Archive for November, 2007

Nov
28

Meme a propósito del Día Internacional de Lucha contra el SIDA

lazo rojoCon este post respondo a la invitación que me hicieron, tanto desde la Fundación Zöecomo de Proyecto PrevenBlogs, para unirme al meme organizado a propósito del Día Mundial de Lucha contra el SIDA, a conmemorarse el próximo 1° de diciembre.

Las instituciones citadas, que vienen trabajando desde hace tiempo en este tema, también pusieron en marcha un sitio web a propósito de este día.

La primera parte del meme es un reflexión personal sobre este tema:

Supe del Sida, como casi todo el mundo, por las muertes famosas. En especial, la de Fredy Mercury. Pero aún era algo que, como diría Susanita, la amiga de Mafalda, pasaba lejos.
Y pasó lejos hasta que un día me enteré que mi hermano mayor era VIH positivo. Ahí viví de cerca el calvario de quién tiene que ir una y otra vez a buscar su medicamento al hospital Muñiz (Buenos Aires) y de la resignación ante una burocracia indiferente a la desesperación.
La muerte de Raúl no fue una muerte famosa, fue “mi muerte” vinculada con el sida. Fue el punto de partida que me hizo dejar de hablar de “grupos o conductas de riesgo” y darme cuenta de que todos estamos en riesgo sino tomamos conductas de prevención.
Nadie está a salvo. Pero todos nos podemos salvar.

De Patrias y hermanos (homisida)

Los tres sitios web o blogs recomendados:

Prevenblog
Fundación Zoe
Programa Municipal Sida (Rosario)

Este meme fue envíado a los siguientes blogs:

Sebastián Lorenzo
Daniela Vilar
Sol Tischik
Irene Fernandez
Fabricio Casarosa
Federico Sánchez

Nov
28

Arenaza de colores

Ese día Arenaza amaneció de colores. En verdad no sucedió en un día. Fueron meses de trabajo. Pero aquella mañana de primavera, en ese pueblo bonaerense, parecía ser el primer día del mundo. Tal vez por aquello de que descubrir no es encontrar cosas nuevas sino mirarlas con otros ojos, los habitantes de Arenaza se sorprendieron al ver que por los frentes de sus casas se trepaban colores vivos que ocultaban aquellos blanqueados de  cal que habían tenido durante los últimos cien años.

Porque ese día, Arenaza –un pueblo más en el horizonte tieso de la pampa húmeda- cumplía cien años. Por eso todos salieron de punta en blanco de sus casas de colores nuevos.

La idea fue de Teresa, una artista que consiguió casi cinco mil litros de pintura y empezó a convencer uno a uno a los trescientos y pico de vecinos que tenían que pintar sus frentes. Algo que no le fue fácil.

- ¿Quién le dijo a esta porteña engrupida que nosotros tenemos que hacer lo que nos dice?

- Si las casas siempre fueron blancas por algo ha de ser. Y así tienen que quedar…

Éstas frases comenzaron a escucharse por las tardes en el bar, donde había estado la vieja pulpería del pueblo. Allí se reunían los hombres de Arenaza a tomar una ginebra antes de volver a sus casas.

Mientras tanto, Teresa se hizo fuerte entre las mujeres, porque sabía, por mujer también, que el hombre puede decir mucho fuera de la casa pero adentro, entre las cuatro paredes, la cosa cambia…

Y las cosas cambiaron y las casas comenzaron a cambiar de color. Primero, tímidamente pero después la pasión del color se adueñó del pueblo y todos se pusieron a pintar.

Claro que junto con los colores, en las paredes comenzaron también a aparecer las diferencias. Diferencias que no estaban ocultas sino más bien gastadas, corroídas por la rutina. La cal no había podido quemar las historias de esa gente que se fueron quedando allí en ese pueblo, porque esperaban algo o porque ya no esperaban nada.

Las historias de cada uno comenzaron a aparecer junto con los colores. Albino, por ejemplo, aquel viejo portugués inundado de silencio, decidió pintar en su frente una ondulante franja azul profundo y sin necesidad de que nadie le preguntara nada, le contaba a todo aquel que se detuviera delante de su casa…

- ¿Ve? Así era el color del mar en mi pueblo – y tocaba la pared como si el color le dejara las manos mojadas de agua salada.

Con la casa de Doña Lucía muchos descubrieron por qué, la vieja más vieja del pueblo, acomodaba todos los días al atardecer una sillita de paja y se quedaba hasta crecida la noche, sentada, con su mirada ceniza clavada en el camino por donde se entra a Arenaza Ella, le pidió a Teresa que la ayudara a dibujar un cielo naranja, un suelo marrón y en la línea del horizonte, un puntito. Pero el puntito lo pintó Doña Lucía  porque, dijo, “yo lo conozco a mi hijo”. Entonces, desde aquel día, en lugar de sentarse mirando hacia el camino, lo hacía mirando el frente de su casa, hundiendo sus ojos grisáceos en aquel puntito.

Pero aquel día de primavera en que Arenaza amaneció de colores, se fueron juntando tempranito todos en la plaza, frente al también recién pintado monumento a San Martín, para celebrar el aniversario. Y sin que nadie lo propusiera, comenzaron a caminar juntos por las calles de ese pueblo renovado deteniéndose ante cada casa para que el dueño contara su historia en el por qué de los colores que había elegido para pintarla. Y ahí se dieron cuenta que se veían y se saludaban todos los días, pero realmente no se conocían. Allí descubrieron que quizás el miedo a que las diferencias los separaran hizo que pintasen siempre sus casas de blanco, hasta que llegaron los colores y sintieron entonces que ese pueblo centenario y fiel comenzaba a ser un arco iris en la Tierra.

MAS INFORMACION

Nov
27

Paola tiene miedo

La historia es chiquita vista a la distancia. Cabe en un apenas. Pero se repite una y otra vez como un latiguillo o, peor aún, como un latigazo.

En este caso, le sucedió, le está sucediendo ahora mismo a Paola, 24 años, ojos grandotes, morocha, futura mamá que no sabe dónde está su propia mamá, doña Luisa. La mujer, de apellido Almonacid desapareció hace ya dos semanas de la casa donde vivía, en el barrio Félix Bogado, en San Luis. Y Paola teme lo peor.

Paola vende chocolates en la terminal de ómnibus puntana. Allí se confunde entre pasajeros, apuros, anuncios de partidas y llegadas, chucherías, olor a comida rápida y barata… Un lugar áspero, fugaz, rincón de adioses que parece anónimo para el que viene y va pero que no lo es para el que se queda allí trabajando como Paola u Oscar, su novio.

Ella fue a dar a la terminal antes de que su padrastro termine con ella. Prefirió la intemperie a la degradación. Porque Paola es la protagonista de una de esas historias que parecen calcadas unas a otras y que se escriben con las verdaderas malas palabras: violencia, golpes, abusos, manoseos, amenazas, prostitución…

Y es por su padrastro que teme lo peor. Porque aquí la historia tuerce para el lado donde termina la zona humanizada y comienza el barrial triste de la noche de provincias con sus whiskerías, tacos altos, risas, viajantes y otros etcéteras más o menos salvajes.

Barrial de tipos miserables, como el padrastro de Paola, que se envalentonan con mujeres o con un arma en la mano pero que piden la escupidera y cantan la Traviata entera cuando apenas los tocan en una comisaría. O, peor aún, agachan la cabeza cuando le pega cuatro gritos el puntero político de turno.

Allí, donde la mala vida se codea con la mala muerte, fue a dar doña Luisa, mujer transida, entrada en carnes y una resignación que le percude la mirada de ojos secos. Y de allí también desapareció hace ya más de dos semanas. Y nadie la vio más.

Como tampoco nadie vio más al padrastro de Paola, que desapareció de ese lugar unos días después

Por eso ahora Paola tiene miedo.

Tiene miedo de no volver a ver nunca más a su madre.

Tiene miedo de volver a ver a su padrastro, porque sabe muy bien que para él, ella es sólo su futuro económico o “su jubilación”, como dijo por ahí, ya impregnado en alcohol en el bolichón donde unos alcahuetes le festejan hasta los silencios.

Paola tiene miedo de que esa vida que lleva adentro sea metáfora cruel de lo caro, lo carísimo que le está saliendo todo en la vida.

NOTA: Esta historia es una interpretación libre de un caso real que sucede en estos días en la provincia de San Luis.

Más información:
Investigan la desaparición de una mujer en un barrio del sur
Una vida de golpes y amenazas detrás de una desaparición misteriosa

Nov
26

Gato encerrado

El hombre tiene un gato encerrado, pero dentro de sí mismo. Por eso cada noche sale a maullar por el barrio. Lo hace a la misma hora en que la gran mayoría de sus vecinos aplastan los  ojos contra una pantalla que les cuenta sobre Gran Hermano o Patinando por un sueño. Pese a ello, el único denunciado por loco es el hombre-gato.

“Es un hombre de 30 años que de día parece normal. Si hasta nos cruzamos cuando cada uno sale para su trabajo”, cuenta un vecino de este barrio tranquilo, en la provincia de San Luis.

Y así como hay amores que matan, hay normalidades que asustan.

“Decidimos llamar a la Policía porque no sabíamos qué hacer”, detalló Carlos Castro, vecino del barrio Eva Perón, donde vive este hombre felino.

Pero la policía tampoco supo qué hacer con esta persona de costumbres atípicas para el barrio puntano, como la de dejar la marca de sus uñas en las calles.

Calles por las que deambula, pasadas las once de la noche, ligero de ropas y pleno de libertad.

“No podemos convivir con una persona así, en esta zona viven muchos chicos y tenemos miedo por su seguridad. No sabemos si este hombre puede ser violento”, le dice una vecina a un periodista, de esos que nunca faltan cuando pasa algo raro. Mientras, desde una ventana, no muy lejos de ella, un piberío grita alrededor de un televisor donde pasan la serie “Policías en acción”.

Pero ya para ese momento, el hombre gato -a quien parece que nadie ha intentado preguntarle nada- duerme el sueño de los pichicateados a la fuerza con matacaballos cuyo efecto duran tres días.

Porque la policía se llegó al barrio Eva Perón y si bien, el hombre felino la peleó como gato panza arriba, igual lo sedaron -una manera pulcra de decirlo- y lo dejaron en su casa.

Los vecinos, más identificados con Tweety que con Silvestre, se horrorizaron cuando vieron que la policía en lugar de llevarse lejos al hombre gato, lo dejaba en su casa, lo más pancho, ronroneando…

Ahora temen que su libertad sea contagiosa pero, sobre todo, tienen miedo a que los maullidos del hombre gato no lo dejen escuchar a los aullidos del conductor de televisión.

Un hombre qie imita a un gato…

Nov
24

La nena llora lágrimas de madera

La nena llora lágrimas de madera. Así de simple. Como si las lágrimas de sal se le hubiesen terminado. Su mirada de nena fabrica palitos tan parecidos a los de la yerba mate. Quizás se parezca al llanto de un árbol que hunde en el cielo su ramaje antiguo clamándole a un Dios que se fue a dar una vuelta y no se sabe cuándo o si volverá.

Sucede en Corrientes, provincia aguaverde. Donde hay historias que se las lleva la corriente de un río-vida que siempre se está yendo.

Como ese Dios viajero que parece haber colgado un cartelito de “Ya vuelvo” en la mirada de algunas nenas de por allí.

Porque no sólo las nenas de Corrientes lloran madera. Hay otras nenas, como la mami de once años que tiene la mirada partida, los ojitos de agua mordidos por inundaciones desesperadas. Con su infancia colgada de ganchos como signos de preguntas…

Esta mami de once años, correntina, tomada por asalto, con la niñez acribillada por la furia del sexo salvaje.

Esta mami de once años, sin Barbie pero con un bebé que es de verdad, de piel, llanto, carne, llanto, hueso, llanto, pañal, provechito, llanto…

Esta mami de once años estará tan perdida como Dorothy en “El mago de Oz”. La diferencia es que perdió para siempre el camino de ladrillos amarillos porque nunca vio al hada, siempre violada…

Por eso quizás la otra nena, la de Colonia Leibig, ahora esté llorando madera para poder construir cajoncitos de lágrimas donde sepultar a tanta niñez muerta.

Nació el bebé de la nena embarazada en Libres 

Sorpresa en Corrientes: una nena llora “trocitos de madera”

Nov
20

“Me pareció que era una muñeca” (*)

pescadorLa tarde de aquel viernes de noviembre de 1970 ya se iba haciendo noche. El fin de semana estaba al alcance de la mano. En especial para los santafesinos pero, sobre todo para los casi sesenta pasajeros del colectivo que cruzaba a las siete de la tarde el puente sobre el arroyo Leyes. Esa franja de agua turbulenta que corre a unos 35 kilómetros al noreste de la ciudad de Santa Fe.

Ella venía distraída, recordando, tal vez, el día del primer cumpleaños de Alicia, que había pasado hacía muy poquito. Pero, igual, el traqueteo del colectivo que encaraba ya el puente le traía sueño. Alicia, en tanto, seguía inquieta sobre su falda. Para ella, ese viaje parecía no terminar más. Y, para colmo, afuera, la noche ya empezaba a alargar las sombras.

Pero, su mamá no tuvo demasiado tiempo más para recordar cumpleaños o países de maravilla en los que iba a vivir Alicia cuando crezca. Hubo un golpe, un barquinazo, tal vez alguien haya gritado y el espanto no tardó en crecer dentro del colectivo…

Al pescador Joaquín Héctor Escobar casi le sobraban esos dos nombres que sólo utilizaba en los papeles. Porque él en la barriada del arroyo Leyes era simplemente el Tata Escobar. Un hombre que ese 20 de noviembre de 1970 le iba a partir la vida en dos. Pero que aún no lo sabía.

Serían las siete de la tarde cuando el Tata rondaba la costa del arroyo Leyes. Vaya a saberse ahora pensando en qué o en quién. Lo cierto es que estaba ahí cerca de donde estaban las canoas, orgulloso de sus brazos gruesos, musculosos, tallados a fuerza de no escabullirle el bulto al trabajo.

Quién sabe, pero lo más seguro es que el Tata estaría muy cerquita de la canoa de la doña esa tan prepotente cuando escuchó el estallido sobre el agua del arroyo. Miró hacia el puente y vio lo que jamás hubiese querido ver: el colectivo hundiéndose en el agua.

El griterío de la gente, desesperada, atrapada en esa albóndiga metálica, rasgaba lo que hasta ese momento era la tranquilidad de un atardecer de viernes.

Por eso el Tata no pensó. No pudo pensar en que desataba la canoa de la doña histérica y se largó remando a lo loco adonde veía, apenas, un montón de cosas flotando, entre ellas algo que parecía una muñeca.

Unos segundos antes, quizás un minuto, dentro del micro que ya devoraba el aire, ella, por mamá solamente, sacó fuerzas quién sabe de dónde para abrir una de las ventanillas y arrojar a través de ella, al agua, a Alicia. Sin moisés ni nada, sólo fue un golpazo de instinto…

El Tata, remando a más no poder, se iba acercando a esa muñeca, más por las dudas, la intuición o quién sabe qué… Se fue acercando hasta que la vio moverse, agitar los bracitos. Fue entonces, esquivando cosas que flotaban hasta ella y la capturó con uno de sus brazotes. Una vez en la canoa, la llevó hacia la costa donde ya se había agolpado mucha gente y volvió a poner proa a la canoa ajena hacia ese hervidero de gritos en que se había convertido el arroyo.

Al día siguiente, el Tata Escobar salió en el diario. Yo no pude hablar con ninguno de sus amigos para saber qué sintió al leer su nombre, al ser tratado como héroe. Tengo para mí que la muerte, vista así de cerca, te reseca la sonrisa, te rasguña la mirada. Pero de algo sí estoy seguro: que habrá ido a verla a Alicia, porque necesitaba de esa mirada de nena para que los gritos de los que no volvieron del agua comiencen a cicatrizarle en la memoria.

(*)Este texto es un ensayo de narración basado en la crónica ” El pescador y la beba que salvó del arroyo Leyes hablaron tras 37 años” que se publicó en el diario La Capital (Rosario, Santa Fe) el 20 de noviembre de 2007.