenismo y de colonialismo español. Y mucho sobre cosas más importantes, como la vida misma.

Por aquellos días, los últimos aunque yo, claro, no lo sabía, Quique mostraba fotos donde se lo veía montado en un camello en pleno Sahara. Había ido en un viaje de prensa a Túnez y preparaba otro viaje, pero en este caso ya no de trabajo sino personal: su primer viaje a España. Quería recorrer la tierra de sus antepasados. Pero España le rompió el corazón a apenas dos días de haber arribado allí, el 7 de agosto de 1997, hace hoy diez años.

Tal vez porque uno nace donde puede y, en una de esas, puede morir donde quiere, es que a Quique le tocó morir en Madrid. Sino, no tengo explicaciones para entender cómo alguien se puede ir así como así, a los cuarenta y pico, cuando había tantas cosas por hablar.

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Foto tomada por Daniel Rodríguez (Clarín) en 1987 durante la sublevación carapintada en Campo de Mayo.

Aug
03

Imagen de la solidaridad

solidaridad

Buscaba ayer unas imágenes para ayudarla a mi esposa a hacer la cartelera de efemérides de su escuela. Uno de los temas era la solidaridad. Vía el buscador de imágenes de Google encontré ésta que me pareció muy linda.

Si bien puede tener su costado “asistencialista” o de “comparto lo que me sobra”, de todas maneras me pareció una buena síntesis. No sé qué pensarán ustedes.

ORIGINAL

Aug
03

Cartas: Bergman también

Estoy desolada. Lo único que me consuela es que murió tranquila y suavemente. No murió. Nadie muere mientras se lo recuerde. ¿Qué estará viendo detrás del vidrio oscuro?
Realmente, estoy muy triste. Todavía estábamos en la facultad y comenzando con el periodismo, cuando nos tropezamos con la hondura de su pensamiento en la pantalla del cine.
Y nos acostumbramos a interpretarlo más allá de sus propias ideas, a recrear sus imágenes, a formarle una heráldica tan argentina como particular. Nos aceptaba. Sin comentarios. Concentrado.
Tal vez…
Bergman nos introdujo en los abismos y nos obligó a jugar al ajedrez con la muerte: la juventud nos permitía esos desafíos.
Ahora se durmió.
Nos dejó el enigma.
El hábito de que la vida más anónima, desde Suecia a Buenos Aires, es algo más que un plato de comida (gracias, Eladia).
Nos dejó casi cuando huye el día.
Sin piedad. Sin anuncios. Sin certezas.
Discípulos de aquel hijo de predicador sueco que, con las mejores intenciones, abrió la mente de una generación inquieta, algo ingenua, buceadora, diletante, a miles de kilómetros de su isla interna, hoy lloramos su muerte como lo haría cualquiera de sus personajes.
A solas.
A los gritos.
Sin consuelo.

Noemí Carrizo

PUBLICACIÓN ORIGINAL

ACTUALIZACIÓN: Ésta es la versión original con el título que Noemí Carrizo envió a Clarín. Me la hizo llegar a través de un mail de respuesta al que le envié para avisarle que había incluido su texto en este blog.