Buenos Aires, una ciudad mamushka - Parte 2 de 7
De sociedad de consumo a consumir en la suciedad

Cuando cae la tarde, las calles de Buenos Aires parecen convertirse en los pasillos de un supermercado. Pero al revés. Porque como un remedo feroz del consumo comienzan a aparecer desde todos los lugares imaginables decenas de desvencijados carritos de autoservicio. Carritos que fueron ganados en un descuido por quienes ya no se lanzan a la adquisición de los productos de moda sino que van por las bolsas llenas de los requechos cotidianos.
Las calles porteñas, entonces, se travisten con un patético y rotoso disfraz de una sociedad de consumo a la que le han destrozado el concepto de sociedad y le han expropiado el consumo. Por lo que entonces, lo que queda, es apelando a la basura, sustentarse con el consumo sucio o suciedad de consumo.
Lo que antes recogían los camiones de basura municipales hoy lo hacen las manos desesperadas de hombres, mujeres y niños. En el mejor de los casos, con una mínima organización cooperativa que les permite hacer valer un poco más el papel, las botellas, el metal viejo. En el peor, quedando a merced de quienes especulan con la desesperación, es decir, los mercenarios del sistema.
Es así como de noche, a los ruidos cotidianos de la ciudad -motores y bocinazos- ahora se le suma el áspero rebotar de las rueditas de los carros contra el asfalto.
Es así como de noche, a los olores a nafta u hollín de mi ciudad, ahora se le suma el degradante tufo a bolsa de basura destripada que muestra, ya sin pudores, lo que les restó del día a una familia tipo.
La solidaridad o la culpa de clase, quién sabe, ya les ha organizado comedores y guarderías nocturnas a esta congregación de desposeídos. Y tal vez, seguramente sin querer, estén con ello perpetuándolos en esta situación de buscarse la vida rebuscando en la basura. Como si la foto que la tan mentada globalización le sacó a este Buenos Aires los tenga que encontrar con los dedos hundidos en los residuos e irremediablemente pobres.
Mientras tanto, en la pared de un viejo edificio que está en la esquina de Estados Unidos y Alberti, al sur de la ciudad, alguien recordó al presidente Juan Domingo Perón cuando dijo aquello de que “los únicos privilegiados son los niños” y allí escribió: “los únicos privilegiados de ayer, hoy nos cagamos de hambre”.

Tanguito no es un tango chiquito sino un músico que llegó a grabar un solo disco antes que terminara con sus días rebotando contra la indiferencia, la hipocresía y la mediocridad.