Archive for September, 2007

Sep
21

Cartas: Si realmente importaran los niños, por Ana Valentina Benjamin

Versión original de la carta que publica hoy el diario “La Nación”, firmada por  Ana Valentina Benjamin, periodista y escritora nacida en la Argentina pero de nacionalidad alemana, sobrina nieta del filósofo y traductor Walter Benjamin. Haciendo click en su nombre pueden acceder a un relato de su autoría que me estremeció: “El país de los sin tumba”.

Si realmente importaran los niños

 
Mucha vergüenza ajena sentí cuando apareció David Beckam reclamando en los Medios la aparición de la niña inglesa Madeleine o su caso en la web del Vaticano. Y más vergüenza ajena experimenté cuando se supo que los padres de la bonita criatura habían recaudado un millón y medio de euros. No es necesario saber si son culpables de algo o dolidos deudos; es suficientemente penosa la certeza de que ciertas campañas, ciertos famosos y ciertos donantes son de dudosa sensibilidad. Me pregunto cuántos miles de niños sudamericanos, africanos o asiáticos que desaparecen a diario por hambre y enfermedades de todo calibre, podrían comer con la recaudación de la niña europea o si los famosetes de turno se movilizaran aunque más no sea solo una vez en sus autografiadas vidas. No es una apreciación política sino del corazón; no soy de izquierda ni de derecha; soy una torcida indignada, si quereis conocer mi inclinación. Saludos, Ana Valentina Benjamin. Gerona, España.

Así publicó esta carta “La Nación”

Sep
14

Beatriz, la señora de ojos muy azules

NOTA: Este relato es verdadero y se inició con el post Liborio y una señora de ojos muy azules

La volví a encontrar. Casi en el mismo lugar que la primera vez. Y esta vez me le acerqué como si ya fuéramos viejos conocidos. Ella abrió muy grande sus ojos azules al verme venir y esbozó una sonrisa. La saludo, me devuelve el saludo.

- ¿Sabe que estuve en el lugar al que me invitó la vez pasada?

Me mira. Sus ojos azul lejos achican un poco, metiéndose filo adentro en la memoria.

- ¿No se acuerda de la invitación que me hizo? Aquel homenaje a Liborio Justo…

- Ah. si, si… qué bien que fue… Pasa que con esta cabeza…- y hace bailar un dedo alrededor de sus cabellos grises desmadejados. Un dedo que baila vaya a saberse al ritmo de qué furia, la memoria como partida en papelitos al viento, rompecabezas, literal, rompecabezas…

- Usted ¿era algo de Liborio Justo?

Y es justo que espere en ese momento La Historia, La Revelación. Es justo que esté ansioso, con el pulso acelerado, aguardando vaya a saber qué ramilletes de anécodtas ocurridas hace cuatro o cinco décadas. Tiempos en que la política era épica porque sino no era. Pero no…

- ¿Liborio Justo? No sé…-vuelve a hundir su dedo entre los cabellos grises como queriendo sacarse ese olvido como si fuera una costra, una cascarita…- No, la verdad que no sé quién es…

Me sonríe. De golpe la sonrisa le tapa la cara. Es una sonrisa de nena traviesa a la que se la pescó sin saber una lección. Es una sonrisa que sobrevivió, mágica, a la tormenta de todos esos años que tiene encima. Yo sonrío también…

- Y entonces ¿por qué me invitó los otros días a un acto en homenaje a Liborio Justo?

- Ah -y sus ojos azul cielo me dicen palabras que no llego a comprender- bueno… es que me di cuenta que era una actividad intelectual y usted, como me pareció que era intelectual también me pareció que le iba a interesar.

Entonces supuse que seleccionaba papelitos de diarios con recortes para cada uno de los que se les acercaba. Los miraba y tomaba de la bolsa el que parecía que iba a corresponderle. Volví a pensar en su memoria como partida en miles de papelitos en medio de la tormenta…

- ¿Cómo se llama? -le pregunto.

- Beatriz -me dice, con huellas de sonrisa aún en la mirada.

- Buenas noches, Beatriz. Hasta pronto.

- Chau, hasta luego. Cuídese…

Y me voy con ese “cuídese” apretado en la memoria.

Sep
12

En el día del maestro, para no olvidar a Fuentealba

maestro

Foto publicada en el blog Acosta en lucha por cortesía de Carlos Brigo

REGLA NEMOTÉCNICA PARA NO OLVIDAR A CARLOS

(Escrito a los pocos días de que el profesor Carlos Fuentealba cayera asesinado por policías neuquinos que obedecían órdenes de reprimir impartidas por el gobernador Jorge Sosbich)

Hoy, Carlos.
Mañana, el profesor de Neuquén que protestó por un sueldo.
Pasado, aquel maestro, - ¿de qué provincia era?
Tras pasado, - creo que fue en Neuquén que se armó quilombo con un maestro, ¿no?
Y Carlos se diluirá en nuestras venas, hasta que lo eliminemos con la orina.
Y Carlos sólo será Carlos para quienes sentirán su ausencia en los cuerpos.
El resto, será ficción a la hora de la cena, mientras hacemos zapping con Susana.
Habrá quien tenga el honor de tomar su lugar; aunque casi sin percibirlo, borrará en cada trazo sus restos de tiza y cambiará su olor por otro hasta que ya no se huela a Carlos en el aula.
Habrá chicos que lo lloren y se rían nerviosos, confundidos, por este incómodo tema de la muerte en la adolescencia.
Y nada, nada va a cambiar.
También fuimos Soledad, fuimos Cabeza, aunque finalmente, somos quienes somos una vez que el ruido acaba.
Todo vuelve a su lugar, y Carlos, esta vez sí con apellido, desaparecerá en el bullicio de un lenguaje que es silencio, para unirse a aquel “nunca jamás” que sólo es un quizás, un tal vez, un siempre o casi siempre.
Carlos Fuentealba: me ilusiona pensar que voy a trabajar para que lo antes dicho sea borrado por mis propias manos, e intentaré jugar con tu apellido para que quede sellado en mi recuerdo:
Y serás la Fuente de donde beber ese bendito remedio para la memoria.
Y serás el Alba que me recordará que hubo un profesor que luchó por sus derechos guiando mi tiza, cada mañana, a la hora de la clase.

Mis respetos y mi compromiso para preservarte en mi memoria.
Silvia Laffranconi.
Formadora de docentes de Nivel Inicial

Sep
11

Payaso hablando por celular

payaso

Sep
10

De Patrias y hermanos (homisida)

Cuando mi hermano Tony dijo que era portador sano de HIV dejé de hablar de grupos de riesgo y de conductas propiciadoras. Simplemente lo abracé y lloramos juntos. Estábamos con nuestro padre en un restaurante barato y con seguridad dimos una imagen medio bochornosa: tres tipos grandes, uno de ellos –mi papá- con su ropa de trabajo, tomados de la mano y lagrimeando. Pero nosotros no nos dimos cuenta. Fue como si estuviéramos solos. Y en muchos aspectos lo estábamos frente a ese virus inmundo.

Recompusimos un poco la imagen cuando vino el mozo con los platos. En ese momento, me acuerdo que pensé que ya nadie tendría ganas de comer. Pero nuestro padre dijo las palabras mágicas:

– Ahora te vas a tener que alimentar bien. – Tony, que por aquel entonces tendría unos  cuarenta y pico de años, sonrió por primera vez desde que nos habíamos sentado.

– Lejaim –dije yo que ya me había convertido al judaísmo mientras levantaba una copa. Mi hermano y mi papá me miraron…—Por la vida, significa en hebreo, expliqué.

Eso sirvió para que la conversación resbalara por las palabras hebreas, idisches  y su presencia en nuestro idioma. Papá lamentó, como siempre, no tener palabras albanesas para recordar. Porque su padre, Etén, era muy callado y el albanés, dentro suyo, había sido herido de muerte por la guerra de la que se había escapado cuando vino a  la Argentina.

En esa mesa descubrí, ya con dos o tres lejaim más, que era verdad que estábamos solos. Pero también que los tres éramos un país, la patria buscada y unida precisamente por ese padre de overol que había hecho suyo al hijo de la mujer con la que unió su vida sin hacer demasiadas preguntas y preparándose para todas las respuestas. Por eso es que me crié en un hogar donde era normal tener un hermano que llevara otro apellido. Hasta que vino la escuela y las maestras y las explicaciones…

También me di cuenta por qué el saber que mi hermano no era hijo de mi padre fue un dato que llegó, por suerte, tarde a mi vida. Porque para ese entonces esa Patria que había creado mi viejo en nuestra casa ya nos había hermanado para siempre. Aquel territorio de cosquillas, juegos e infancia nos fundió el uno con el otro. Y aquel pasado con sus registros burocráticos prescribía inexorablemente en las fronteras de nuestra pequeña patria recuperada.

Y eso que nos faltaba terminar de nacer juntos en la música. Porque Tony era once años mayor que yo y cuando en la Argentina vino la dictadura y la censura,  yo tuve sus discos. Fue lo que no me dejó caer en la mediocridad con la que llenaron las radios en aquellos tiempos.

Entre esos discos estaba aquel en el que Tanguito cantaba “Amor de primavera” y repetía, como si fuese una profecía… “aquí, allí y en todas partes”. Las mismas palabras que años después dejé sobre la tumba de Tony cuando finalmente sucumbió al maldito virus.

Pero aquel día del restaurante me acuerdo que hubo un momento en que miré a mi padre y a mi hermano como si fuera la primera vez que los veía. Recorrí sus rostros, sus gestos con el afán de arrancar ese acostumbramiento que tenemos en el mirar lo más conocido hasta que dejamos de verlo. Hasta que la rutina nos seca la retina y nos deja ciegos. Es cuando sucede que  perdemos de vista lo que tenemos más cerca.

Ellos estaban distraídos y yo jugué a filmarlos con mis ojos. Tal vez hablaban de fútbol, ya no importa. Yo me los guardé para mí. Porque, después de todo era raro que estemos solos los tres hombres de la familia. Sin nada que celebrar salvo el estar juntos.

Aunque ahora, pensándolo bien, creo que si en aquel momento hubiese tenido la lucidez suficiente para darme cuenta lo que había hecho nuestro padre, sabiéndolo o no, hubiéramos brindado por la Patria recuperada.

Porque él había decidido reconstruir esa patria deshecha de su padre, nuestro abuelo, en nosotros. Y a nosotros nos quedaba seguir. Aún con el ánimo apedreado como aquel mediodía en que descubrí que mi hermano mayor era vulnerable y que nuestro padre podía llorar sin tener vergüenza porque lo viera el mozo de ese restaurante de barrio o algún compañero de trabajo.

Sep
09

Movete, chiquito, movete…

Lina está yéndose.
Puro enojo
rompe historias.
Lina yéndose
es algo estallando
y yo estoy yendo
de un lado a otro
con palabras resacas
resecas, amarillentas
como de diarios viejos
como del poema aquel
que no le escribí nunca.

Movete chiquito movete
me dice Lina
mientras junta
sus cosas en la casa.
Junta sus cosas
para separarlas de las mías.
Arranca cada uno de sus adornos
de las paredes
y éstas quedan con huecos,
con manchas
como en carne viva

Movete chiquito movete
me corre, me empuja, me esquiva Lina
y se que ya no habrá nueve meses,
ni nueve lunas ni más Lina,
ni siquiera una cuna …

Movete chiquito movete
y pasa una y otra vez frente a la tele
apagada como un payaso dormido
que sueña con risas muertas.

Movete chiquito, movete
me dice para que me corra
mientras abre la puerta
que da al pasillo
que da a la oscuridad
que da a Lina yéndose

Movete chiquito, movete
me digo yo ahora
y voy al bar
de las hebras de gin
de las ginebras como faroles
las que te apagan por dentro.

Movete me digo mientras
me aprieto por debajo de la mesa un testículo
e imagino a los renacuajos
nadando vida allá adentro
no dando vida
y ella lejos.

Pero me lo aprieto aún más
que lo que el dolor me deja
y siento a los renacuajos
dando vueltas y vueltas
alrededor de la ausencia
y lloro
y grito
y suplico
movete,  aunque sea ahí adentro
pero movete chiquito, movete