Archive for March, 2010
Para Alejandro
En el día de su cumple
2002 fue un año de mierda. El VIH se llevó a mi hermano; la crisis argentina trasterró a algunos de mis seres más queridos y a Ale y a Lucy se les frustró la posibilidad de ser papás por segunda vez.
Todo eso sucedió en agosto. Y, para colmo, todos estábamos solos entre nosotros mismos en ese agosto de 2002. Ya sea por torpeza o por la vida misma, estábamos partidos y repartidos.
Yo a Alejandro Marticorena lo conozco desde 1988, cuando soñábamos con ser periodistas para contar al mundo antes de que el mundo nos haga el cuento a nosotros. Creo que algo hablé aquí de eso.
Con él comparti lo que fue mi primera nota de investigación: una crónica del asesinato de dos jóvenes militantes cristianos de base en San Francisco Solano, provincia de Buenos Aires. Se llamaban Javier Sotelo y Agustín Ramírez, creo que nunca me voy a olvidar de esos nombres. La cobertura la hicimos para la revista “Epitafio Ex-Cultural”, creada por Eduardo Sívori. Ahí también estaba Fabiana Solari, Carlos Rodríguez Esperón, Miguel Angel Ceriani, Blanca Lowenstein y tantos otros nombres que me debo estar olvidando.
Recuerdo que nos reuníamos en el bar de Liberarte, una suerte de refugio cultural que le había nacido a la avenida Corrientes al 1500. El bar lo regenteaba Carlos Cuenca (admito que tuve que recurrir al Google para recordar su apellido) integrante del mítico Makumagüela, una banda que mezclaba salsa con ritmos afrocubanos. Carlitos, dejo constancia, no ejercía, al menos con nosotros, derechos de admisión ni consumisiones mínimas. Liberarte era entonces ese refugio donde encontrarnos a cualquier hora.
Tiempo después y en ese mismo lugar hicimos con Alejandro nuestra serie de reportajes públicos a los que llamamos, en un alarde de creatividad e inspiración, “Polémica en el café”. Ayer, a propósito del aniversario de la nefasta dictadura militar recordaba en Twitter cuando convocamos allí nada menos que a Ubaldo Matildo Fillol para que nos contara su experiencia de arquero de la selección argentina de fútbol en 1978. Cierta intelectualidad del Partido Comunista nos miraba medio raro pero nosotros queríamos saber si se escuchaban los gritos de los torturados de la ESMA desde la cancha de River Plate.
Algunos años después de esos reportajes, no muchos por cierto, armamos con Alejandro el programa de radio “Nuestra gente” que se emitió semanalmente por Radio Municipal, por ese entonces aún en la frecuencia que hoy ocupa la Diez.
Ese programa tiene algunos de los más lindos recuerdos de mi laburo como periodista. Por ejemplo, las investigaciones que hacíamos con Alejandro para armar las historias de vida de nuestros invitados y “sorprenderlos” con testimonios de personas que, tal vez, hacía mucho tiempo que no veían. También porque tuvimos el lujo de traerlo a la radio a ese músico tan talentoso, tan bella persona y tan putamente muerto por el cáncer como fue Lalo de los Santos (del cual hoy se cumplen nueve años de su fallecimiento). Él nos aportó su increíble memoria futbolera en el programa y su interminable bagaje de anécdotas en los cafés que luego del programa nos tomábamos en “La Paz”, un lugar al que esta historia va a volver en un par de párrafos nomás…
Pero el lado oscuro de ese programa fue que me terminó distanciando con Alejandro. Y ahí yo asumo la responsabilidad de estar viviendo la vida en un off side permanente.
Por eso es que aquel agosto de 2003 nos encontró lejos el uno del otro. Yo no le pude contar que perdía a mi hermano y él no pudo contarme que perdía la posibilidad de tener otro hijo.
Pero ¿saben? hoy estoy convencido de que la vida nos hace gestos, señas, como si estuviera jugando al truco con nosotros. Señas que debemos aprender a leer a medida que vamos creciendo.
Por eso es que creo que no fue casualidad que con el Ale nos volvimos a encontrar en “La Paz” un par de años después. Nunca me voy a olvidar que cuando llegó, él se sentó y me dijo “como decíamos ayer”.
Y ahí comenzó otra etapa de este vínculo que nos une. Un vínculo que, no por casualidad, recuperamos luego de aquel agosto de mierda en que la muerte me arrancó a mi hermano pero que la vida me tiró la seña del as de espadas para darme otro: el Ale, el Mono, mi hermano.
Me gustaría escribir como Laura Ramos
Me gustaría escribir como Laura Ramos en los tiempos de “Buenos Aires me mata”. En verdad, creo que Laura hizo el primer blog de la historia, sólo que lo tuvo que hacer en el papel diario de “Clarín” porque aun no existía Internet.
Hoy sería muy bueno que Laura hiciera un blog. Si alguno de ustedes se la cruza por ahí, háganle la sugerencia. En serio que sería muy bueno.
Me acuerdo que ella escribía en segunda persona. Por ejemplo: “¿Saben que tiene ella de buena chica? Nada”, arranca su crónica de Josi, una chica pura ambición a la que los años noventa le calzan como un vestido a medida.
Por aquellas “páginas garabateadas en las servilletas de bares y discotecas”, pasó el Chico Aguja con todas sus historias tristes.
Es que Laura Ramos fue, de alguna manera, nuestro Dickens de los 80 y un dique donde se acumulaban las aguas turbulentas de aquellos tiempos.
Por eso no es casual que empiece una de sus crónicas preguntándonos: “¿Querían una historia de Navidad? Aquí va. Pero les advierto que bien podrían hacer cualquier cosa para calentar su alma antes que leerla. Es más triste que el diablo”.
Y tiene razón. Porque el terror en la Argentina no pasó por las historias de aparecidos sino todo lo contrario, por la historia de los desaparecidos. Desaparecidos como los padres del pibe de esta historia.
“Les estoy contando historias. Créanme”, cita Ramos directamente a Jeannette Witerson, en las primeras páginas de su libro.
Ramos, es hija de uno de los más grandes de la política argentina, Jorge Abelardo “El Colorado” Ramos, a quien le dedicó estas palabras. Algo así como un autorretrato literario.
Por lo que insisto que, definitivamente, me gustaría escribir como Laura Ramos en “Buenos Aires me mata”. Historias como las que ella escribió con la tinta aún tibia de lo que pasó recién. Historias con personajes como González, ese chico que “vive en un edificio a medio derruir en la calle México” y que a “sus diecisite años vio unas cuantas películas de la vida real”.
Y es que Laura tenía ojos de película porque con ellos hacía ese film continuo de una generación que se iba acomodando a un mundo y a una historia que jamás la habían tenido en cuenta.
Este texto fue escrito en 2006 y publicado en El Oso Chento, mi primer blog.
Tendremos pájaros en los ojos
Tendremos pájaros en los ojos. Será el día en que ya no soñemos con ser pájaros sino en convertirnos en vuelo. Pero la mera existencia es un tobogán demasiado empinado; nos hace ráfaga. Y es que la mera existencia es eso, simplemente, lo que nos pasa mientras no pasamos; lo que nos sucede, mientras no sucedemos; lo que nos vive, mientras no vivimos.
Las calles arden allá afuera y nosotros aquí dentro. Tragando saliva. Un astronauta gira alrededor nuestro y está tan solo allí, afuera de lo afuera, como lo puede estar cualquiera de nosotros en el afuera de este adentro.
Todo te congela aquí dentro y nosotros sin poder salir. A buscar nuestros ojos como pájaros para ver más allá del acá que nos carcome. A soñar que somos pájaros para luego convertirnos en vuelo…
Es que hay tanta historia torturada acá nomás. Hay tanta lágrima coagulada, tantas cuatro paredes de silencio, tanto grito que no escucha nadie. Tanta soledad de un ambiente, kitchinette, mancha de humedad.
Por eso es que la revolución sucederá el día en que saldremos a la calle a escribir en las paredes: encontrémonos.
Este texto lo publiqué en El Oso Chento, mi primer blog, en noviembre de 2006.
Hotel alejamiento
Cerrar la puerta, abrirse a su piel. Encielarse. Hacerse al amor como quien navega amares dulces, amares tiernos, amares que fueron naciéndoles y haciéndoles lo que luego fueron, poco o mucho, pero fueron o son ahora mismo, quién sabe…
Cerrar la puerta y abrirse, no sólo a su piel, sino a ella toda. A ellos dos todos. Porque él va construyéndose para ella, quizás torpemente o como puede, un ser a su medida, sin perder identidad. Algo que tal vez cueste creer pero háganme caso porque es así.
Porque él fue para ella una casa, un refugio, un pedazo de paz para que ella sea para él una casa, un refugio, un pedazo de paz, antes del escape de gas, del vacío, de las culpas transformando las sábanas en cementerios…
Ellayél entraban a ese lugar y ponían al mundo en suspenso. Colocaban entre paréntesis al bullicio, le corrían una carrera al reloj con la sangre a toda velocidad, amándose hasta el grito. O intentándolo o creyendo estar haciéndolo, ahora quién sabe…
Laberinto de rectángulos de tanto por tanto, con puertas numeradas, música que se parece a desodorante de ambiente y que nada de eso importe mientras tanto, mientras dure, mientras sea, mientras puedan, mientras…
Aunque, pensándolo desde ahora, desde este tiempo que pasó, tal vez haya habido un germen en él o en ella, no sé, no quiero aventurar porque está todo muy haciéndose todavía pero algo sucedía que él no quiso ver ni darse cuenta pero lo cierto es que muchas veces el amor terminaba empapado en lágrimas que no tenían sentido. O, mejor dicho, que parecían no tenerlo…
Lo único que tenía sentido allí, para ellos, al menos en aquel momento, era abrirse, nacer, hacerse, amarse. Alojarse allí para no alejarse. Hay quienes conocen esta historia y pueden llegar a pensar que el germen o el vacío que padecieron ellayél comenzó con un disfraz de escape de gas en el aire acondicionado de uno de estos cuartos numerados. Porque eso fue lo que sucedió precisamente la primera vez que se reencontraron. Y, por supuesto, hay quien puede ver una señal en ello. Pero saliéndome por un momento de mi rol de cronista, me permito dudarlo. Porque la soledad no tiene nada que ver con todo eso. La soledad no se la contagia ni se la inhala. La soledad se hace en el caldo de cultivo del miedo pero más de la culpa.
Ellayél partieron y se partieron. Tal vez muchos de ustedes se hayan dado cuenta de cuándo sucedió aquello porque ese día escucharon algo que no se iban a olvidar nunca. Un ruido terrible, espantoso, como el que hace una paloma cuando es aplastada por la rueda de un camión.
Ellayél un día dejaron de entrar a ese laberinto de cubículos con música perfumada y puertas con números. Dejaron de hacerse al amor para comenzar a practicarse un concienzudo alejamiento. Él aún no sabe muy bien porqué y ella parece no tener fuerzas para encontrar las palabras.
El asunto es que, a partir de ese resquebrajamiento, comenzaron a pasar cosas extrañas en la ciudad donde ellos ya no se encontraban. Y aunque no se sabe muy bien si tuvo que ver con todo esto, lo cierto es que muchos juraron ver cómo Buenos Aires fue inundándose de culpa y hasta hay quienes aseguran haber visto flotar los cadáveres de lo que podría haber sido, asesinados por lo que creímos haber hecho
película
Decime que esto es una película
un documental perverso
con voz en español neutro
que relata todo este tiempo
que hace
que vivo sin vos
“Ahora vemos a Él salir a la calle. Se detiene en una esquina y espera que pase el 41. Su ojo avizor y miope acecha. Observemos como Él mira en el interior del colectivo buscándola a ella. Él aún no se sube a esos micros pero, por su mirada, sabemos que está a punto de hacerlo”
Decime que toda esta gente que veo caminar,
atropellarse, empujarse, robarse
que frota su presencia contra mi mirada
es sólo una película
y que este no estar tuyo ahora es
solo… pongámosle…
una travesura de un guionista
que no sabe nada de amor
“En este momento vemos a Él que a pesar de su tristeza -observen sino, su andar cansino, su mirada perdida- tiene una esperanza. Es que Él es, hasta el momento, el único ser vivo capaz de ilusionarse y de creerle, a pesar de que también cree en las contradicciones. Por eso es que ahora nos puede parecer que sólo da vueltas. Pero no. Está buscando la manera de llegar a ella.”
Pero aunque sé que suena contradictorio
está bien que no aparezcas en esta película
y que yo tampoco aparezca
porque no quiero que seas película
¿sabes?
y no quiero ser ni haber sido una película para vos
Por eso es que necesito
por un momento
que toda esta gente que pasa delante mio
y que no sos vos
sean una película
para nosotros dos
una película
24 cuadros por segundo
oscuridad en la sala
que todos ellos se lleven los premios
porque yo te quiero a vos
“Ahora vemos cómo Él adopta esas posiciones extrañas, como retorciéndose expresando un sentimiento muy profundo que no sabemos cuál es. Es algo que se ha observado en otros ejemplares de la misma especie pero no con esta intensidad”
Dale, por favor,
decime que estamos en un cine
y que lloro porque en la peli
ella no sabe porqué
pero lo deja a él
pero es por un momento
que aunque se parezca a un desierto
siempre pasa
para que haya
the end feliz
Desmirarte
Blancuzca (por si ella…)
desarmar, desalmar, desamar, sangrar, doler, amar, temer, partir, cuántos inifinitivos sin infinito. Yo también pienso en el alma que piensa y que por pensar no es alma, es sólo un olvido de Dios y cuando Dios se olvida, nos deja así, doliéndonos.
Esa mañana había amanecido blancuzca. Y él había soñado con ella. Blancuzca a pesar del calor, de la humedad o por eso mismo. Blancuzca como una piel vieja o un amanecer chirle, flojo, con esa tibieza que escupe dios u otros seres menos destacados.
Blancuzca, dijo para sí mismo y pensó y miró a la araña que dormía a un metro de su cabeza. Luego escribió “te amo” en la funda de su almohada. Y es que esas dos palabras eran la síntesis perfecta del sueño que recién había soñado.
“Te amo”. Cinco letras somnolientas escritas con birome. Escritas en un momento en que el amor de ella desesperaba por su ausencia. Se había convertido en un amor desaparecido, secuestrado, por el cual cientos de veces su deseo se había colocado el pañuelo blanco de la resistencia desde un silencio impuesto, desde una distancia sufrida como un exilio… Se había puesto el pañuelo blanco para pelearle a la angustia y reclamar la aparición con vida de ese amor o al menos su cadáver para velarlo…
- La amo, repitió en ese momento, muy bajito, para no despertar a la araña, en ese cuarto atestado de cajas en el que sobresale una bolsa china, muy roja y que tiene un pad y una adición de un restaurante llamado Pippo.
Él mira el pad siempre al despertarse y juega a que es una especie de mapa. Alguna vez intentó descubrir recorridos inciertos en esa superficie de goma que ella le trajo de tan lejos. Descubrir recorridos inciertos como si ella hubiese dibujado en ese pad, a modo de las líneas de su mano, los itinerarios de su alma. Pero hoy se sentía analfabeto de esas huellas. Y, más que temer, tenía horror de perderse en esos entrecruzamientos invisibles. Desesperaba por no saber leer las señales, de tener que arrancarse las caricias y quedarse así, a piel viva y sin ella, sin esa mujer con la que había soñado una vida. Esa mujer a la que también solía llamar mimusa…
- La amo, repitió en voz muy baja. Pero la araña estaba despierta. Porque lo que él no iba a saber hasta mucho tiempo después, es que esa araña respiraba sus sueños para luego transformarlos en color y tejerlos en su tela infinita.
Aquella era una araña que había estado muy triste hasta que llegó a ese cuarto desangelado. No esperaba encontrarse con un hombre enamorado como el que dormía allí noche a noche. Un hombre en estado de espera, de ilusión, de sueño. Un hombre que, a pesar de todo ello, era feliz pero que nadie le creía la felicidad en su mirada. Nadie salvo ella, que sí le creyó. Y por eso dejó de tejer esas telas grises, repetidas, rutinarias, oficinescas…
Dejó de tejer gris y comenzó a tejer naranjas, como la trama que urdió cuando él soñó con ese primer día que amanecían juntos. O tejió rojos, como la vez que él en sueños hizo una fiesta con los labios de ella. Y también tejió celestes cuando él, no durmió para esperarla, encielándose los ojos para encontrarla en algún punto del espacio.
Pero esa mañana la tela que había tejido era blancuzca, como una baba del diablo, como un amanecer agrio, como una leche cortada. Se parecía más a las telarañas que crecen en los bordes de expedientes que nadie toca o las que cuelgan de los techos en las pensiones de mala muerte.
Blancuzca le salía la tela muy a pesar de ella. Y aunque eso la entristecía no podía hacer otra cosa. Porque los sueños de él se habían convertido en desiertos inmensos o en aquellas tristes partidas de ajedrez que jugaba en las plazas moviendo piezas hechas con sus lágrimas.
La araña sabía que sus filigranas podían llegar a ganar el concurso más exigente de arácnidos tejedores. Pero ella no quería competir. No quería irse a recorrer el mundo en busca del Oscar a la mejor telaraña. Quería quedarse allí, respirando los sueños de él. Como si de alguna manera pudiera ayudarlo o cambiar el destino…
Pero esos sueños eran cada vez más vacíos, más húmedos, como pasillos de hospitales o peor aún…
Y aunque la araña no supiera leer las letras que escribía él, sí percibía las intensidades. Y, de algún modo, la alivió cuando él aquella mañana escribió ese “te amo” como letrero luminoso en la funda de su almohada; cuando puso allí, muy cerquita su boca. Cuando descubrió que él también como ella, respiraba esas palabras para no ahogarse en una realidad que los maltrataba.
Ambos también sabían, artrópodo y humano, que nadie que escribe “te amo” de ese modo está perdido del todo. Al contrario.
Tal vez por esto fue, o casi seguro, que la araña se dio cuenta, por primera vez, que estaba haciendo fuerzas para elegir el color de la tela que estaba tejiendo. Ya no se estaba guiando por los sueños de él. Quería disimular ese blancuzco de tedio y que le saliera algo de color verde, azul o cualquier otro color que no sea esa lechosidad cansina.
Hoy cree que fue en ese preciso momento cuando se sorprendió sabiéndose prisionera de los sueños de él. Porque la angustia de ese hombre se había hecho una telaraña mucho más grande y fuerte en la cual había quedado atrapada.
Por eso empezó a sufrir mucho respirando sus pesadillas. Como cuando él soñaba con su destierro en países donde las caricias de ella habían sido abolidas. O cuando soñaba con desiertos conformados con la arena de su indiferencia. O con palabras resquebrajadas, con abrazos con los brazos de ella colgando dormidos, laxos. Algo que lo instalaba, por supuesto, en el centro justo de la soledad. Que es ese lugar tan difícil de volver sin una cicatriz eterna.
Él que soñaba con todo eso, aquella mañana blancuzca soñó algo diferente. Sintió nacer en su corazón abollado un antes y un después de ese sueño. Porque allí, en ese territorio confuso, ambiguo, recuperaba la mirada de ella y su voz le preguntaba “¿Nos vemos mañana?”. Aunque quizás no haya sido su voz sino un simple mensaje de texto. Pero para el caso ya no importa.
No importa porque este sueño de él fue tan fuerte que también provocó que, por primera vez, la araña se metiera en ese territorio ambiguo a fuerza de que él le tironeara de alguna de sus ocho patas para contarle que mañana, que Mimusa, que… Entonces la araña, siempre en ese sueño de él, interrumpía su tela blancuzca, nunca blanca sino sucia, para dedicarle, ya sin culpas, un par de nuditos del color del amanecer. A pesar de que sabía que había algo que hacía que su red siga siendo blancuzca.
Y es que la araña, en verdad, no podía saber lo que iba a suceder. Pero para no destruir más su ilusión, ensayó, como un actor de teatro, el recuerdo de sus propias andanzas románticas allá en el barrio de la lluvia donde las gotas son espejos de risa y nunca llegan a ser lágrimas.
- Mañana ¿sabés?, me preguntó si mañana podíamos vernos. Le dijo él en el sueño, preparándose ya como si fuera a un cumpleaños adonde ningún invitado falla.
- Mañana, repitió entusiasmado hasta que fue como si la escuchara a su compañera araña que le hacía aquella pregunta, tan simple como certera: Pero mañana ¿qué día es? ¿qué día es hoy en tu sueño para saber cuál va a ser el día de mañana?
Y la araña no quiso dañarlo con esa pregunta. Simplemente sintió que tenía que hacerla.
- No lo sé. Fue cuando él se despertó de golpe. Se sentó en la cama, la cabeza entre las manos, de espaldas a la bolsita roja con el pad y la cuenta de Pippo. Desmoronado porque no sabía qué día era ese día de mañana del sueño en el que ella le decía de encontrarse. Desesperado porque no sabía si había soñado con un día ya pasado o un día que no iba a suceder nunca.
Fue en ese momento en que sintió que la palabra distancia era ese decreto de necesidad y urgencia que le cavaba un hueco profundo. Tan profundo como si dentro de poco irían a inaugurar una línea de subterráneo en su alma.
A pesar de esa viscosidad blancuzca que le ahogaba la mirada; en esa habitación llena de cajas que él compartía con una de las mejores arañas tejedoras del mundo, sintió algo diferente. Vivió un instante sagrado, intenso, único, donde la vida, la existencia o no sé cómo llamarlo, le dijo la frase precisa, que no se repite, en un idioma que sólo fue creado para decir esas palabras en ese momento para luego convertirse en lengua muerta, como un ángel que ha cumplido su propósito.
Y fue después de ese momento en que ya fuera del sueño, convenció a su amiga araña a que partiera a luchar por su Oscar a la mejor tela. Ella se resistió al principio porque se había acostumbrado a estar impregnada con sus sueños. Y ser ella misma iba a ser un trabajo de riesgo. Pero partió.
Mientras él, que se dio cuenta de que ya no iba a saber nunca cuándo iba a ser el tan preciado día siguiente de su sueño, se retrató en el espejo de su realidad, dibujó allí su mejor sonrisa e hizo tripa corazón y salió, como pudo, pero salió, sin saber si alguna vez iba a volver a nadar en la mirada de ella; salió, sin saber si alguna vez iba a hacerse a la piel de ella como a la mar; salió sin saber si iba a haber mañana y si ese día siguiente iba a ser el día siguiente o si iba a ser algún día; salió, y eso fue lo más importante. Poder salir, aunque más no fuera raspando su sombra contra el egoismo de ella. Un egoismo infectado de miedos, culpas e impotencia.
Salió, doliéndole todo pero salió, a ese amanecer blancuzco de una ciudad que por un momento, pero sólo por un momento se le ocurrió que le carcajeaba. Una ciudad que siempre se habíaq reído de él. Pero no. Él sabía que no era así o no le importó. Por eso, compró en la primer librería que encontró un marcador de trazo grueso y empezó a escribir “te amo” por donde pasara, como una manera de ir marcando un camino por si ella…
ACTUALIZACIÓN: “Nadie construye nada sólo consigo mismo. Si no te hubiese conocido tampoco hubiese conocido el color y la intensidad de quien se enamora tan profundamente. Te habrás enterado que gané muchos premios, entre ellos el Oscar al Arácnido mejor tejedor. Pero si hay un premio que tuve, fue el de la libertad que me diste el día que me dijiste andate. Aunque sufrí como en el parto de un mamífero. Pero me dí cuenta que ser libre duele y la peor telaraña siempre va a ser el miedo”.
(Él nunca supo si fue la araña quién realmente escribió este texto pero sintió que tampoco había necesidad de saberlo. Por eso guardó la carta entre sus cosas más preciadas. Y no se lo contó a nadie por temor a que le digan: “vos siempre con esos sueños imposibles”.
