Dos textos para un post ferroviario

Me autoinvito a la propuesta del blog Tres Patitos de publicar post relacionados a los ferrocarriles en ocasión de cumplirse, el próximo 29 de agosto, 150 años de la inauguración del primer tren de la República Argentina.
Y lo hago no con un texto, sino con dos. A saber:
El primero de ellos es un relato que tal vez tenga como único vínculo con el tren es el haber sucedido allí. Pero lo rescato porque es cierto que me sucedió. Aunque, como verán, ni yo mismo estoy muy convencido. Así que ustedes saquen sus propias conclusiones.
El segundo texto es un poema que le dediqué a mi abuelo ferroviario, Etén Betas, un albanés que construyó su familia en Río Colorado, en la provincia de Río Negro. Este poema tiene muchísimos años y yo ya no me reconozco en su estilo pero sí en su emotividad.
Hay que hacer algo para que sucedan cosas
“Hay que hacer algo para que sucedan cosas”. La frase estaba escrita en la parte de atrás de una campera de jean que llevaba puesta ella. Ella, una chica simple que conversaba con una amiga en ese subte de maderas crujientes de la linea A. Ambas, pequeñas, menudas, se reían de nada o de todo mientras yo me dormía, parado, de regreso a casa.
“Hay que hacer algo para que sucedan cosas”. La frase estaba a medio bordar con mostacilla. El resto estaba escrito con varios trazos de birome. Las estaciones, de mientras, se sucedían unas a otras con el vacío de oscuridad en el medio. Cada tanto un empujón, un codazo, pero siempre las risas de ellas metiéndose en mi sueño.
“Hay que hacer algo para que sucedan cosas”. El vagón seguía tragando oscuridad. Una oscuridad así de pringosa como la que se le pegoteaban a los días de mi vida en ese momento. Tal vez por eso es que me dí cuenta de que ellas tenían un sentido allí paradas, charlando, riéndose. Estaban para que yo las viera. Y sino ¿por qué una de ellas, la que estaba mirando hacia a mi lado, me guiñó un ojo y me preguntó si tenía sueño o si tenía un sueño, ya no lo recuerdo bien…
“Hay que hacer algo para que sucedan cosas”. Esas palabras, a medio terminar, iban abriéndose paso en mi modorra hasta que un frenazo me hizo trastabillar y caí en los brazos de un muchacho punk que me miró divertido mientras me devolvía a mi estado natural de un empujón.
Claro, me dije. Hay que hacer algo para que sucedan cosas. Porque de la nada no sale nada.
Entonces me dí vuelta para encontrarlas. Para contarles cuánto ellas tuvieron que ver con esa revelación. Pero no las vi más. Ya no estaban. Y, la verdad, hoy no sé si alguna vez estuvieron allí. O si todo no fue una trampa para darme cuenta que sí, que hay que hacer algo para que sucedan cosas.
Etén entre los trenes
A mi abuelo, Etén Betas
El viento, un tren
apenas un tren
traqueteando inmensidad
en el vientoTan sólo.
Si su mirada y la memoria
saliéndole al cruce
zarpazo brutal
salpicándole de muerte
y el recuerdo volviendo
trepándose por la camisa ferroviaria
hasta endurecerle la cariciaEl viento, un tren
y los nombres en albanés
que le van quedando lejosSi es como tragar piedra, carajo
el horror, la guerra, la rapiña
donde la lengua se golpea contra la bronca
una y otra vezy es que la muerte
la muy puta
te colgó para siempre la sombraEntonces,
ya no agitastes banderas rojas de esperanzaEntonces,
yo llegaba tarde,
demasiado tarde para conocerte
por eso hoy me quedan
tan sólo estas palabras
como perros tristes
para imaginarte Etén
entre los trenes
traqueteando
contra el viento quejumbrosoy hace frío
y hace lejos






Quique Torres era, por sobre todas las cosas, periodista. Pero era un laburante del periodismo. Un periodista de agencia, de cables, de lo urgente, de la noticia en caliente.
