Ciber, esos nuevos cafetines…
Los ciber se han convertido en los confesionarios de la modernidad. Y es que en esas computadoras que nunca preguntan, muchos ya lloraron su primer o último desengaño, como reza el viejo tango de Enrique Santos Discépolo. Con la enorme diferencia, claro está, de que ya, quizás como consecuencia de estos tiempos, no tenemos un par de ojos enfrente sino una pantalla. Y estamos uno al lado del otro pero sólo en un sentido, el físico, que, muchas veces, es el más obvio y débil de los sentidos.
Y, sin embargo, podemos estar aliviando nuestras angustias más profundas tipeando frenéticamente palabras que quizás serán leídas a miles de kilómetros de distancia.
En los ciber la gente va a buscar respuestas más allá de las preguntas. Por eso abre con ansiedad sus casillas de correos electrónicos o inicia su página de red social o consulta, con eterna ilusión, los avisos de trabajo. Hay quienes juegan a los caballos en tiempo real o quienes mienten sobre su apariencia en algun sitio de solos y solas.
Y es que allí, la desilusión, la alegría o la pena se hacen reflejos pegoteados en los vidrios de los monitores anónimos.
Los avatares de la vida misma se despliegan, algunas veces en un juego de truco feroz con los avatares virtuales, en el marco de sitios donde se conversa o se intenta, al menos, no sentirse tan solo ni tan ridículo tipeando una pregunta sólo para saber si hay alguien del otro lado.
Tal vez por todo esto no sea tan difícil ver a algunos tipos lagrimeando frente a esas 19 pulgadas de vidrio que le estarán mostrando la´única respuesta que no querían ver o las palabras de alguien al que quiere mucho pero que por cuestiones de la vida no pueden ver ni escuchar ni oler ni sentir cuanto quisieran.
Y es que decir te quiero cara a cara no es lo mismo que tipear ocho letras.
