Archive for January, 2008

Jan
19

Buenos Aires, ciudad mamushka - Parte 7 de 7

Epílogo para mi Buenos Aires Mamushka

mamushka
La imagen es de maxieamena

Quise contarte en estos siete posts algunas de las ciudades escondidas dentro de mi Buenos Aires mamushka.

Claro que me han quedado muchas ciudades sin mostrarte. Como la que dibujan los niños. Ésa es una ciudad de colores, con rayuelas que el tiempo va borroneando.

Es una ciudad de monigotes hecho con crayones y tizas; con risas cantarinas y recreos. Guardapolvos blancos y cacao con leche y vainillas.

Pero no toda esta ciudad es así. Porque la ciudad de los niños tiene los barrios más tristes de toda Buenos Aires. Los podés ver cerca de las estaciones ferroviarias. Lugares que se llaman Retiro, Once, Constitución. Barriadas oscuras, con pibes reventados del cemento de contacto que les hace aureolas alrededor de la nariz, semidormidos en plena calle como títeres vacíos con la infancia envenenada.

No pude contarte suficiente de la ciudad donde estalla la locura. La ciudad de los manicomios que se encuentra en Barracas, casi donde Buenos Aires se hace tobogán para finalmente caer en el Riachuelo.

Allí, dentro de los neuropsiquiátricos, la sociedad dice que están los locos solo para que los que no estamos allí vivamos convencidos de que somos cuerdos, como lo dijo ese arquitecto y locólogo  que se llama Alfredo Moffat.

Desde allí, una vez, se escapó una chica locamente enamorada de un maquinista de ferrocarril. Tantas veces lo había acompañado en la locomotora que lo primero que hizo cuando se vio libre fue subirse a una de esas máquinas, arrancarla e irse hacia el sur a buscar a su amor.

Tampoco te conté de la ciudad subterránea. Una serie de túneles, vías y trenes que a poco de despertar el día comienzan a rodar en la panza de Buenos Aires.

Esa es una ciudad con dos galerías que pasan a metros de las raíces del Obelisco. Galerías donde podés encontrar ese tornillo que no conseguís en ninguna parte del mundo o fotos de Marilyn Monroe o Isabel Sarli.

A la ciudad subterránea descienden día a día miles y miles de hombres y mujeres que se desplazan bajo tierra, presos de una rutina de la que algunas veces sueñan con fugarse en barcos que no llegan porque simplemente nunca existieron.

Y hay otras ciudades más dentro de mi Buenos Aires mamushka. Ciudades que estén naciendo en este momento con el encuentro imprevisto de dos personas en una esquina o ciudades simples, hechas con el trabajo del día a día, como lo hacen los que enseñan, los que asfaltan, los que casan a los novios, los que entierran a los muertos, los que curan, los que calman, los que limpian, todos ellos hacen Buenos Aires y todas sus ciudades.

Hasta la próxima ciudad.

Jan
12

Pena por la muerte del poeta Ángel González

angelgonzalez

Ángel González ha muerto lejos de mí y de mi casa pero tan cerca de aquella adolescencia cuando tropecé con sus palabras en una ya enclenque antología que compré usada y que editó el Centro Editor de América Latina. Librito que ahora mismo acaricio, al costado del teclado…

Ángel González es el mismo poeta del que yo leí tantas veces en voz alta aquella “Alocución a las 23″ que concluía con dos versos punzantes: “creer con fuerza tal lo que no vimos / nos invita a negar lo que miramos”. Metáfora cruel pero metáfora al fin de cómo terminan muchas vidas anodinas.

Ángel González, según el diario de hoy, tenía 82 años cuando falleció anoche en una clínica de Madrid.

También, por supuesto, la información señala los premios obtenidos por el poeta: el Príncipe de Asturias de las Letras y el Reina Sofía de Poesía Hispanoamericana. Y su sillón en la Real Academia Española.

Pero más allá de toda esa información yo no sé dónde meter este vacío.

Por más que, por supuesto, Ángel González se ha ido sólo en cuerpo pero no en palabra. Porque, como él mismo lo ha dicho: “lo que ha ardido / ya nada tiene que temer del tiempo.”
Poemas de Ángel González
González en Cervantes Virtual
Poemas recitados por Ángel González
Videos de Ángel González
Ángel González en la Wikipedia

Alocución a las 23

Ciudadanos perfectos a estas horas,
honorables cabezas de familia
que lleváis a vuestros labios vuestra servilleta
antes de pronunciar las palabras rituales
en acción de gracias por la abundante cena:

vuestra responsabilidad de sólidos pilares
de la civilización y de Occidente
del consumo de bicarbonato sódico
y del paternalismo hacia la servidumbre,
exige de vuestra parte
cierta ignorancia de hechos también ciertos,
un esfuerzo final en bien de todos,
la tozuda incomprensión de algunas realidades,
la fe más meritoria, en resumen,
que consiste
en no creer lo evidente.

Yo podría jurar que la tierra está fija
-ya lo juré otras veces-
y que el sol gira en torno a ella;
yo podría negar que la sangre circula
-lo seguiré negando, si hace falta-
por las venas del hombre; yo podría
quemar vivo a quien diga lo contrario
-lo estoy quemando ahora-.

No es que sean importantes los asuntos
objeto de polémica:
lo importante es la rígida
firmeza en el error.
Pues las mentiras viejas se convierten
en materia de fe,
y de esa forma
quien ose discutirnos
debe afrontar la acusación de impío.
Con esto,
y una buena cosecha de limones,
y la ayuda impagable de nuestros coaligados,
podemos esperar algunos lustros
de paz como esta de hoy,
tras una cena
lo mismo que esta de hoy.

Tal como siempre, pues, pedid, pedid conmigo:
Más fe, mucha más fe.
Que en cierto modo,
creer con fuerza tal lo que no vimos
nos invita a negar lo que miramos.

Jan
08

Buenos Aires, ciudad mamushka - Parte 6 de 7

angelitos

La ciudad de los cafés

La ciudad mamushka también encierra otra ciudad que es la de los cafés. Lugares donde uno puede sentarse a ver pasar la vida a través de un ventanal, igual que aquel hombre que estaba solo y esperaba en Esmeralda y Corrientes, pleno centro y a dos cuadras del Obelisco, como lo imaginó ese gran argentino que fue Raúl Scalabrini Ortiz.

Cafés que suelen ganar esquinas y esquinas cuyos asfaltos se disfrazan de cielo de noche con decenas de chapitas de gaseosas como estrellas. Chapitas que van incrustándose con el paso del tiempo y de los automóviles.

Café como el Tortoni, en ese trocito de España que tiene mi ciudad y que es la avenida de Mayo.

Pero también café como La Paz, en ese cruce de la avenida Corrientes con Montevideo donde se pergeñaron mil y una revoluciones que luego terminaron hechas humo como el de los miles de cigarrillos negros que allí se fumaron.

Pero Corrientes, la otrora calle que nunca dormía, arranca en esta ciudad de los cafés, en su cruce con la avenida Callao. Esa es una esquina donde los porteños nos encontramos y desencontramos; nos esperamos, ilusionamos, nos buscamos y nos perdemos. Allí está “La Opera”, un café casi anónimo, anodino pero bien ubicado.

Siguiendo una cuadra, Corrientes abajo, nos encontramos con un bar Astral modernizado. Del viejo bar Astral no queda nada. Ni la última pelea de borrachos. Ni siquiera aquella vieja máquina de discos que se desinflaba en tangos gangosos.

Un barrio aparte merecen los cafés billares como “La Academia”, en Callao y Corrientes. Allí puede jugarse a los dados y al dominó hasta la madrugada. Como también los “36 billares”, enclavado a orillas de la ya mencionada avenida de Mayo.

También hay “bares lázaros” que han desaparecido y vuelto a aparecer. Uno de ellos, merecedor de un tango, fue el Café de los Angelitos, denominado así porque en la época de los guapos y malevos se juntaba allí gente de mal vivir.

Otro nombre extraño es, sin lugar a dudas, “Los inmortales” curiosa denominación para un ex café que hoy es pizzería de prestigio ubicada también sobre la avenida Corrientes. Cuentan que en la década del ’20 allí se reunían escritores de toda laya que lo que menos tenían era dinero. El hecho de que puedan vivir así, prácticamente sin comer, les hizo pasar a la categoría de inmortales.

Pero hay un bar, un café, muy especial para todos los porteños. Es el café de la esquina. El del barrio. Cada cual tiene el suyo. Un café que solía ser atendido por un mozo vestido de saco marrón con botones metálicos y una eterna servilleta blancuzca colgando del antebrazo. Es un café que está desapareciendo lentamente. Porque el estaño del mostrador le va dejando paso al plástico. Y las graciosas camareras de pollera corta van desplazando al mozo. Pero es un café que pervive en la memoria porque es el café de los amigos, el café de las mesas que nunca preguntan, donde se lloró una noche el primer desengaño, donde se nació a las penas y se bebió los años, como dice el tango “Cafetín de Buenos Aires”, escrito por ese mago narigón que fue Enrique Santos Discépolo.

Jan
03

Buenos Aires, ciudad mamushka - Parte 5 de 7

metro

La ciudad de los propios pasos

Otra ciudad de las tantas que hay en Buenos Aires es la ciudad construida con los propios pasos. Y aquí sí hay tantas ciudades como habitantes. Porque cada uno funda la propia en su corazón.

Yo comencé a construir esta ciudad personal viajando en el colectivo 101 desde el barrio Norte, donde vivía, hacia el de San Cristóbal donde estaba mi escuela primaria. Tendría diez u once años y aún recuerdo algunas caras de señores y señoras que viajaban conmigo.

Más tarde, las búsquedas de lo distinto me hizo fundarle un nuevo barrio a mi ciudad íntima: un barrio que tenía una sola avenida, Corrientes, desde que se cruza con Callao hasta llegar a la Nueve de Julio, allí donde está el Obelisco. Este barrio fue el de los discos y libros comprados de segunda mano. Más tarde en este barrio también se domicilió mis ansias de escribir y ese gustito por la poesía.

En este barrio y sus alrededores también me hermané con Alejandro en esta especie de militancia por la verdad que es el periodismo. Y como buenos hermanos vivimos momentos intensos y luego cada uno se mudó a algún barrio distinto para después juntarnos de vuelta y así las cosas…

El barrio siguiente que le fundé a esta ciudad personal que tengo dentro de Buenos Aires estuvo más en el centro, en una calle que se llama Bartolomé Mitre. Allí funcionó la redacción del diario “Nuevo Sur”, mi primera redacción y un lugar donde conocí a compañeros de vida, algunos de los cuales aún sigo frecuentando.

Cuando aquel barrio se desplomó, cayendo bajo la picota del cierre del diario, me trasladé un poco más al centro para fundar, en pleno corazón de la burocracia, uno de los barrios más tristes de mi vida: Villa Resignación. Fue un barrio gris, chato, asfaltado de planillas de asistencia, proyectos de Ordenanza y discursos falsos de políticos más falsos todavía. Un barrio del que un día huí, maltrecho pero vivo para, precisamente, seguir viviendo.

Mi huída de Villa Resignación comenzó en un subte, un atardecer más empapado de gris que de costumbre. El vagón estaba repleto y yo hacía equilibrio colgado de una de las arandelas que penden del techo. El traqueteo del tren y la monotonía del murmullo hacía que me adormilara hasta que las descubrí. Eran dos chicas que conversaban a un metro de donde yo me bamboleaba. La que estaba de frente me miró un instante y me dijo: “¿Mucho sueño o muchos sueños?”. En ese momento observé la espalda de su compañera, que llevaba una campera de jean en la que podía leerse, escrito con mostacilla, la frase: “Hay que hacer algo para que sucedan cosas”. En ese momento, el tren llegó a la estación y ellas se bajaron. Nunca supe si existieron de verdad o fue una alucinación. Lo que sí supe es que fueron dos adelantadas que me ayudaron a fundar el barrio donde vivo ahora, en esta ciudad personal que está dentro de mi Buenos Aires mamushka que hoy les cuento para hacerla menos invisible.

Jan
02

Buenos Aires, una ciudad mamushka - Parte 4 de 7

amantes

Ciudad del sexo por horas

Los argentinos solemos hablar con eufemismos. Uno de ellos tiene que ver con el amor. O, para decirlo sin eufemismos, con el sexo. Porque la capital argentina, es decir mi Buenos Aires mamushka también tiene dentro de sí la ciudad de los amores por horas. Una de las ciudades que más ha desarrollado su imaginación a la hora de construir lugares para albergar amantes.

Para empezar, estos lugares, que en otras ciudades se llaman a secas “amuebladas” u “hoteles por horas”, en Buenos Aires reciben la ampulosa denominación de “albergues transitorios”. Eso no quita, por supuesto, que los porteños insistan en denominarlos sencillamente “telos”. A tal punto que tal palabra ya está a punto de entrar como argentinismo en el diccionario de la Real Academia Española.

Entre estos “telos”, antes denominados “hoteles alojamientos”, pueden encontrarse de los más simples hasta los más extravagantes. Es decir, de la habitación que tiene apenas una cama y dos mesitas de luz amuradas a la pared hasta las suites más refinadas, que imita a palacios griegos, egipcios o romanos. Todo depende, por supuesto, del monto de dinero que se piense destinar a esta aventura de dos o tres horas de duración.

Pero sin irnos a los extremos, en Buenos Aires hay una verdadera industria del albergue transitorio de parejas de amantes que no tienen otro sitio para el placer.

No estamos en aquellos tiempos más seguros, de hace un par de décadas atrás., cuando las parejas solían hacer el amor furtivamente dentro de un auto, estratégicamente estacionado por lo general en un predio boscoso de la ciudad denominado Palermo rebautizado, a causa de esos menesteres, como “Villa cariño”.

Ahora el porteño teme que en el momento en que arremete con todos sus bríos dentro de un auto pueda aparecer algún amigo de lo ajeno a dejarlo a él y a su pareja tal cual Adán y Eva.

Y, por otra parte, a muchos de ellos, la crisis económica, les ha arrebatado el auto.

Por esta razón las proezas gimnásticas realizadas dentro de diminutos Fiat 600 o de movedizos Citroen 2CV ya forman parte del anecdotario, muchas veces inflado, de generaciones pasadas.

En cambio, hoy, estos albergues transitorios suelen tener algún pico de actividad en las primeras horas de la tarde de días de semana. Si, exacto. Precisamente a esa hora en que se hace la junta de directorio o se tiene esa reunión tan importante con el jefe que obliga a desconectar el teléfono celular. Esta es la hora de las trampas, para decirlo en un lenguaje más de Buenos Aires. O es la hora del sexo urgente de los infieles para decirlo en un lenguaje más crudo pero real.

Una de las primeras películas en retratar a estos alojamientos fue “La cigarra no es un bicho” del año 1963 en donde cuenta las peripecias de unas cuantas parejas que fueron a “La cigarra”, un “telo” que existe actualmente en Buenos Aires, a pasar dos horas de esparcimiento sexual y se encontraron entrampados en una cuarentena que los obliga a pasar días allí con todo lo que ello conlleva.

Cuarenta años después de esta película, mi Buenos Aires mamushka alberga a esta ciudad del amor por horas, ciudad con centenares de estos hoteles, discretamente señalizados, de donde entran y salen parejas a paso apresurado, semiocultándose de las miradas impiadosas de la calle, donde los ocasionales transeúntes tal vez envidien esas dos horas de calor que se han brindando o van a brindarse.

Jan
02

Buenos Aires, una ciudad mamushka - Parte 3 de 7

Buenos Aires, una ciudad manta

Buenos Aires, mi ciudad mamushka, también alberga dentro de sí a una ciudad-manta. Es decir, una ciudad hecha de barrios como retazos que se fueron cosiendo unos con otros con el correr del tiempo.

Por eso los barrios de Buenos Aires tienen olores, colores y sabores distintos.

Está por ejemplo Villa Crespo, donde se afincó en mayor medida la colectividad judía o, para decirlo con un poco más de precisión, los asquenazíes. Allí, es común ver, por ejemplo, algunos almacenes que ofrecen pletzalej de pastrom con pepinos o knishes. Los sefardíes, especialmente los más religiosos, viven lejos de allí, en un barrio comercial denominado Once. Allí, además, también se pueden ver las tiendas y supermercados que venden alimentos kosher, es decir aprobados por el rabino para ser consumidos.

En otra parte de la ciudad, más hacia el centro geográfico de la misma, se encuentra lo que los porteños denominan simplemente “Barrio chino”. Un barrio donde más que chinos, viven coreanos. Es un conjunto de cuadras donde los carteles de los negocios están, en su mayoría, escritos en el idioma de Corea, algo que es naturalmente ininteligible para la mayoría de los porteños.

Otro retazo de esta ciudad-manta que también es mi Buenos Aires puede ubicarse en un barrio denominado San Cristóbal, al sur de la ciudad. Allí conviven diversas colectividades islámicas y existe una tradicional y hermosa mezquita. Es común cruzarse en estas calles donde, quién sabe por qué, han resuelto establecerse prácticamente todos los comerciantes mayoristas de golosinas, con mujeres que llevan el velo y hombres ataviados con turbantes.

También en este barrio de San Cristóbal, está la iglesia de la Santa Cruz, perteneciente a una congregación de sacerdotes irlandeses. En este templo fue secuestrada Azucena Villaflor, la fundadora de las Madres de Plaza de Mayo. En las cercanías de este templo fue asesinada Dagmar Hagelin, la adolescente sueca que murió a manos del criminal Alfredo Astiz, sicario de la dictadura militar.

Pero si seguimos con nuestra manta, Buenos Aires yendo más hacia el sur entra en un declive geográfico, social y económico. Son los viejos barrios de Balvanera, Montserrat, San Telmo y Barracas. En las antiguas casas de principio de siglo fueron albergándose cientos y cientos de familias, tanto de las provincias argentinas como de países hermanos, que llegaron a buscar un mejor futuro.

Y así, llegamos al retazo más colorido de esta manta, que sin lugar a dudas está en el barrio de la Boca. Cuna de pintores como Quinquela Martín e inspiradora del tango “Caminito”, este barrio fundado por inmigrantes genoveses, es el lugar de nacimiento de los dos clubes más importantes del fútbol argentino: Boca Juniors y River Plate. En este último caso, luego trasladado hacia su actual barrio denominado Núñez en una zona más cotizada de la ciudad.