Archive for March, 2008

Mar
23

Los poetas porteños, sin ciudad

¿Por qué escribe poesía Rodolfo Edwards?
porque estoy solo
como la estrella empecinada
que brilla en el cielo de mi patio

poetas

No hay ciudad sin poesía pero parece que los poetas porteños se han quedado sin ciudad. Al menos por lo que se vio en la campaña de afiches realizada por el gobierno de la ciudad de Buenos Aires con motivo del Día Intrernacional de la Poesía.

Sólo uno de los cuatro afiches contiene un poema escrito por un argentino. Se trata del santafesino Juan L. Ortiz a quien, por otro lado, le han agregado un misterioso acento en la “i” de su apellido. Los otros poetas, célebres, son Miguel Hernández y Miguel de Unamuno, ambos españoles; y el nicaragüense Rubén Darío.

Nada de Borges ni de Marechal. Menos aún de Gelman, Huasi, Manzi, Cátulo Castillo, los González Tuñón, los Fernández Moreno, De la Púa, Cortázar y ni que hablar de Girondo, Carriego o Boccanera que pide besarle las piernas a la poesía hasta que diga Santo Dios. Por supuesto que entre tantos, tantos poetas porteños que han construido barrios completos de metáforas.

Borges sí está con un poema en un material gráfico complementario al cual se accede a través de un documento pdf en internet. Allí también puede leerse sendos poemas de Leopoldo Lugones y Alejandra Pizarnik, por citar sólo a los argentinos.

Esta campaña es parte de un programa realizado por el Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires destinado a “brindarle a la poesía un lugar preponderante en las políticas públicas culturales”.

El programa promete espacio en radio donde “reconocidos locutores darán lectura de las diferentes poesías”. También incluirán lectura de poesías en bibliotecas, jornadas en museos de la Ciudad y diferentes actividades con sede en “La Casa del Escritor”, entre otras.

En efecto, no hay ciudad sin poesía pero para esta gestión porteña en la ciudad parece olvidar a sus poetas. Al menos en esta campaña de afiches…

Mar
21

“Ya nos vamos a entender”

A Oxana y Alexander le costó tomar la decisión. Pero estaban solos y a Eliseo, su bebé argentino de apenas seis meses, el pecho le silbaba como un fuelle.

– Tu no encuentras trabajo. Yo tampoco. No podemos atender al niño –le decía ella a él. La conversación era apenas un susurro en ese idioma en que hablaban en Kazajstán, de dónde habían venido. Las palabras de ambos se escuchaban apenas en ese silencio tajeado una y otra vez por el silbido del pecho del bebé. Afuera, la madrugada enfriaba las calles y aún faltaba mucho para que amaneciera. Sabían que no iban a poder dormir. El silbido del pecho de Eliseo, subiendo y bajando, se les iba clavando en la cabeza. Y ya no los iba a abandonar.

Cuando llegó la mañana, la decisión estaba tomada. Fue Oxana la que fue a ver a la vecina. La mujer se dio cuenta de la determinación cuando abrió la puerta y la vio con el bebé y el bolsito.

–Me parece muy sensato… sen-sa-to –le deletreaba ante los ojos grandes y azules que intentaban rescatar algunas palabras de este idioma tan distinto a su kazako natal.

– Será… un tiempo.-decía Oxana como podía- Hasta Alexander trabaja.

– Sí, sí. Por supuesto. No te preocupés que con nosotros va a estar bien. Lo vamos a anotar con nuestro apellido así tiene la obra social.

– Social… ¿obra socialista? –preguntó entonces Oxana.

La mujer entonces dio una risotada. Quizás ésa fue la primer señal que no le gustó a la joven mamá. Pero no podía hacer otra cosa que lo que estaba haciendo.

– Socialista no. Obra social. Atención médica…

– Ah, ah… –dijo Oxana ya con irrefrenables deseos de irse. Por eso se levantó. Se acercó a su bebé y lo abrazó muy fuerte. Sintió que el silbido de su pecho se le clavó en alguna parte de su cuerpo para siempre.

– No te preocupes por la leche porque el Lucho me consigue la leche en polvo…

– ¿Lucho? ¿Leche? –repetía Oxana medio mareada.

– Sí, sí, mi marido.

Cuando Oxana salió a la calle se dio cuenta que había hecho algo malo. Imperdonable. Tal vez por eso se largó a caminar sola, como nunca antes lo había hecho. Caminaba como escapándose del silbido del pecho de Eliseo que ya no podía dejar de escuchar. “Sabes que lo hacemos por su bien”, le había dicho Alexander, su marido. Y a pesar que había algo que no le gustaba no lo dijo hasta que se confirmó unos meses más tarde.

Como todos los domingos Oxana y Alexander compraron unas golosinas en el quiosco y tocaron el timbre de la vecina para verlo a Eliseo. Un hombre que tomaba mate en la puerta de al lado fue el que le dijo que se habían mudado. Pero que no sabía adónde habían ido. Que lo habían hecho a las apuradas y que …

Ellos no escucharon más. Empezaron a caminar hacia cualquier lado, sin hablarse. Así anduvieron dos cuadras. Luego en una esquina se abrazaron y lloraron juntos. Lloraron muy fuerte. Hasta el grito. Lloraron en kazako ante la vista de todos. Luego empezaron a caminar, tomados de la mano.

Tomados de la mano como estuvieron ayer, tres años después de aquel domingo, en los tribunales. “Tengo una buena noticia. Vengan”, les había dicho la jueza cuando los llamó. No bien llegaron, los recibió diciéndoles: assalom aleikum. Y ellos sonrieron ante el saludo en su lengua. Espérenme acá, les dijo luego y los dejó solos. Oxana y Alexander se miraban inquietos hasta que una vocecita se coló en el silencio burocrático del juzgado. Oxana pegó un salto y corrió hacia la puerta. Una empleada acompañaba a Eliseo. Ella lo abrazó muy fuerte. Alexander, un poco más atrás no podía contener las lágrimas. Oxana le decía palabras en kasako pero al darse cuenta de que ya Eliseo no podía entender su idioma le repitió una y mil veces: “ya nos vamos a entender, ya nos vamos a entender”.

Este relato está basado en un hecho real sucedido en la Argentina yfue publicado en el site 
CafeDiverso y también en la antología "Voces del mundo"