
Ella escribió en una servilleta de papel “tengo el corazón hecho un bollito”. En el mismo momento, alguien hacía sonar en la gramola, “Girl”. Afuera la tarde se deshilachaba y hacía frio. Desde el ventanal veía gente que pasaba hablando un español tan distante al suyo en ese país donde había ido a parar. Mientras, la primera frase, en inglés, Is there anybody gone to listen to my story se preguntaba ¿hay alguien que quiera escuchar mi historia?
Él sintió que tenía que salir a pintar. Así, sin más, en ese momento. Ahora o nunca. Por eso buscó por todos lados los pinceles olvidados en el tiempo, los aerosoles, la pintura… ¿Cuándo fue la última vez que pintó una pared? Ah… recordó a aquel político que además de no pagarle le mandó un par de matones para que no le reclame. Puteó por lo bajo y puso a System of the Down muy fuerte, en esa habitación desordenada donde la soledad envejecía los objetos.
Ella pagó el café y salió a la calle. Nadie sabe muy bien qué pudo pensar en ese momento. Los historiadores sigen equivocándose al no estudiar a esos seres comunes que van y vienen, en forma anónima.
Él salió y sintió la incipiente madrugada pegoteada de humedad en la cara. Sabía dónde había una pared donde descargar esa frase. Buenos Aires parecía un incendio de calor y eso lo hacía transpirar y hasta pensar que lo que iba a hacer no tenía ningún sentido. Pero no. Llegó a la pared y comenzó su trabajo. La frase estaba viva hasta el miedo en su cabeza: “tengo el corazón hecho un bollito”.
Ella llegó a su casa ya olvidada de lo que había escrito en la servilleta. La tele encendida, olores de comida en el pasillo, ropa que planchar y la compu guiñándole un ojo con promesas de palabras amigas en el monitor.
Él terminó de pintar cerca de las dos. En la vereda sólo había un par que cordoneaban una cerveza ya tibia. Un dulce olor a porro venía de algún lado. Miró por última vez, cargó todo en la mochila y se fue caminando por el empedrado vacío de autos. System se habían convertido en Beatles, al menos en sus auriculares… Any way youll never know / The many ways Ive tried…
Ella, en ese momento, tipeaba: “de cualquier manera, nunca sabrás la cantidad de caminos que he intentado tomar”. Pero enseguida se arrepintió. Apretó el delete. Volvió a escribir: “Hola a todos ¿cómo están hoy?”. Siempre es más fácil preguntar que responder. Claro…
Él desayunó una coca cola y un tostado en el bar de la esquina de su casa. El gallego de la caja lo miraba extrañado por la hora y por las manos manchadas de pintura. Ya el sueño le pesaba en los párpados pero no se quería dormir. Iba a esperar a que se hiciera bien de día para ir con la cámara a tomarle una fotografía a la pintada.
Ella, al día siguiente, volvió a pasar por el mismo café. Iba a entrar pero no… se detuvo en la vereda los segundos suficientes como para que el camarero la viera desde adentro. El muchacho salió a la calle y le chistó con suavidad. Cuando la alcanzó le dio la servilleta que ella había escrito el día anterior. Sintió vergüenza de que él hubiese leído esa frase. Pero el joven sólo le dejó la servilleta y se fue a seguir trabajando…
Él clickeó en su computadora. Esperó unos segundos, actualizó la página y vio la pared pintada. De día era diferente. Menos mágico… desde algún lugar se escuchó a lo lejos “Un gran remedio para un gran mal, amores como flechas van cruzando el sueño y te acribillarán”. A los cinco minutos ya estaba durmiendo. Soñó con otras paredes, con otras ciudades. Ciudades desconocidas pero hechas con calles de su memoria. Una ciudad donde solamente había esquinas donde había sido feliz. Y muros escritos con palabras que no llegaba a entender. Cuando se despertó no recordó nada hasta que volvió a abrir el blog y vio la pared. Allí, dicen, que se le ocurrió lo de la Banda de los Corazónes Arrugados…
Ella guardó la servilleta en el cajón de su mesa de luz. Algo le molestaba, como una piedrita en el zapato. Pero no sabía qué… hasta que se descubrió cantando, muy bajito: ¿Por qué no dejás de pensar /en labios que besan frío?
Él terminó de escribir la palabra “frío” puso el signo de pregunta y estampó la firma: La Banda de los Corazones Arrugados. Un par de pibes, entre ellos Alonsito, el que me contó todo esto, se acercaron a conversar con él, del Indio, de los Redondos… Él les pidió que cuidaran la pintada, que no valía mucho pero, y ahí le confesó lo de las voces, que esas frases no las elegía él, alguien se las dictaba. Se rieron, le preguntaron qué había fumado pero también le creyeron. A pesar de que lo veían por primera vez en el barrio.
Ella no supo o no quiso saber de esas pintadas. Ni aún cuando las descubrió en sus ratos de internet. Porque todos coinciden en que las tuvo que haber visto en ese blog, y haberse dado cuenta. Pero tal vez quiso creer que sólo eran casualidades. Quizás necesitaba pensarlo así, aventuró Alonsito que siempre, cuando llega a esta parte, se entusiasma con que el relato justifica su alocada hipótesis. Una hipótesis que parecía derrumbársele en la pintada siguiente…
Él aceptó, no de muy buena gana hay que decir, la presencia de Alonsito en sus últimas pintadas. Habían quedado en que él le avisaba por medio de un mensaje de texto dónde iba a pintar. Eso sí, jamás le anticipaba la frase que iba a dejar escrita en la pared. Y en este punto es cuando Alonsito, que ya no es tan pibe y que lleva contada esta historia cientos de veces, se pone serio y dice: esa tarde descubrí la conexión, loco. Me di cuenta que cuando ella se dejaba ganar por la nostalgia y pensaba o escribía alguna frase, él era como si tuviese una antena, salía disparado y la pintaba en alguna pared. Estuve a punto de creer que me estaba engañando pero no, era así nomás… Claro que Alonsito no sabía que se quedaba corto con ese razonamiento, aunque tenía algo de razón.
Ella tipeó “tu lejos me duele aquí tan cerca, ponele” en el mismo sitio donde solía asomarse a buscar palabras cálidas o gente con ganas de comunicarse. Alonsito no sabía quién era, salvo que la seguía desde hacía unas semanas. Ni siquiera sabía que ella estaba en Barcelona, aunque sí creía que era argentina. Iba a responderle algo, porque le causaba gracia la palabrita “ponele” que se había transformado en la muletilla más usada de esa red. Pero el celular sonó y vio el mensaje: “Alberti y Humberto Primo. Llevá envases vacíos”. Se refería a las botellas de cerveza…
Él llegó a la esquina cuando Alonsito ya había comprado las birras frias en un supermercado chino que estaba a media cuadra y que quedaba abierto hasta tarde. Todo era como las veces anteriores salvo cuando el pibe empezó a leer la frase: “Tu lejos…”. “No, loco… vos me estás jodiendo… yo sé lo que vas a escribir ahí porque lo acabo de leer. De qué voces me estás hablando, chabón. Por quién me tomaste”… Pero él seguía abstraído, como en trance. “…me duele aquí tan cer…”. Y fue en ese momento, siempre según Alonsito, que en un arranque de furia arrojó la botella de cerveza que estaba aún cerrada contra la pared. Pero él, como si nada, seguía con sus pincelazos. Sólo cuando golpéo tres veces la pared para hacer los tres puntos suspensivos después de escribir “ponele”, soltó aquella carcajada que Alonsito dice seguir escuchando algunas noches.
Ella, parece ser, nunca supo de todo esto que pasó aquí. O no se lo contó a nadie. Lo cierto es que, como después le dije a Alonsito, esas voces que escuchaba él eran ciertas. Porque suele suceder que cuando la nostalgia de los que se tienen que ir es muy fuerte, llegan hasta aquí como un eco y, muy de vez en cuando, alguien puede leer esas señales y transmitirlas, aún a costa de su propia felicidad. Ése y no otro es el origen de las pintadas que se ven en ciertas ciudades y que son firmadas por La Banda de los Corazones Arrugados.
Él no volvió a pintar. Al poco tiempo de aquella noche en que Alonsito se había enfurecido, decidió irse de la habitación que alquilaba y nadie supo más nada de él. Sólo Alonsito recibió un mensaje en el celular con lo que supo que iba a ser la última pintada, la que vio en la pared donde había comenzado todo y que decía: “Mi voz le llegará, mi boca también”.