La tarde de aquel viernes de noviembre de 1970 ya se iba haciendo noche. El fin de semana estaba al alcance de la mano. En especial para los santafesinos pero, sobre todo para los casi sesenta pasajeros del colectivo que cruzaba a las siete de la tarde el puente sobre el arroyo Leyes. Esa franja de agua turbulenta que corre a unos 35 kilómetros al noreste de la ciudad de Santa Fe.
Ella venía distraída, recordando, tal vez, el día del primer cumpleaños de Alicia, que había pasado hacía muy poquito. Pero, igual, el traqueteo del colectivo que encaraba ya el puente le traía sueño. Alicia, en tanto, seguía inquieta sobre su falda. Para ella, ese viaje parecía no terminar más. Y, para colmo, afuera, la noche ya empezaba a alargar las sombras.
Pero, su mamá no tuvo demasiado tiempo más para recordar cumpleaños o países de maravilla en los que iba a vivir Alicia cuando crezca. Hubo un golpe, un barquinazo, tal vez alguien haya gritado y el espanto no tardó en crecer dentro del colectivo…
Al pescador Joaquín Héctor Escobar casi le sobraban esos dos nombres que sólo utilizaba en los papeles. Porque él en la barriada del arroyo Leyes era simplemente el Tata Escobar. Un hombre que ese 20 de noviembre de 1970 le iba a partir la vida en dos. Pero que aún no lo sabía.
Serían las siete de la tarde cuando el Tata rondaba la costa del arroyo Leyes. Vaya a saberse ahora pensando en qué o en quién. Lo cierto es que estaba ahí cerca de donde estaban las canoas, orgulloso de sus brazos gruesos, musculosos, tallados a fuerza de no escabullirle el bulto al trabajo.
Quién sabe, pero lo más seguro es que el Tata estaría muy cerquita de la canoa de la doña esa tan prepotente cuando escuchó el estallido sobre el agua del arroyo. Miró hacia el puente y vio lo que jamás hubiese querido ver: el colectivo hundiéndose en el agua.
El griterío de la gente, desesperada, atrapada en esa albóndiga metálica, rasgaba lo que hasta ese momento era la tranquilidad de un atardecer de viernes.
Por eso el Tata no pensó. No pudo pensar en que desataba la canoa de la doña histérica y se largó remando a lo loco adonde veía, apenas, un montón de cosas flotando, entre ellas algo que parecía una muñeca.
Unos segundos antes, quizás un minuto, dentro del micro que ya devoraba el aire, ella, por mamá solamente, sacó fuerzas quién sabe de dónde para abrir una de las ventanillas y arrojar a través de ella, al agua, a Alicia. Sin moisés ni nada, sólo fue un golpazo de instinto…
El Tata, remando a más no poder, se iba acercando a esa muñeca, más por las dudas, la intuición o quién sabe qué… Se fue acercando hasta que la vio moverse, agitar los bracitos. Fue entonces, esquivando cosas que flotaban hasta ella y la capturó con uno de sus brazotes. Una vez en la canoa, la llevó hacia la costa donde ya se había agolpado mucha gente y volvió a poner proa a la canoa ajena hacia ese hervidero de gritos en que se había convertido el arroyo.
Al día siguiente, el Tata Escobar salió en el diario. Yo no pude hablar con ninguno de sus amigos para saber qué sintió al leer su nombre, al ser tratado como héroe. Tengo para mí que la muerte, vista así de cerca, te reseca la sonrisa, te rasguña la mirada. Pero de algo sí estoy seguro: que habrá ido a verla a Alicia, porque necesitaba de esa mirada de nena para que los gritos de los que no volvieron del agua comiencen a cicatrizarle en la memoria.
(*)Este texto es un ensayo de narración basado en la crónica ” El pescador y la beba que salvó del arroyo Leyes hablaron tras 37 años” que se publicó en el diario La Capital (Rosario, Santa Fe) el 20 de noviembre de 2007.