Archive for December, 2007

Dec
18

Buenos Aires, una ciudad mamushka - Parte 2 de 7

De sociedad de consumo a consumir en la suciedad

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Cuando cae la tarde, las calles de Buenos Aires parecen convertirse en los pasillos de un supermercado. Pero al revés. Porque como un remedo feroz del consumo comienzan a aparecer desde todos los lugares imaginables decenas de desvencijados carritos de autoservicio. Carritos que fueron ganados en un descuido por quienes ya no se lanzan a la adquisición de los productos de moda sino que van por las bolsas llenas de los requechos cotidianos.

Las calles porteñas, entonces, se travisten con un patético y rotoso disfraz de una sociedad de consumo a la que le han destrozado el concepto de sociedad y le han expropiado el consumo. Por lo que entonces, lo que queda, es apelando a la basura, sustentarse con el consumo sucio o suciedad de consumo.

Lo que antes recogían los camiones de basura municipales hoy lo hacen las manos desesperadas de hombres, mujeres y niños. En el mejor de los casos, con una mínima organización cooperativa que les permite hacer valer un poco más el papel, las botellas, el metal viejo. En el peor, quedando a merced de quienes especulan con la desesperación, es decir, los mercenarios del sistema.

Es así como de noche, a los ruidos cotidianos de la ciudad -motores y bocinazos- ahora se le suma el áspero rebotar de las rueditas de los carros contra el asfalto.

Es así como de noche, a los olores a nafta u hollín de mi ciudad, ahora se le suma el degradante tufo a bolsa de basura destripada que muestra, ya sin pudores, lo que les restó del día a una familia tipo.

blog2bLa solidaridad o la culpa de clase, quién sabe, ya les ha organizado comedores y guarderías nocturnas a esta congregación de desposeídos. Y tal vez, seguramente sin querer, estén con ello perpetuándolos en esta situación de buscarse la vida rebuscando en la basura. Como si la foto que la tan mentada globalización le sacó a este Buenos Aires los tenga que encontrar con los dedos hundidos en los residuos e irremediablemente pobres.

Mientras tanto, en la pared de un viejo edificio que está en la esquina de Estados Unidos y Alberti, al sur de la ciudad, alguien recordó al presidente Juan Domingo Perón cuando dijo aquello de que “los únicos privilegiados son los niños” y allí escribió: “los únicos privilegiados de ayer, hoy nos cagamos de hambre”.

Dec
16

Buenos Aires, una ciudad mamushka - Parte 1 de 7

Del tango y de Tanguito

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Buenos Aires es una ciudad mamushka. Porque como esas muñecas rusas que en su interior esconden a otras muñecas similares pero más pequeñas, esta metrópoli contiene dentro de sí a muchísimas otras ciudades. Y son algunas de estas tantas ciudades las que quiero contarte.

Hoy empiezo por la ciudad del Tango y de Tanguito.

Porque hay un tango genuino, el que aún se escucha gangoso en las radios a transistores de los abuelos. Esos hombres en camiseta que, aunque ya pocos, siguen sacando el banquito a la vereda para tomarse unos mates y saludar a los vecinos.

Ellos viven lejos del centro. En barrios mansos, de cielo grande; barrios como pequeños puertos donde anclaron y se durmieron los idiomas y dialectos de de inmigrantes que llegaron a poner el hombro en la construcción de un país donde se nacieron de nuevo y para siempre.

Pero el tango no tiene un barrio sino que los tiene a todos a la vez. Deambula en la ciudad en imágenes soñadas por poetas enamorados de una tal Malena que canta como ninguna o en los que se vieron en los espejos de su deseo con la pinta de un Carlos Gardel con su sonrisa eterna como una llama votiva.

Claro que por el barrio viejo de San Telmo también el tango se hace for export y atrae a turistas que vienen a conocer la ciudad donde nació el dos por cuatro. Pero ése es un tango a medias, precocinado y listo para usar. Es el tango producto. Es el tango de plástico.

El verdadero es el que se puede aún escuchar y bailar en las “milongas”, esas fiestas de baile que se hacen en clubes sociales de barrio donde el hombre y la mujer se encuentran para danzar juntos y no para exhibirse. Allí el tango se hace lo que es: un sentimiento que se baila.

  • ¿Y Tanguito?

tanguitoTanguito no es un tango chiquito sino un músico que llegó a grabar un solo disco antes que terminara con sus días rebotando contra la indiferencia, la hipocresía y la mediocridad.

Tanguito o José Alberto Iglesias no hace tango sino rock en la neblinosa década del sesenta. Por aquellos años compone “La Balsa” en el baño de un bar llamado “La Perla”, situado en las cercanías de una plaza y una estación de trenes.Es una canción desesperada que hablaba de alguien que está muy solo, triste y abandonado y que quiere construir una balsa para ir a naufragar.

Tal cual le pasaba a él esa tarde en el baño de La Perla. Y tal como le sucedía aquel maldito 19 de mayo de 1972 cuando escapándose de los electroshock del neuropsiquiátrico donde había sido internado, muere bajo las ruedas del tren del Ferrocarril San Martín, pocas cuadras antes de la estación Palermo. Ese mismo tren que podría haberlo devuelto a su casa, en la localidad de Caseros, a apenas una hora de viaje.

Un final triste, digno de un tango, para esta ciudad que a pesar de todo esto sigue su marcha…

(*) Esta serie de siete textos fue publicada por primera vez en el sitio web CafeDiverso.
Dec
14

Ni gigantes ni langostas

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Al Rabino Juan (Hans) Harf

El rabino Harf nunca mostraba sus brazos. Ni aún en los días más calurosos de verano cuando recibía en su casa a quienes hacíamos el cursillo para casarnos en la sinagoga de la Nueva Comunidad Israelita. Llevaba siempre la camisa celeste o blanca de manga larga abrochada en los puños y espantaba, como si fuera una mosca, cualquier pregunta al respecto. Dejaba la explicación para un “después” impreciso, que no llegaría nunca y comenzaba a hablar con esa rara habilidad que tenía de poder seguir exactamente en el mismo lugar en que había dejado la conversación el último día.

– Como decíamos la vez pasada, nada es tan blanco o tan negro ¿si? — y reclinaba su cabeza sin kipá entrecerrando los ojos para recordar de memoria algún pasaje de la Torá donde todo parecía absoluto, abismal, hermético– Tenemos que pensar siempre…

– ¿En qué, rabino? –por ahí preguntaba alguien que, atolondrado, atropellaba el silencio que había construido Harf.

– En nada. Sólo pensar. Porque no hay que olvidarse de que gran parte de la religión fue hecha desde el temor, desde la soledad. Por eso hay que disculpar tanta dureza, tanto misterio. Porque cuando tenemos miedo escondemos cualquier cosa que delate ese miedo, es decir, cualquier cosa que nos delate– decía mientras se acariciaba lentamente el brazo cubierto con la manga de la camisa– Entonces el pensar por nosotros mismos nos permite limpiar de miedos y soledades el vínculo con Dios: religarnos a Dios.

Y hablaba Harf haciendo de la palabra su lazo con la vida. Precisamente él que había nacido y vuelto a nacer en varias ocasiones y en varios idiomas. Como la vez que nació medio en ydische, medio en alemán, en un pueblo que quedó sepultado por la guerra; o aquel otro nacimiento, ya en el alemán culto de Berlín, donde se graduó de abogado.

Y hablaba Harf porque en la palabra había encontrado las leyes que rigen el sentido de todas las cosas. Por eso, cuando pudo salir de aquel pozo ciego de violencia que fue el campo de exterminio nazi, donde las palabras morían antes de ser dichas, volvió a nacer. Pero esta vez en otro idioma: el español, en un país lejano, exótico, al sur del sur: Argentina. Un país donde había una ciudad llamada Buenos Aires que tenía, a su vez, un barrio llamado Belgrano…

Harf y su mujer, Suse, caminaron de la mano esas calles de Belgrano. Con empecinamiento. Como quien necesita fundar con sus pasos una ciudad propia donde empezar a vivir, a rezar, a ayudar, a esperar a los otros pares que vendrían también mordidos por el horror.

Nunca llegué a preguntarle a Harf si en aquellos días se sintió gigante o langosta, como aquellos emisarios que había enviado Moisés según él mismo nos contó en nuestro casamiento. Aquella noche nos dijo que, en verdad, no había gigantes ni langostas, sólo hombres y mujeres, nada más que hombres y mujeres. Pero tampoco nada menos.

Hoy, que pasaron casi dos décadas de aquellas palabras y que Harf ya no está más físicamente entre nosotros, me doy cuenta de que él también fue un hombre que dio vida volviendo de la muerte; que iluminó desde la oscuridad y que logró ser libre a pesar que los nazis le marcaron a fuego un pedazo de piel que él jamás iba a mostrar a nadie. Sin por ello ser ni un gigante ni una langosta. Sólo un hombre. Nada menos.

Enlaces sobre Juan (Hans) Harf

Dec
06

El diente de Fiona

- ¿Te diste cuenta que las personas cuando lloran o ríen lo hacen más allá del idioma en que hablen? - le dije a Claudia cuando salíamos del supermercado.

Ya habían llevado a la trastienda a la beba de uno de los matrimonios chinos, propietarios del negocio. Fiona le habían puesto de nombre, igual que la princesa de Shrek. Y ella, en verdad, se había convertido en la princesita de ese lugar.

Había que ver cómo la mimaban las viejas vecinas de ese barrio, que supo ser de tangueros y malevos, cuando entraban con sus changuitos que no eran otros chicos, claro, sino los carritos con los que llevaban las poquitas cosas que puede comprar un jubilado en la Argentina.

Una Argentina que venía de aquel desastre de 2001 cuando estas familias abrieron, el año pasado,  el supermercado. Por ese tiempo, Fiona aún no había nacido. Fue creciendo en la panza de su mamá a medida que el negocio se iba haciendo cada vez más conocido.

Recuerdo que las primeras veces que fui a comprar allí me era muy difícil distinguir de entre los chinos quién me había atendido el día anterior o si ya lo había saludado ese mismo día.

- ¿Viste que parecen todos iguales? - me decía Claudia.

- Imaginate que si para nosotros es difícil distinguirlos a ellos que serán a lo sumo diez, lo complicado que debe ser para ellos identificarnos a nosotros que somos muchos más. -le respondía.

- No. Es diferente -me contestaba Claudia- Porque nosotros somos distintos entre sí: vos sos morocho y alto; yo soy rubia y peticita, están los pelirrojos también…

Y así, en medio de estos diálogos llegábamos a casa cargando las bolsas con lo que habíamos comprado.

Pero a medida que fue pasando el tiempo, yo empecé a diferenciar al fiambrero, que ya se había teñido el pelo de rojizo oscuro; al que atendía la verdulería, quizás uno de los más serios de todos.

Mientras, Fiona seguía creciendo y jugando ya sea dentro de su cochecito o a upa de su mamá que, al costado de la caja, veía alguna ópera en chino a través de Internet.

Y más allá del lenguaje verbal, que siempre es un código impuesto, se abrían paso otros lenguajes como el de las caricias o el del balbuceo…

- ¿La primer palabra que diga Fiona va a ser en chino? - recuerdo que le pregunté a Claudia mientras comíamos arrolladitos primavera que siempre comprábamos allí porque nos sacaba de apuros.

- En chino o en español, la primer palabra que va a decir es mamá.- me respondió Claudia con su implacable lógica femenina.

Al día siguiente de esa conversación, cuando entré al supermercado había un clima extraño. Estaban todos alrededor de Fiona que se notaba que no tenía el mejor de sus días. No era para menos. Cuando me miró con su boquita entreabierta vi que le había aparecido su primer diente. Enseguida volvió a llorar y su mamá se la llevó a la trastienda.

Fiona no lo sabe y no sé si sabrá alguna vez que me enseñó ese día que la risa y el llanto son tan humanos que están más allá de las diferencias que podamos levantar entre nosotros. Porque ella en ese momento no lloró ni en chino ni en español, simplemente lloró en bebé como los hombres lloran en hombre.

Tal vez por ello o porque ya la tenía cansada con mis preguntas sobre Fiona es que cuando le pregunté a Claudia si se había dado cuenta que las personas cuando lloran o ríen lo hacen más allá del idioma no me respondió nada.

Dec
02

Mala leche

No había más que un poco de pan para desayunar y Gustavo se lo dejó a los chicos y a Irma. “Porque ahora que está embarazada necesita comer más”, pensó. Tomó unos mates y luego montó la bicicleta que le había fíado el Turco. Estaba ansioso. Era su primer día de trabajo en el supermercado y no quería llegar tarde.

A esa misma hora, Rubén se levantó. El llanto de El Gastón, que ya no daba más de tanto mate cocido,  le había destrozado el sueño. Se vistió para salir a la calle y abrigó al nene.  Cuando pasó frente a lo del Turco maldijo los pocos pesos que le había pagado por la bicicleta.

No muy lejos de allí y ante un semáforo en rojo Gustavo imaginaba cómo iba a quedarle el uniforme. “Voy a parecer un policía”, se ilusionó.  Un bocinazo hizo que reiniciara el pedaleo.

-Papá ¿me compras un alfajor? –le dijo El Gastón tironeándole con sus manitos heladas para pararlo frente al quiosco. Rubén no le respondió. Lo cargó en brazos para cruzar la avenida y entrar al supermercado. Ya tenía decidido lo que iba a hacer.

Gustavo salía del vestuario arreglándose el uniforme cuando una señora le preguntó dónde podía encontrar la leche condensada. Él, muy atento, la guió entre el enjambre de carritos. Fue cuando lo vio. Entonces sintió que iba a poder lucirse.

Rubén distrajo a su hijo un segundo para que no viera lo que iba a hacer y después, cargándolo a upa, caminó hacia la “salida sin compras”. Gustavo se le anticipó y lo esperó en la puerta.

- Me permite que lo revise.  –le dijo

- No llevo nada. - contestó Rubén.

- Levántese la campera –insistió Gustavo.

Rubén obedeció y dejó ver la bolsita de leche en polvo oculta en su cintura. Gustavo se la quitó como si fuera un trofeo. El Gastón comenzó a llorar.

-Es para el pibe -le dijo.

- Me vas a tener que acompañar- fue la seca respuesta de Gustavo.

- ¿Me vas a detener con el pibe? –le preguntó Rubén mientras sentía que todos lo miraban. Pero Gustavo ya no lo escuchaba. Sólo pensaba en la felicitación que iba a recibir.