Archive for September, 2008

Sep
25

El juego de los espejos

De un día para otro dejaron de jugar al espejo. Y a pesar de que ambas sabían que eso iba a suceder algún día, Herminia y Yang se sintieron raras. No se enojaron pero dejaron de hablarse, aunque seguían viviendo en el mismo edificio.
Ambas habían crecido.  Ya no tenían tiempo para sentarse una frente a la otra y jugar a copiar sin equivocarse las morisquetas que hacía la otra. Los vecinos dejaron de escuchar sus risas. Yang, más chiquita, tenía una risa aguda, tintineo de copitas de cristal; Herminia, era corpulenta y de risa más gruesa.
Pero Yang y Herminia no se hicieron amigas enseguida. Aunque sus familias habían llegado recién a la Argentina y se habían mudado para la misma época a ese edificio inmenso de cien departamentos y pasillo larguísimo. Además,  ni Yang hablaba el guaraní, idioma de la paraguaya Herminia, ni ésta lograba entender el chino, la lengua que hablaba Yang. Y ninguna de las dos tampoco hablaba español.
Ambas eran en aquel momento tan pequeñas que el mundo no tenía más palabras que las de mamá y más patria que una tarde de juegos.
Pero un día hubo un accidente frente a la puerta del edificio. Y ambas madres con sus hijas llegaban al mismo tiempo y se quedaron viendo qué había pasado. Yang y Herminia se miraban sin decirse nada. Hasta que una de ellas se tentó de risa y contagió a la otra. Era una risa aparentemente sin sentido. Aunque para ellas era el festejo de saber que podían ser amigas.
Se rieron más aún cuando advirtieron que ninguna de las dos entendía lo que decía la otra.  Y aunque no sabían cómo hacer para jugar, tratar de entenderse fue el primer juego.
Una tarde a Yang se le ocurrió jugar al espejo. Se entusiasmaron tanto que las madres de ambas tuvieron que ir a buscarlas porque era la hora de la cena y ellas seguían jugando.
Luego de esa tarde jugaron al espejo todos los días. Y las dos se habituaron tanto a los gestos de la otra que, cuando fueron más grandes, casi no tenían necesidad de hablar para entenderse. Sobre todo cuando charlaban con los muchachos que vivían en el edificio.
Y tal vez fueron esos muchachos o el simple hecho de crecer lo que les quitó tiempo para encontrarse en el huequito del pasillo. Aunque, en verdad, ya se sentían ridículas haciéndose morisquetas la una a la otra. Por otro lado, a Herminia no le iba bien en la escuela  y Yang empezó a ayudar en el pequeño autoservicio familiar.
La última tarde que jugaron al espejo, casi como un presagio, Yang le dijo a Herminia que en un libro de su escuela había encontrado una leyenda de su país. Y, trabajosamente, le tradujo del chino: “hubo una época en que los seres de los espejos no se parecían a las personas ni copiaban sus actitudes. Eran libres. Pero una noche los habitantes de los espejos invadieron la Tierra y aterrorizaron a la gente. Entonces, el Emperador logró que volvieran a su mundo de espejos y, con sus poderes, los hechizó condenándolos a copiar mecánicamente las formas y gestos de los seres humanos.”
- ¿Y cual de nosotras era la hechizada? -preguntó Herminia.
- Ninguna o las dos - le respondió Yang.
Herminia sintió que algo se había roto. Se lo iba a decir pero prefirió dejarlo para otro día. En ese momento vio entrar por el pasillo a el Hernán. Pegó un salto y fue a encontrarse con él. Al día siguiente no tuvo tiempo porque el Hernán la invitó al cine. Después fue Yang la que no pudo porque había mucho trabajo en el autoservicio. Así comenzó a pasar el tiempo y el huequito del pasillo se quedó solo. Sin risas ni espejos.
Llegó el fin de ese año.  Yang terminó el bachillerato y se fue de viaje de egresados. Por eso no estuvo en Buenos Aires la noche en que Herminia, con un embarazo de dos meses, salió por última vez de su casa para encontrarse con el Hernán, que la esperaba en la puerta.

Fotografía: Marisol López (México)
Sep
24

Callejeros en un libro de Laura Cambra

El 1° de octubre se podrá conseguir en librerías, “Callejeros en primera persona”, de Laura Cambra, editado por Planeta. Un libro que rescata los testimonios de los integrantes de la banda que protagonizó y fue víctima de la tragedia de Cromañón.

Siempre es bueno saludar el nacimiento de un libro. Pero, en este caso, hay más motivos para celebrar. El primero, que es un libro de alguien que conozco y respeto mucho. Después, porque sé el valor que tiene para su autora. Y tercero, y acá también la tercera es la vencida, que es saludable tener oportunidad de escuchar, sin prejuicios, todas las voces de la historia. En este caso la de los músicos de Callejeros.

“La realidad y la verdad siempre son construcciones complejas. Se hacen de muchas piezas, muchas miradas y muchas voces. La tragedia de Cromañón -una realidad incontestable- ha sido, desde siempre, narrada por una partede los protagonistas y damnificados. Este libro aporta una pieza más, otras miradas y otras voces. Sobre todo, las voces que hasta ahora no se habían escuchado“, se lee en el anticipo de esta obra.

Y, a la par de compartir esta apreciación, tengo la sensación y el deseo de que este relato va a oxigenar tanto preconcepto, tanto ruido en torno a este hecho tan doloroso. Por eso me pone contento que haya sido Laura la autora de este libro. En especial porque la conozco y le creo. Sé que su trabajo no forma parte de ninguna estrategia ni es una campaña de marketing ni tampoco es oportunista. Lo sé porque he visto crecer a este libro a través de las charlas que hemos tenido. Y por eso sé también lo que costó.

Y además de todo esto, qué bien escribe…

Actualización: La entrevista con Patricio Pato Fontanet en la Rolling Stone.

Blog de Laura Cambra

Sep
21

La banda de los corazones arrugados


Ella escribió en una servilleta de papel “tengo el corazón hecho un bollito”. En el mismo momento, alguien hacía sonar en la gramola, “Girl”. Afuera la tarde se deshilachaba y hacía frio. Desde el ventanal veía gente que pasaba hablando un español tan distante al suyo en ese país donde había ido a parar. Mientras, la primera frase, en inglés, Is there anybody gone to listen to my story se preguntaba ¿hay alguien que quiera escuchar mi historia?

Él sintió que tenía que salir a pintar. Así, sin más, en ese momento. Ahora o nunca. Por eso buscó por todos lados los pinceles olvidados en el tiempo, los aerosoles, la pintura… ¿Cuándo fue la última vez que pintó una pared? Ah… recordó a aquel político que además de no pagarle le mandó un par de matones para que no le reclame. Puteó por lo bajo y puso a System of the Down muy fuerte, en esa habitación desordenada donde la soledad envejecía los objetos.

Ella pagó el café y salió a la calle. Nadie sabe muy bien qué pudo pensar en ese momento. Los historiadores sigen equivocándose al no estudiar a esos seres comunes que van y vienen, en forma anónima.

Él salió y sintió la incipiente madrugada pegoteada de humedad en la cara. Sabía dónde había una pared donde descargar esa frase. Buenos Aires parecía un incendio de calor y eso lo hacía transpirar y hasta pensar que lo que iba a hacer no tenía ningún sentido. Pero no. Llegó a la pared y comenzó su trabajo. La frase estaba viva hasta el miedo en su cabeza: “tengo el corazón hecho un bollito”.

Ella llegó a su casa ya olvidada de lo que había escrito en la servilleta. La tele encendida, olores de comida en el pasillo, ropa que planchar y la compu guiñándole un ojo con promesas de palabras amigas en el monitor.

Él terminó de pintar cerca de las dos. En la vereda sólo había un par que cordoneaban una cerveza ya tibia. Un dulce olor a porro venía de algún lado. Miró por última vez, cargó todo en la mochila y se fue caminando por el empedrado vacío de autos. System se habían convertido en Beatles, al menos en sus auriculares… Any way youll never know / The many ways Ive tried…

Ella, en ese momento, tipeaba: “de cualquier manera, nunca sabrás la cantidad de caminos que he intentado tomar”. Pero enseguida se arrepintió. Apretó el delete. Volvió a escribir: “Hola a todos ¿cómo están hoy?”. Siempre es más fácil preguntar que responder. Claro…

Él desayunó una coca cola y un tostado en el bar de la esquina de su casa. El gallego de la caja lo miraba extrañado por la hora y por las manos manchadas de pintura. Ya el sueño le pesaba en los párpados pero no se quería dormir. Iba a esperar a que se hiciera bien de día para ir con la cámara a tomarle una fotografía a la pintada.

Ella, al día siguiente, volvió a pasar por el mismo café. Iba a entrar pero no… se detuvo en la vereda los segundos suficientes como para que el camarero la viera desde adentro. El muchacho salió a la calle y le chistó con suavidad. Cuando la alcanzó le dio la servilleta que ella había escrito el día anterior. Sintió vergüenza de que él hubiese leído esa frase. Pero el joven sólo le dejó la servilleta y se fue a seguir trabajando…

Él clickeó en su computadora. Esperó unos segundos, actualizó la página y vio la pared pintada. De día era diferente. Menos mágico… desde algún lugar se escuchó a lo lejos “Un gran remedio para un gran mal, amores como flechas van cruzando el sueño y te acribillarán”. A los cinco minutos ya estaba durmiendo. Soñó con otras paredes, con otras ciudades. Ciudades desconocidas pero hechas con calles de su memoria. Una ciudad donde solamente había esquinas donde había sido feliz. Y muros escritos con palabras que no llegaba a entender. Cuando se despertó no recordó nada hasta que volvió a abrir el blog y vio la pared. Allí, dicen, que se le ocurrió lo de la Banda de los Corazónes Arrugados…

Ella guardó la servilleta en el cajón de su mesa de luz. Algo le molestaba, como una piedrita en el zapato. Pero no sabía qué… hasta que se descubrió cantando, muy bajito: ¿Por qué no dejás de pensar /en labios que besan frío?

Él terminó de escribir la palabra “frío” puso el signo de pregunta y estampó la firma: La Banda de los Corazones Arrugados. Un par de pibes, entre ellos Alonsito, el que me contó todo esto, se acercaron a conversar con él, del Indio, de los Redondos… Él les pidió que cuidaran la pintada, que no valía mucho pero, y ahí le confesó lo de las voces, que esas frases no las elegía él, alguien se las dictaba. Se rieron, le preguntaron qué había fumado pero también le creyeron. A pesar de que lo veían por primera vez en el barrio.

Ella no supo o no quiso saber de esas pintadas. Ni aún cuando las descubrió en sus ratos de internet. Porque todos coinciden en que las tuvo que haber visto en ese blog, y haberse dado cuenta. Pero tal vez quiso creer que sólo eran casualidades. Quizás necesitaba pensarlo así, aventuró Alonsito que siempre, cuando llega a esta parte, se entusiasma con que el relato justifica su alocada hipótesis. Una hipótesis que parecía derrumbársele en la pintada siguiente…

Él aceptó, no de muy buena gana hay que decir, la presencia de Alonsito en sus últimas pintadas. Habían quedado en que él le avisaba por medio de un mensaje de texto dónde iba a pintar. Eso sí, jamás le anticipaba la frase que iba a dejar escrita en la pared. Y en este punto es cuando Alonsito, que ya no es tan pibe y que lleva contada esta historia cientos de veces, se pone serio y dice: esa tarde descubrí la conexión, loco. Me di cuenta que cuando ella se dejaba ganar por la nostalgia y pensaba o escribía alguna frase, él era como si tuviese una antena, salía disparado y la pintaba en alguna pared. Estuve a punto de creer que me estaba engañando pero no, era así nomás… Claro que Alonsito no sabía que se quedaba corto con ese razonamiento, aunque tenía algo de razón.

Ella tipeó “tu lejos me duele aquí tan cerca, ponele” en el mismo sitio donde solía asomarse a buscar palabras cálidas o gente con ganas de comunicarse. Alonsito no sabía quién era, salvo que la seguía desde hacía unas semanas. Ni siquiera sabía que ella estaba en Barcelona, aunque sí creía que era argentina. Iba a responderle algo, porque le causaba gracia la palabrita “ponele” que se había transformado en la muletilla más usada de esa red. Pero el celular sonó y vio el mensaje: “Alberti y Humberto Primo. Llevá envases vacíos”. Se refería a las botellas de cerveza…

Él llegó a la esquina cuando Alonsito ya había comprado las birras frias en un supermercado chino que estaba a media cuadra y que quedaba abierto hasta tarde. Todo era como las veces anteriores salvo cuando el pibe empezó a leer la frase: “Tu lejos…”. “No, loco… vos me estás jodiendo… yo sé lo que vas a escribir ahí porque lo acabo de leer. De qué voces me estás hablando, chabón. Por quién me tomaste”… Pero él seguía abstraído, como en trance. “…me duele aquí tan cer…”. Y fue en ese momento, siempre según Alonsito, que en un arranque de furia arrojó la botella de cerveza que estaba aún cerrada contra la pared. Pero él, como si nada, seguía con sus pincelazos. Sólo cuando golpéo tres veces la pared para hacer los tres puntos suspensivos después de escribir “ponele”, soltó aquella carcajada que Alonsito dice seguir escuchando algunas noches.

Ella, parece ser, nunca supo de todo esto que pasó aquí. O no se lo contó a nadie. Lo cierto es que, como después le dije a Alonsito, esas voces que escuchaba él eran ciertas. Porque suele suceder que cuando la nostalgia de los que se tienen que ir es muy fuerte, llegan hasta aquí como un eco y, muy de vez en cuando, alguien puede leer esas señales y transmitirlas, aún a costa de su propia felicidad. Ése y no otro es el origen de las pintadas que se ven en ciertas ciudades y que son firmadas por La Banda de los Corazones Arrugados.

Él no volvió a pintar. Al poco tiempo de aquella noche en que Alonsito se había enfurecido, decidió irse de la habitación que alquilaba y nadie supo más nada de él. Sólo Alonsito recibió un mensaje en el celular con lo que supo que iba a ser la última pintada, la que vio en la pared donde había comenzado todo y que decía: “Mi voz le llegará, mi boca también”.

Sep
10

Malvina y Hugo

malvinayhugo

La galería de locales tristes fue un sonajero de risas. Todas las vidrieras relucían para la ocasión, iluminadas a pleno. Era una luz de ocasión como quien alquila un traje para una fiesta aunque, en realidad, las lamparitas eran prestadas. Pero el esfuerzo lo valía ya que esa noche celebraban allí su casamiento Malvina y Hugo. Él de 42 años; ella, 44; ambos sin techo pero desesperadamente aferrados a la vida.

Se habían conocido en la calle, donde sobrevivían. Hugo, con sus manos de herrero vacías de trabajo; Malvina, una de las tantas que había salido despedida del sistema tras la crisis económica.

Él la invitó a tomar mate a la plaza. Y ella llevó los bizcochitos. El frío actuó de Celestina y juntó sus cuerpos una de esas noches salvajes, a la intemperie. Entonces el amor volvió a sensibilizarles la piel magullada de tanto asfalto. Y el futuro, se abrió paso como una plantita.

Una noche descubrieron la galería de locales tristes y allí empezaron a pernoctar. Era mejor que la plaza. Por lo menos había un techo. Estando en ese lugar fue que decidieron casarse. Por eso la fiesta se hizo allí.

Los vecinos cocinaron pizzas y empanadas. La jueza les donó la libreta matrimonial. Un diario barrial les obsequió las fotos.

Fotos que la muestra a Malvina mirando a Hugo como si no lo creyera. “Es que lo conocí con barba, pelo largo, sucio, desgreñado y ahora me lo envidian”, dice.

Fotos que lo muestra a él abrazándola orgulloso.

Hoy aún viven en la calle, esquivándole a la miseria. Ella, con un subsidio de desocupados que apenas alcanza para los gastos diarios. Él, haciendo lo que puede. “Es que cuando vivís en la calle tenés que soñar día a día., para no llegar al extremo de tirarte bajo un tren. Pero ahora con ella, tengo una esperanza para toda la vida”, dice.

Malvina le toma las manos y desea en voz alta: “no queremos que la calle nos arrastre” mientras cuenta una y otra vez cómo fue aquella noche de bodas que el centro comunal les regaló en un hotel de media estrella en el barrio de Primera Junta. Su primera noche de amor sobre una cama.

Basada en este hecho real