Archive for November, 2008

Nov
18

Palabras rotas

Norberto, por ese entonces tendría unos nueve años y nunca entendí por qué su madre le había regalado aquella máquina de escribir. Casi seguro que para ella sólo había sido uno más de esos desmesurados regalos con los que buscaba adornar la soledad de ese único hijo que había tenido con aquel hombre que nunca lo iba a reconocer. Pero en ese momento no podía pensar nada de eso porque yo ya bordeaba los doce años y una máquina de escribir era lo que más quería en el mundo.

Por eso aquello me revolucionó la vida. Tipeando algunas palabras me sentía ya como el periodista que veía dibujado en la Enciclopedia Estudiantil. Tan sólo por eso valía la pena soportar los caprichos de chico rico de Norberto.

Me acuerdo que le proponía que jugáramos a hacer un diario. Pero él quería ser el comisario que me tomaba declaración. Él vivía en el cuarto “B” y yo en la Portería. Su madre era propietaria de ese amplio departamento mientras que mi padre era el encargado del edificio.

Y habrá sido por todo eso que yo no le podía decir nada a Norberto cuando se cansaba –y se cansaba rápido- le pegaba puñetazos a la máquina con la que nunca escribiría nada. Puñetazos que a mí me provocaban ese dolor duro que forma costras. Tal vez porque en aquellos días yo ya vivía mi fin de infancia.

Fue también por aquel tiempo en que empecé a ayudarlo a mi padre a juntar los residuos del edificio. Algo que convertí en un nuevo juego imaginándome al ascensor como un camión que paraba en cada piso. Y fue en una de esas tardes de juntar basura en que encontré un cartón gastado que simulaba ser un teclado de máquina de escribir. Cuando se lo mostré a mi hermano me dijo que eso lo usaban para practicar los estudiantes de dactilografía.

Con aquellas teclas de cartón escribí mis primeras crónicas. Las que no podía leer nadie salvo que yo se las leyera en voz alta.

Un par de meses después, mi padre comenzó a hacer limpieza de oficinas por la noche y yo obtuve, a cambio de limpiar los baños, la posibilidad de escribir en máquinas de verdad.

Con tantas ocupaciones me fui olvidando de Norberto. Aunque mi padre me sugería siempre que vaya a jugar con él a su departamento. Pero, como yo no iba, una tarde él subió la escalera de servicio y llegó hasta la Portería para invitarme a jugar.

– Dale, jugamos a lo que vos quieras –me dijo.

– ¿A qué hacíamos un diario también?

Y él dijo que sí. Pero se volvió a cansar rápido del juego. Y fue peor que otras veces. Sus puñetazos sobre la máquina fueron terribles. Aquella fue la primera vez que pude gritarle. Pero no me hizo caso y se rió con unas carcajada punzante que más le dolió a él que a mi.

– Tomá, te la regalo -me dijo y levantó la máquina de escribir a la cual ya la cinta negra y roja se le salía de adentro como si fuera sangre — Tomá, ya que la querés tanto… - y yo, sin poder creer lo que me decía me acerqué para tomarla. Cuando estaba apunto de hacerlo Norberto la estrelló contra el piso y volvió a reirse con esa carcajada de animal. La máquina se destrozó y yo salí corriendo. Tras de mí seguía escuchando las terribles risotadas y los ruidos de vasos, platos, juguetes rompiéndose.

Fue la última tarde de Norberto en el edificio. Su madre se lo llevó y nunca más lo vi ni supe de él hasta hace poco en que lo encontré trabajando en una biblioteca municipal. Me contó que su madre había muerto y que él había tenido que dejar el colegio privado porque ya no podía pagarlo. Vendió el departamento y un tío le consiguió ese empleo.

Me fui de aquella biblioteca con un regusto amargo. Sentía que el mismo pibe malcriado al que la madre le quiso comprar palabras como si fueran juguetes, hoy sobrevivía manteniendo el silencio para que otros puedan leerlas.

Nov
09

Prefiero, por Mendieta El Renegau

Este texto pertenece a Mendieta. Pero no al fiel perro del Inodoro Pereyra sino al Mendieta blogger y twittero. Lo descubrí chusmeando en internet, le pedí permiso y me lo traje para acá, porque me pareció de un palabreo impresionante, fresco, sintético y muy tierno. Ahí va…

Prefiero:

La Justicia a la Verdad
La verdad a la mentira
La mentira a la nada.

La realidad a la esperanza
La esperanza al desánimo
El desánimo a la resignación.

Los bombos sonando a las cacerolas sonando.
Las cacerolas cocinando a las cajas de alimentos
Las cajas de alimentos al hambre.

La alegría a la duda
La duda a la tristeza
La tristeza al cinismo.

Ganar que perder
Perder de a muchos que ganar solo
Empatar con los amigos.

El amor al odio
El odio a la injusticia
Y la injusticia a mi desidia.

La vida a la muerte
Y la muerte a la inmortalidad.

Las margaritas a los cactus
La Luna y el sol a las nubes
Y el horizonte bajotodo, sobretodo.

Tu sonrisa. Y la tuya. Y la mía también.
Un mar de sonrisas,
Y bañarnos ahí.

Publicación original

Nov
01

Un trato

No me gusta mucho Mario Benedetti. En realidad, como poeta me parece un buen letrista. Y no es porque sus versos sean malos pero es que hay tanto buen poeta en español que bueno, es difícil.

Pero, más por cuestiones personales que estéticas, el otro día escuché esta canción que musicalizó Joan Manuel Serrat y no pude más que emocionarme.

HAGAMOS UN TRATO

Compañera
usted sabe
que puede contar
conmigo
no hasta dos
o hasta diez
sino contar
conmigo

si alguna vez
advierte
que la miro a los ojos
y una veta de amor
reconoce en los míos
no alerte sus fusiles
ni piense qué delirio
a pesar de la veta
o tal vez porque existe
usted puede contar
conmigo

si otras veces
me encuentra
huraño sin motivo
no piense qué flojera
igual puede contar
conmigo

pero hagamos un trato
yo quisiera contar
con usted
es tan lindo
saber que usted existe
uno se siente vivo
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco
no ya para que acuda
presurosa en mi auxilio
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo