Lejaim
Él necesitaba palabras para ella. Palabras que la traigan de vuelta de ese lugar incierto adónde había ido a parar. Palabras que le lleguen de un modo natural, casi sin que se diese cuenta. Es más, prefería que no se enterase de que él se las había escrito especialmente como si fueran las semillitas que se arrojan en el camino para saber luego cómo volver. Porque alguna parte de ella había disuelto ese camino y ahora estaba muy lejos. Por eso él intentaba, como podía, trazarle itinerarios de regreso con sus palabras. Y lo hacía a pesar del hechizo, de esa maldición que conocía tan bien por haberla padecido.
Quizás algunos de ustedes escucharon hablar de una vieja maldición que perpetra lejanía entre dos personas que se aman. Es un hechizo que transforma en distancia a cada palabra que es escrita por alguien al amor de su vida. Hay quienes estiman que por cada palabra escrita se produce un metro de distancia y hasta hay otros que hablan de que cada oración equivale a una hora de demora del encuentro definitivo.
Por supuesto que nadie sabe si todo esto es verdad. Y, menos que menos, nadie sabe cuál es el encuentro definitivo. Pero, por las dudas, suelen no arriesgarse.
“Necesito palabras livianas que vuelen solas y lleguen hasta ella sin necesidad siquiera de que las lea”, volvió a pensar, sentado en un bar anónimo donde los hombres bebían lo que no podían vivir.
“Necesito palabras pájaro, palabras mariposa”, se dijo y la lapicera le temblaba en la mano. Porque no se animaba a escribir. Aún tenía miedo de quedar hechizado, transformado en distancia, en lejanía, en nunca…
“Necesito palabras que amanezcan en ella y que le vayan creciendo de adentro hacia fuera, sanándola, a medida que el día avance pero sin que se dé cuenta…”
Y aunque le costaba saber porqué ella no se tenía que dar cuenta, había empezado a aprender, en realidad, porqué tenía que ser así.
Porque es cierto que en el primer momento él se sintió desterrado, empujado a vivir en las orillas de la mirada de ella. Y es cierto también que eso le dolió mucho. Porque fue duro. Como comenzar de nuevo o, peor aún, como no haber comenzado nunca algo que jamás iba a suceder.
“Jamás es una palabra árida”, se dijo en ese momento, en ese bar incierto donde las moscas dibujaban laberintos adonde muchos solían perderse.
Y tenía razón. Porque jamás era una palabra desierto.
- Qué de cierto tiene la tristeza - escribió, ahora en una suerte de mareo palabreril que lo hizo trastabillar por el papel, enredándose en su asombro. Y tal vez porque quiso distraer a su tristeza es que se le dio por juguetear con las palabras o con cacofonías infantiles. Y no es que ese principio de ebriedad textual lo había hecho olvidar del implacable hechizo de la distancia. Sino que no podía más estar encerrado en el silencio que lo ahogaba. Y quizás, también, era porque empezaba a vislumbrar el antídoto contra la maldición.
Sentía que una borrachera tibia pero a la vez tumultuosa, como marejada, le iba ganando la escritura. Era como ese ir y venir del amor; como ese entrarse y salirse, envolviéndose…
- Envolviéndoser… -escribió casi alucinado…
- ¿Volviendo ser en qué…? –se preguntó derramándose en letras como lágrimas, sangre salada, borrachera triste, sin destino más que un silencio hinchado de palabras impronunciables porque son de esas que duelen mucho…
Fue entonces que levantó la lapicera como una copa e hizo un ademán de brindis con los hombres de vino duro y de cervezas transpiradas. No le importó que no se hayan dado cuenta. Sólo escribió, con grandes letras, la palabra lejaim y, por primera vez, comenzó a sentirse de este lado de la vida. Y a ella también.
Luego, sobrevino un silencio de resaca que quiso volver a instalarlo en el preciso momento donde puede comenzar la soledad. Supo que si daba un paso adelante caería al vacío, pero no el del precipicio, sino el del irse quedando sin nada después de haber creído tenerlo todo. Un paso atrás era establecerse en la repetición. En esa rutina dulzona que puede parecerse al olor de las flores que empiezan a pudrirse pero que también puede tener el aroma triunfal y cotidiano del café con leche de todas las mañanas.
Mareado y todo no avanzó. Y eso lo fue recuperando. Despacito volvió en sí y descubrió, casi sin querer, que una lágrima podía reflejar al mundo y que no hay hechizo que valga cuando se ama.
Lejaim. Llenó dos renglones con esa palabra de siete letras irrepetidas, como los colores del arco iris. Y se dio cuenta que ésa era la palabra amanecer que tanto había estado buscando. Se largó a escribir sin miedo. Y así escribió olores, perfumes, aromas cotidianos. Encontró palabras puente, palabras pan, palabras árbol que iban dibujando, se imaginó, un camino de retorno para ella. Y supo que el amor revierte el hechizo y que a medida de que siguiera escribiendo era probable de que ella pueda comenzar a regresar, a ser, a reir, a volver del vacío…
Lejaim, volvió a brindar y espantó a la soledad como si fuera una de las tantas moscas que andaban por ahí…
Lejaim. Y esta vez, un hombre con ojos de haber visto muchas cosas, levantó su vaso de vino duro y lo saludó desde el fondo. Y él bebió también de esa mirada para seguir encontrando las palabras que necesitaba.
Palabras mullidas, de entrecasa, palabras que amanezcan en ella y que le vayan creciendo de adentro hacia fuera, sanándola, a medida que el día avance pero sin que se dé cuenta…
Lejaim, volvió a murmurar esta vez sin escribirlo, en el preciso momento en que desde la radio, en el mostrador, Spinetta cantaba “mi voz le llegará / mi boca también / tal vez le confiare / que eras el vestigio del futuro…”

Diego Says: 15.02.10 at 5:54 am
Genial
de verdad, me encantó
un hermoso retorno a Palabrar
es increíble
VAMOS BETAS (=